La moda de odiar a la inteligencia artificial

Hay algo curioso en la relación que estamos desarrollando con la inteligencia artificial. Apenas ha entrado en nuestra vida cotidiana y ya existe una corriente de opinión empeñada en explicar que todo lo que hacemos con ella está mal. Si un periodista la utiliza para ordenar ideas, malo. Si un programador la emplea para escribir o revisar código, malo. Si alguien la usa para aprender, redactar un correo o resumir un documento, también parece sospechoso. Y si una empresa consigue ahorrar tiempo con ella, siempre aparece alguien dispuesto a explicar que eso no cuenta.

La crítica, por supuesto, es necesaria. La inteligencia artificial tiene errores, puede inventarse datos, puede utilizarse de forma irresponsable y plantea preguntas legítimas sobre privacidad, empleo, propiedad intelectual o dependencia tecnológica. No hay ninguna razón para convertirla en una especie de religión tecnológica que deba aceptarse sin discusión. Pero una cosa es cuestionar una herramienta y otra muy distinta convertir el rechazo a esa herramienta en una especie de identidad.

Y aquí aparece una pregunta interesante. ¿Estamos realmente ante una reacción razonada contra la inteligencia artificial o estamos asistiendo, en algunos casos, a la versión moderna de un fenómeno bastante antiguo?

Cuando apareció la máquina de escribir no desapareció la escritura. Cuando llegaron las calculadoras no dejamos de aprender matemáticas. Cuando el ordenador empezó a sustituir determinadas tareas manuales, tampoco se produjo el fin de la inteligencia humana. Y cuando el teléfono móvil comenzó a concentrar cámara, agenda, reloj, mapas, calculadora, reproductor de música, correo electrónico y teléfono en un único aparato, millones de personas hicieron exactamente lo que hoy algunos consideran casi una traición: cambiaron sus herramientas anteriores por una tecnología nueva.

Resulta especialmente curioso pensar en el smartphone. Mucha gente que hoy critica cualquier uso de inteligencia artificial lleva años utilizando un dispositivo que sustituyó a una colección entera de objetos. Ya casi nadie necesita llevar un reloj para saber la hora, una agenda para apuntar una cita, una cámara compacta para hacer fotografías, un mapa de carreteras para desplazarse o una calculadora para una operación sencilla. Todo eso terminó dentro de un teléfono y, en muchos casos, ni siquiera nos planteamos si estamos «haciendo trampa» al utilizarlo.

La historia tecnológica está llena de estas sustituciones. No siempre fueron recibidas con entusiasmo y algunas generaron conflictos reales. Los trabajadores textiles británicos conocidos como luditas, por ejemplo, destruyeron maquinaria a comienzos del siglo XIX. No eran simplemente personas que odiaban cualquier invento nuevo. Su protesta estaba relacionada con la pérdida de control sobre su trabajo, los salarios y las condiciones laborales. Reducir aquel episodio a «gente que tenía miedo de la tecnología» sería demasiado sencillo.

Ese matiz importa también ahora. Hay razones serias para desconfiar de determinados usos de la inteligencia artificial. Una persona que entrega un texto generado automáticamente sin comprobarlo puede publicar errores. Un estudiante que deja que una máquina haga todo su trabajo puede aprender menos. Una empresa que sustituye procesos sin entender sus consecuencias puede tomar malas decisiones. Y alguien que confía ciegamente en una respuesta generada por IA está cometiendo un error tan evidente como quien cree que una búsqueda en internet convierte automáticamente cualquier resultado en verdadero.

Pero de ahí a afirmar que la inteligencia artificial «no sirve» hay un trecho considerable.

Los datos disponibles hasta ahora cuentan una historia bastante diferente. Una investigación publicada en el Quarterly Journal of Economics analizó el uso de una herramienta de IA entre 5.172 agentes de atención al cliente y encontró un aumento medio de la productividad del 15 %. El efecto no fue igual para todo el mundo: los trabajadores con menos experiencia obtuvieron mejoras especialmente importantes, mientras que entre los más experimentados los beneficios fueron menores y, en algunos casos, aparecieron pequeños descensos de calidad.

Otro estudio basado en tres experimentos de campo con 4.867 desarrolladores de software encontró un aumento medio del 26,08 % en las tareas completadas cuando los participantes tenían acceso a un asistente de programación basado en IA. De nuevo, no significa que la IA sea mágicamente mejor que una persona escribiendo código. Significa algo mucho más interesante: utilizada en determinadas circunstancias, puede aumentar considerablemente la capacidad de trabajo de algunas personas.

Y hay investigaciones que obligan a introducir todavía más cautela. Un experimento con 758 profesionales que realizaban tareas similares a las de consultoría descubrió que la IA mejoraba claramente los resultados en determinadas tareas, pero podía empeorarlos en otras. En las tareas para las que la herramienta era adecuada, los participantes completaron más trabajo y más rápido. En una tarea compleja situada fuera de las capacidades que el sistema manejaba bien, quienes utilizaron IA tuvieron un 19 % menos de probabilidades de ofrecer una solución correcta.

Ese probablemente sea uno de los puntos más importantes del debate. La pregunta inteligente no es si la IA es buena o mala. La pregunta es para qué sirve, cuándo sirve y cuándo no.

Una calculadora es extraordinariamente útil para calcular, pero no decide qué problema merece la pena resolver. Un GPS puede llevarnos a una dirección, pero no sabe necesariamente si queremos llegar allí. Un buscador puede encontrar millones de páginas, pero no determina por nosotros cuáles son fiables. La inteligencia artificial pertenece a esa misma familia de herramientas, aunque tenga una capacidad mucho mayor para generar contenido y participar en tareas que antes exigían más trabajo humano.

Por eso resulta extraño exigir a la IA una perfección que nunca hemos exigido a otras herramientas. Nadie tira su teléfono por la ventana porque alguna vez se haya quedado sin cobertura. Nadie concluye que internet es inútil porque haya encontrado información falsa. Nadie deja de utilizar una hoja de cálculo porque una fórmula mal introducida pueda producir un resultado incorrecto.

Con la inteligencia artificial debería ocurrir algo parecido. Hay que aprender a utilizarla y, sobre todo, a verificar lo que produce.

También conviene desmontar otra idea: que utilizar IA significa necesariamente hacer menos esfuerzo. Depende de cómo se utilice. Pedirle a una herramienta que escriba un texto entero y copiarlo sin leerlo puede ser una forma de trabajar mal. Utilizarla para comparar argumentos, detectar contradicciones, buscar enfoques alternativos, corregir un borrador o acelerar una tarea repetitiva puede ser exactamente lo contrario.

La diferencia no está solamente en la herramienta. Está en la persona que la utiliza.

Quizá por eso parte del rechazo actual tenga menos que ver con la tecnología y más con la manera en que percibimos el cambio. Durante mucho tiempo, determinadas habilidades fueron una señal de conocimiento. Saber redactar, buscar información, hacer cálculos o programar requería dominar procedimientos concretos. Cuando una máquina empieza a realizar una parte de esos procedimientos, es comprensible que algunas personas sientan que algo está cambiando demasiado deprisa.

Pero el conocimiento nunca ha permanecido quieto.

El escribiente que hacía copias a mano perdió protagonismo con la imprenta. El operador de centralita desapareció con la automatización de las comunicaciones. El dibujante técnico vio transformado su trabajo con el diseño asistido por ordenador. El fotógrafo profesional pasó de la película al formato digital. El empleado que antes archivaba miles de documentos en papel empezó a trabajar con bases de datos.

La tecnología no elimina simplemente trabajos y habilidades. También cambia cuáles son valiosos.

Eso no significa que toda innovación sea buena ni que haya que aplaudir cualquier decisión empresarial tomada en nombre de la IA. Hay despidos injustificados, productos mediocres que se venden como revolucionarios, empresas que introducen automatización donde no aporta nada y usuarios que confían demasiado en sistemas que todavía cometen errores. Criticar esas cosas no es ser un «hater». Al contrario, es necesario.

El problema aparece cuando la crítica deja de analizar casos concretos y se convierte en un rechazo automático. Si alguien dice «esta IA se ha equivocado en este dato y aquí está la prueba», tenemos una crítica útil. Si demuestra que una herramienta produce resultados peores en una determinada tarea, tenemos información valiosa. Si explica que una empresa está utilizando IA de manera irresponsable, merece ser escuchado.

Decir simplemente «todo lo que hace la IA es basura» aporta bastante menos.

Quizá dentro de unos años nos resulte tan extraño hablar de «usar IA» como hoy nos parece extraño decir que alguien «usa internet». Es posible que la inteligencia artificial termine integrada en programas, teléfonos, vehículos, buscadores y herramientas profesionales hasta el punto de que dejemos de pensar en ella como una categoría independiente.

Y probablemente entonces algunos de quienes hoy proclaman que jamás la utilizarán la estarán empleando sin darse cuenta.

No porque hayan cambiado de opinión necesariamente, sino porque la tecnología habrá dejado de presentarse como una novedad. Eso es lo que suele ocurrir cuando una herramienta demuestra que resulta útil.

La cuestión, por tanto, no debería ser odiar o adorar la inteligencia artificial. Tampoco defenderla por sistema. Lo sensato es utilizarla cuando aporta valor, rechazarla cuando empeora un resultado y mantener el criterio suficiente para saber distinguir una cosa de la otra.

Porque una herramienta no se convierte en buena o mala por estar de moda. Lo que importa es qué hacemos con ella.


Descubre más desde Hauschildt

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar