Hay una escena que se ha vuelto tan habitual que apenas reparamos en ella. Encendemos la televisión mientras desayunamos, ponemos la radio camino del trabajo o miramos el teléfono durante un momento de descanso y, casi sin darnos cuenta, dejamos que una sucesión de problemas entre directamente en nuestra cabeza. Una guerra, un asesinato, una catástrofe, una crisis política, una amenaza o una nueva preocupación económica entran de golpe. Cuando termina una noticia, comienza otra, y el ciclo continúa durante horas. Al final del día podemos tener la sensación de haber estado viviendo en medio de una sucesión interminable de desgracias, aunque nuestra propia jornada haya transcurrido con absoluta normalidad.
Aquí aparece una cuestión que merece mucha más atención de la que recibe: ¿qué efecto tiene sobre nuestra cabeza vivir permanentemente expuestos a malas noticias? Informarse es necesario; vivir conectado a la actualidad desde que abrimos los ojos hasta que nos acostamos es otra cosa. Nuestro cerebro presta especial atención a las amenazas por una cuestión de supervivencia. El problema es que los medios y las redes nos presentan una cantidad ilimitada de peligros lejanos sobre los que no tenemos capacidad de actuación.
La realidad que nos rodea suele ser diferente. Hemos llevado a los niños al colegio, comprado el pan o hablado con un amigo, pero esas cosas no abren informativos porque no constituyen noticia. La televisión nos ofrece una imagen negativa del mundo porque lo que funciona con normalidad rara vez se emite. Además, la información compite por nuestra atención mediante el miedo, la indignación y el conflicto. Un titular alarmante capta más audiencia que una explicación tranquila. Los medios compiten por espectadores y las plataformas por clics, de modo que la noticia más llamativa se confunde con la más importante.
Tenemos ejemplos claros. Aparecieron titulares anunciando que el núcleo de la Tierra se había detenido. La realidad científica, publicada en la revista Nature Geoscience, era menos apocalíptica: analizaba cambios en la rotación diferencial del núcleo interno respecto al manto y planteaba una pausa en esa rotación diferencial, no que el planeta hubiera dejado de girar. Algo parecido ocurrió con los llamados tiburones de la cocaína en Brasil, donde un estudio halló esa sustancia en trece ejemplares. El hallazgo demostraba contaminación humana, pero no que los animales estuvieran agresivos o colocados. Una noticia no tiene que ser inventada para ser engañosa; basta con deformarla mediante el titular o la exageración.
Esta exposición constante nos deja más nerviosos, preocupados e irritables. A esto se suma la repetición. Recibir decenas de alertas sobre el mismo asunto durante doce horas crea una falsa sensación de amenaza permanente. La actualidad se convierte así en una cinta transportadora que nunca se detiene, confundiendo la saturación con el conocimiento.
Tampoco debemos olvidar que los medios tienen propietarios, anunciantes y líneas editoriales. Los incentivos del sistema priman lo impactante sobre lo equilibrado porque resulta más rentable en términos de audiencia. Pero nuestra salud mental no entiende de estrategias comerciales. Si durante horas presentamos a nuestra mente amenazas y desgracias, es inevitable que termine agotada.
Podemos estar informados sin vivir pendientes de la actualidad. Conviene elegir un momento concreto del día para informarnos, buscar fuentes rigurosas y desconfiar de titulares diseñados para causar pánico. Apagar la televisión o la radio cuando la información se convierte en un espectáculo desagradable no es un gesto de ignorancia, sino de higiene mental. Hay una diferencia entre conocer un problema y vivir emocionalmente dentro de él. La información debe ayudarnos a comprender la realidad, no a mantenernos alterados. Apagar el aparato no hará que los problemas desaparezcan, pero impedirá que ocupen nuestra cabeza todo el tiempo. Nuestra salud mental también merece un lugar en la agenda.
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