Hay una curiosa costumbre humana que consiste en mirar exactamente aquello que no tenemos y, al mismo tiempo, pasar por alto todo lo que llevamos años consiguiendo. Es una especie de miopía selectiva. Vemos perfectamente el coche del vecino, las vacaciones de los amigos, el ascenso del compañero y la vida aparentemente estupenda de aquella persona que seguimos en redes, pero tenemos cierta dificultad para ver lo que hay delante de nuestras narices. De ahí nace una de las trampas más peligrosas de la vida: perseguir ese pequeño diez por ciento que creemos que nos falta mientras ponemos en juego el noventa por ciento que ya hemos construido.
La llamada regla del noventa diez no es una ley científica ni una fórmula que pueda aplicarse con calculadora a la vida. Es una idea popularizada, entre otros, por Stephen R. Covey, que sirve para reflexionar sobre cómo respondemos a las circunstancias y sobre el peso que tienen nuestras decisiones. Muchas veces no perdemos lo que tenemos porque sea malo, sino porque empezamos a obsesionarnos con lo que creemos que sería mejor. Y eso puede salir bastante caro.
Imaginemos a una mujer que lleva años casada y tiene hijos. Su vida no es perfecta, porque las vidas perfectas solo existen en los anuncios de seguros y en algunas cuentas de redes sociales. Tiene problemas, rutinas, discusiones, facturas y días en los que lo último que le apetece es preparar la cena. Pero también tiene una familia, una pareja que ha compartido con ella años importantes, hijos que la necesitan, recuerdos, una casa y una vida construida poco a poco. Entonces empieza a fijarse en sus amigas. Una viaja constantemente. Otra sale todos los fines de semana. Otra se ha separado y parece estar viviendo una segunda juventud. En las fotografías todas sonríen, están estupendas y parecen haber descubierto el secreto de la felicidad.
Nuestra protagonista empieza a pensar qué hay de ella. Lo que antes era una vida normal empieza a parecerle una vida aburrida. Lo que antes valoraba ahora le parece una carga. Lo que tiene deja de contar y empieza a contar únicamente lo que cree que se está perdiendo. Así comienza el peligroso juego del yo también quiero eso. Empieza a salir más, a desentenderse de su familia y a prestar menos atención a su marido y a sus hijos. Quizá conoce a otra persona y piensa que ha encontrado por fin la emoción que necesitaba. Durante un tiempo todo parece maravilloso, hasta que deja de serlo. La emoción de lo nuevo suele venir con fecha de caducidad. Después llegan los problemas reales, las responsabilidades, las incompatibilidades y las consecuencias de las decisiones tomadas cuando todo parecía una película.
Entonces aparece una conclusión dolorosa. Aquello que parecía un diez por ciento extraordinario quizá no era tan extraordinario, mientras que el noventa por ciento que se dejó atrás sí tenía un valor enorme. Lo complicado es que recuperar ese noventa por ciento no siempre funciona como darle al botón de deshacer. Las personas no son archivos de ordenador. Un marido puede decidir que no quiere volver. Un hijo puede haber vivido el abandono como una herida. Los amigos pueden haberse cansado. La confianza puede haberse roto. Aunque exista arrepentimiento, no siempre existe la posibilidad de regresar exactamente al punto de partida. Muchas veces valoramos algo de verdad cuando ya no podemos darlo por sentado.
Esta historia no trata únicamente de matrimonios. También ocurre en el trabajo. Imaginemos a una persona que lleva diez años en una empresa. Tiene un salario razonable, conoce su trabajo, tiene cierta estabilidad y sabe que el día veintiocho el banco suele acordarse de ella. Un día aparece un conocido contando que gana muchísimo dinero trabajando por su cuenta. Le dice que tiene que espabilar y que está perdiendo el tiempo. Emplaza entonces la película mental. Piensa que podría ganar más o tener su propia empresa. Deja el trabajo, invierte sus ahorros y se lanza al mundo empresarial sin demasiada preparación. Seis meses después descubre algo que no aparecía en las fotografías del conocido: emprender también significa pagar impuestos, perseguir clientes, trabajar domingos, asumir pérdidas y descubrir que algunos meses el único socio que permanece fiel es Hacienda.
El problema no era intentarlo. El problema era confundir la posibilidad de una vida mejor con la garantía de una vida mejor. Sucede exactamente lo mismo con los estudios. Hay estudiantes que están a punto de terminar una carrera después de años de esfuerzo y deciden abandonarla porque han descubierto otra profesión que parece mucho más divertida. No siempre es una mala decisión cambiar, pero el problema aparece cuando confundimos la dificultad con la falta de vocación. Cuando algo se complica, nuestra primera reacción suele ser buscar una puerta de salida, y la alternativa siempre parece más atractiva desde el sofá.
Ocurre también con el dinero. Una persona puede llevar años ahorrando. Tiene una economía estable, pero empieza a compararse con quienes estrenan coche cada pocos años, viajan constantemente o viven rodeados de cosas caras. Aparece esa pequeña voz interior dictando que también se lo merece. El problema es que la tarjeta de crédito también tiene opinión. Podemos gastar en unos meses el colchón que tardamos años en construir. Después descubrimos que tener un coche impresionante resulta bastante menos emocionante cuando cada mes hay que recordar cómo pagarlo.
La comparación es una especialista en fabricar problemas donde antes no los había. Además, tiene una trampa perversa: normalmente nos comparamos con personas que están en una situación que conocemos solo parcialmente. Vemos sus vacaciones, pero no sus deudas. Vemos su coche, pero no sus cuotas. Vemos su ascenso, pero no las horas que trabaja. Vemos su nueva relación, pero no sabemos cómo es cuando se cierra la puerta de casa. Vemos el escaparate y creemos conocer la tienda entera.
Las redes sociales han convertido esto en un deporte olímpico. Antes uno podía compararse con el vecino del quinto. Ahora puede compararse, antes de desayunar, con veinte personas de veinte países diferentes que aparentemente tienen mejor casa, mejor cuerpo, mejor coche, mejor pareja, mejores vacaciones y un perro que jamás aparece despeinado. Es imposible competir contra una realidad seleccionada y editada. Por eso conviene hacerse una pregunta incómoda antes de tomar determinadas decisiones. Hay que plantearse si realmente queremos lo que estamos persiguiendo o simplemente queremos dejar de sentir que nos estamos quedando atrás.
Cambiar de trabajo puede ser una buena decisión. Separarse puede ser necesario. Cambiar de carrera puede ser acertado. Emprender puede abrir nuevas oportunidades. Gastar dinero en algo que nos hace ilusión tampoco es un pecado. La cuestión está en saber qué estamos poniendo sobre la mesa. Una decisión inteligente no consiste en aferrarse al noventa por ciento aunque nos haga desgraciados. Consiste en saber cuánto vale ese noventa por ciento antes de arriesgarlo por un diez por ciento que todavía no sabemos si nos hará felices.
Hay pérdidas que se pueden recuperar. El dinero puede volver. Una carrera profesional puede reconstruirse. Un negocio puede volver a intentarse. Pero algunas cosas no tienen botón de reinicio. El tiempo con los hijos pasa una sola vez. Los años desperdiciados con personas importantes no se almacenan en un cajón para utilizarlos más adelante. La confianza puede tardar diez años en construirse y cinco minutos en desaparecer.
Por eso la verdadera lección no es conformarse con lo que uno tiene, sino todo lo contrario. Se trata de aprender a distinguir entre mejorar nuestra vida y destruir lo que funciona porque hemos idealizado aquello que no tenemos. Hay personas que necesitan cambiar de vida y personas que necesitan dejar de mirar la vida de los demás. No siempre es fácil saber cuál de las dos somos. Antes de tomar una decisión importante convenga hacer algo poco espectacular: sentarse, apagar el teléfono y mirar con calma aquello que estamos a punto de arriesgar. Preguntarnos cuánto hemos tardado en construirlo, cuánto nos ha costado, qué personas forman parte de ello y qué ocurriría si descubrimos que ese maravilloso diez por ciento no era para tanto.
A veces nos pasamos años corriendo detrás de algo para descubrir, cuando finalmente lo alcanzamos, que aquello que dejamos atrás era precisamente lo que más valor tenía. Entonces entendemos demasiado tarde que el problema nunca fue tener solo un noventa por ciento. El problema fue no saber verlo.
Descubre más desde Hauschildt
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
