Cucharitas de veneno cuando las noticias empiezan a envenenarnos la cabeza

Hay una escena que se ha vuelto tan habitual que apenas reparamos en ella. Encendemos la televisión mientras desayunamos, ponemos la radio camino del trabajo o miramos el teléfono durante un momento de descanso y, casi sin darnos cuenta, dejamos que una sucesión de problemas entre directamente en nuestra cabeza.

Una guerra. Un asesinato. Una catástrofe. Una crisis política. Una amenaza. Un escándalo. Un accidente. Una nueva preocupación económica. Una polémica que alguien ha convertido en motivo de indignación nacional.

Cuando termina una noticia, comienza otra. Y después llega el análisis, la tertulia, la reacción y la última hora. El ciclo puede continuar durante horas.

Al final del día podemos tener la sensación de haber estado viviendo en medio de una sucesión interminable de desgracias, aunque nuestra propia jornada haya transcurrido con absoluta normalidad.

Aquí aparece una cuestión que merece mucha más atención de la que recibe: ¿qué efecto tiene sobre nuestra cabeza vivir permanentemente expuestos a malas noticias?

Informarse es necesario. Vivir conectado a la actualidad desde que abrimos los ojos hasta que nos acostamos es otra cosa.

Nuestro cerebro presta especial atención a las amenazas. Es lógico desde el punto de vista de la supervivencia. Un peligro requiere más atención que algo que funciona con normalidad. El problema es que los medios y las redes pueden presentarnos una cantidad prácticamente ilimitada de amenazas, muchas de ellas ocurridas a cientos o miles de kilómetros de distancia y sobre las que no tenemos ninguna capacidad de actuación.

Una persona puede comenzar el día escuchando una noticia sobre una guerra, continuar con un accidente ocurrido en otra ciudad, descubrir después una posible crisis económica y terminar la noche viendo imágenes de una catástrofe natural al otro lado del planeta.

Todo eso puede suceder en unas pocas horas.

La realidad que nos rodea, sin embargo, puede ser completamente diferente. Hemos llevado a los niños al colegio, trabajado, comprado el pan, hablado con un amigo, preparado la comida y paseado tranquilamente. Pero esas cosas no suelen abrir un informativo porque no constituyen una noticia.

El resultado es una paradoja bastante curiosa. La televisión puede ofrecernos una imagen extraordinariamente negativa del mundo precisamente porque aquello que funciona con normalidad rara vez merece convertirse en noticia.

El problema se agrava cuando la información deja de limitarse a contar lo ocurrido y empieza a competir por nuestra atención.

Y para conseguir atención hay recursos muy eficaces. El miedo funciona. La indignación funciona. La sorpresa funciona. El conflicto funciona. Un titular que anuncia una amenaza extraordinaria tiene muchas más posibilidades de conseguir que nos detengamos que una explicación tranquila y llena de matices.

No hace falta pensar que todos los periodistas se reúnen para decidir cómo asustar a la población. El mecanismo puede ser mucho más sencillo. Los medios compiten por audiencia y las plataformas digitales compiten por clics, tiempo de permanencia e interacción. Si determinados contenidos generan más interés, el sistema tiende a producir más contenidos de ese tipo.

Y entonces sucede algo peligroso: la noticia más llamativa empieza a confundirse con la noticia más importante.

Tenemos ejemplos que parecen sacados de una película.

Hace unos años aparecieron titulares anunciando que el núcleo de la Tierra se había detenido. La realidad científica era mucho menos apocalíptica. Un estudio publicado en Nature Geoscience analizaba cambios en la rotación diferencial del núcleo interno respecto al manto y planteaba que esa rotación podía haber experimentado una pausa. Los propios autores introdujeron posteriormente una corrección para precisar que hablaban de una pausa en la rotación diferencial, no de que el núcleo de la Tierra hubiera dejado de girar. El planeta no se había parado y tampoco estaba a punto de hacerlo.

Pero «el núcleo de la Tierra se ha detenido» es un titular extraordinariamente eficaz para captar nuestra atención.

Algo parecido ocurrió con los llamados «tiburones de la cocaína». En Brasil, un estudio científico analizó trece tiburones y encontró cocaína en todos ellos y su principal metabolito en doce. El hallazgo era real y tenía interés científico porque demostraba la exposición de estos animales a contaminantes procedentes de la actividad humana.

Lo que el estudio no demostraba era que aquellos tiburones fueran más agresivos porque estuvieran «colocados». Sin embargo, esa interpretación resultaba mucho más atractiva que explicar tranquilamente qué significaban los resultados y cuáles eran sus limitaciones.

Aquí está una de las trampas más difíciles de detectar de la información moderna. Una noticia no tiene que ser completamente inventada para resultar engañosa. Puede partir de un hecho verdadero y deformarlo mediante el titular, la selección de datos, la exageración o la interpretación.

El dato puede ser cierto y la impresión que produce, completamente desproporcionada.

Y cuando eso sucede repetidamente, nuestra percepción del mundo puede acabar alterándose.

No hace falta que una persona desarrolle un trastorno psicológico para notar los efectos. Basta con terminar el día más nervioso, más preocupado, más irritable o con la sensación de que algo terrible está a punto de suceder. En personas que ya atraviesan periodos de estrés o ansiedad, una exposición constante a contenidos alarmantes puede resultar especialmente agotadora.

La información puede convertirse entonces en una fuente más de tensión.

Hay otro mecanismo todavía más sencillo: la repetición.

Una noticia puede ser relevante a las ocho de la mañana y seguir siendo la misma noticia a las ocho de la tarde. Sin embargo, durante esas doce horas podemos haber recibido decenas de titulares, conexiones en directo, declaraciones, imágenes y comentarios sobre el mismo asunto.

La repetición crea sensación de importancia.

Si nos dicen una vez que existe un peligro, lo conocemos. Si nos lo recuerdan durante todo el día, nuestra cabeza puede empezar a interpretarlo como una amenaza permanente.

Esto explica en parte por qué algunas personas sienten que no pueden dejar de consultar las noticias. Quieren estar informadas, pero terminan atrapadas en una búsqueda constante de la siguiente actualización. Cada nueva notificación parece prometer información imprescindible.

Y muchas veces no lo es.

La actualidad se ha convertido en una cinta transportadora que nunca se detiene. Cuando una noticia pierde fuerza, aparece otra. Cuando esa otra deja de interesar, llega una nueva polémica. El ciudadano puede pasar horas consumiendo información sin haber tenido tiempo de comprender realmente ninguna de las cuestiones importantes.

La saturación no es lo mismo que conocimiento.

Tampoco debemos olvidar que los medios tienen intereses. Tienen propietarios, anunciantes, audiencias, líneas editoriales y necesidades económicas. Algunos reciben publicidad institucional o ayudas públicas.

No hace falta llegar tan lejos para detectar el problema.

Los propios incentivos del sistema ya son suficientes para entender por qué las noticias más impactantes tienen ventaja. Una información equilibrada puede ser más útil para el ciudadano y, al mismo tiempo, mucho menos rentable en términos de audiencia que una historia presentada como un escándalo.

Y eso debería preocuparnos, porque nuestra salud mental no entiende de audiencias.

Nuestro cerebro no sabe que detrás de una pantalla existe una estrategia comercial. Solo recibe estímulos. Si durante horas le presentamos amenazas, conflictos y desgracias, es razonable que termine cansado de procesarlos.

Por eso conviene recuperar una idea que parece sencilla, pero que hemos olvidado: no tenemos ninguna obligación de consumir todas las noticias.

Podemos estar informados sin vivir pendientes de la actualidad.

Podemos elegir un momento concreto del día para informarnos y después cerrar la pantalla. Podemos buscar fuentes que expliquen en lugar de limitarse a provocar. Podemos desconfiar de los titulares que parecen diseñados para producir miedo inmediato. Y podemos esperar antes de compartir una noticia que parece demasiado increíble para ser cierta.

También podemos apagar la televisión.

No como gesto de ignorancia, sino como ejercicio de higiene mental.

Si un informativo lleva veinte minutos acumulando desgracias y advertencias, podemos cambiar de canal o apagarlo. Si una tertulia lleva una hora convirtiendo cualquier asunto en una batalla entre enemigos, podemos marcharnos. Si la radio se ha convertido en una sucesión de discusiones que solo consigue ponernos de mal humor, podemos sencillamente quitarla.

No necesitamos permanecer delante de una fuente de estímulos desagradables para demostrar que estamos informados.

Hay una diferencia importante entre conocer un problema y vivir emocionalmente dentro de él.

Podemos saber que existe una guerra sin pasar todo el día viendo imágenes de ella. Podemos conocer que se ha producido un crimen sin llegar a pensar que vivimos rodeados de asesinos. Podemos estar al tanto de una crisis económica sin consultar cada hora las previsiones más pesimistas. Y podemos conocer una investigación científica sin aceptar como verdad absoluta el titular más espectacular que alguien haya escrito sobre ella.

La información debería ayudarnos a comprender la realidad, no a mantenernos permanentemente alterados.

Quizá por eso convenga cambiar nuestra relación con las noticias. No se trata de ignorar el mundo, sino de impedir que el mundo entero entre en nuestra cabeza a todas horas.

Cuando detectemos que una noticia ya no nos está aportando conocimiento y únicamente nos está provocando miedo, indignación o angustia, tenemos derecho a detenernos.

Cuando comprobemos que llevamos media hora escuchando una tertulia y seguimos sin saber qué ha ocurrido realmente, podemos apagarla.

Cuando un titular pretende hacernos creer que el planeta se ha detenido, que un animal se ha convertido en una amenaza por consumir drogas o que cualquier acontecimiento constituye una catástrofe inminente, podemos hacer algo tan sencillo como buscar qué dice realmente la fuente original.

Y cuando descubramos que llevamos todo el día alimentándonos de desgracias ajenas, quizá sea el momento de dejar de hacerlo.

Apagar la televisión no hará que desaparezcan los problemas del mundo. Pero puede hacer que durante unas horas dejen de ocupar nuestra cabeza.

El mundo seguirá teniendo guerras, accidentes, políticos, delincuentes, crisis, catástrofes y titulares exagerados mañana.

Nuestra obligación no es vivir dentro de ellos.

Nuestra salud mental también merece un lugar en la agenda.

Y quizá, en ocasiones, la mejor noticia del día sea descubrir que podemos apagar el aparato.


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