Descubrimientos sorprendentes que nacieron de la serendipia

Hay descubrimientos que nacen después de años de trabajo, cálculos y experimentos perfectamente planificados. Y luego están aquellos que aparecen cuando alguien se equivoca, observa algo extraño, cambia de camino o simplemente presta atención a algo que, en principio, no debería importar.

Eso es la serendipia.

La palabra tiene una historia bastante curiosa. Fue utilizada por primera vez por el escritor inglés Horace Walpole en una carta fechada el 28 de enero de 1754. Walpole la tomó de un cuento persa conocido como Los tres príncipes de Serendip, cuyos protagonistas tenían la peculiar capacidad de encontrar cosas que no estaban buscando gracias a una combinación de casualidad y sagacidad. Serendip era un antiguo nombre relacionado con Sri Lanka.

Y aquí está la parte importante. La serendipia no es simplemente tener suerte.

Si alguien pierde las llaves y, mientras las busca, encuentra un billete de 50 euros que había olvidado en un cajón, ha tenido suerte. Si un investigador observa un fenómeno inesperado, comprende que puede tener importancia y acaba descubriendo algo que no estaba buscando, estamos mucho más cerca de la serendipia.

La diferencia parece pequeña, pero cambia completamente la historia.

A continuación, ejemplos curiosos de descubrimientos, inventos, ideas y hallazgos asociados a la serendipia. Algunos son casos clásicos y bien documentados; otros necesitan matices porque la versión popular ha simplificado bastante lo ocurrido.

– La penicilina

En 1928, Alexander Fleming regresó a su laboratorio y encontró una placa de cultivo contaminada con un moho. Aquello no era precisamente un resultado deseable. Una contaminación podía arruinar un experimento y obligar a repetirlo.

Pero Fleming observó algo que sí merecía atención. Alrededor del moho había una zona en la que las bacterias no crecían.

En vez de tirar la placa, estudió el fenómeno y concluyó que el hongo producía una sustancia capaz de inhibir el crecimiento bacteriano. La llamó penicilina.

El descubrimiento no significó que Fleming hubiera creado inmediatamente el antibiótico que conocemos. La transformación de aquella observación en un tratamiento eficaz requirió investigaciones posteriores de otros científicos, especialmente el trabajo de Howard Florey, Ernst Chain y sus colaboradores.

La casualidad puso la primera pieza. El resto fue ciencia.

– Los rayos X

En 1895, el físico alemán Wilhelm Conrad Röntgen trabajaba con tubos de rayos catódicos.

Durante uno de sus experimentos observó que una pantalla fluorescente situada cerca del aparato se iluminaba aunque estaba protegida de la luz.

Aquello no encajaba con lo que esperaba.

Röntgen investigó el fenómeno y descubrió una radiación desconocida hasta entonces, capaz de atravesar determinados materiales. La denominó simplemente «rayos X».

Poco después se comprobó que podían utilizarse para obtener imágenes del interior del cuerpo humano.

La primera radiografía médica de la historia mostró la mano de la esposa de Röntgen, Anna Bertha. Se veían los huesos y también su anillo.

Una observación inesperada en un laboratorio de física terminó transformando el diagnóstico médico.

– La radiactividad

Henri Becquerel investigaba materiales fluorescentes y quería comprobar si las sales de uranio emitían radiación después de haber sido expuestas a la luz solar.

El tiempo nublado de París le estropeó el experimento.

Como no podía exponer las muestras al Sol, las guardó junto con unas placas fotográficas.

Cuando reveló las placas descubrió algo desconcertante. Las sales de uranio habían producido una marca en ellas aunque no habían recibido la exposición solar que Becquerel consideraba necesaria.

El resultado demostró que el uranio emitía radiación de forma espontánea.

El mal tiempo había impedido realizar el experimento previsto, pero precisamente eso permitió descubrir que la explicación era mucho más interesante.

– El teflón

En 1938, Roy Plunkett trabajaba en DuPont buscando nuevos gases que pudieran utilizarse como refrigerantes.

Uno de los recipientes que contenía tetrafluoroetileno dejó de comportarse como estaba previsto. Al abrir el cilindro, Plunkett descubrió que el gas se había transformado en un sólido blanco.

Ese sólido era politetrafluoroetileno, conocido posteriormente como PTFE y comercializado con la marca Teflon.

El material tenía propiedades extraordinarias: era muy resistente químicamente, soportaba temperaturas elevadas y presentaba una fricción muy baja.

Plunkett no estaba buscando un recubrimiento antiadherente para sartenes. Estaba investigando refrigerantes.

El material que apareció inesperadamente terminó teniendo una cantidad enorme de aplicaciones.

– El horno microondas

Percy Spencer trabajaba en Raytheon con magnetrones, componentes fundamentales de los equipos de radar.

Durante un experimento observó que una chocolatina que llevaba en el bolsillo se había derretido.

Spencer sospechó que la energía de microondas procedente del equipo podía ser la responsable.

Decidió comprobarlo de manera deliberada con otros alimentos. Los experimentos demostraron que las microondas podían calentar comida.

A partir de ahí se desarrollaron los primeros hornos de microondas.

El episodio de la chocolatina se ha convertido en una de las historias clásicas de la serendipia tecnológica porque la observación fue completamente ajena al objetivo original de la investigación.

– El Post-it

En 1968, Spencer Silver, investigador de 3M, intentaba desarrollar un adhesivo fuerte.

Consiguió prácticamente lo contrario.

El adhesivo no era especialmente resistente, pero tenía una característica muy interesante: podía pegarse y despegarse repetidamente sin perder fácilmente su capacidad adhesiva.

Durante años Silver intentó encontrarle una utilidad.

La encontró otro investigador de 3M, Art Fry.

Fry cantaba en el coro de su iglesia y estaba cansado de que los pequeños papeles que utilizaba para marcar las páginas de su himnario se cayesen.

Recordó el adhesivo de Silver y pensó que podía utilizarlo para fabricar marcadores que se pegaran a las páginas sin dañarlas.

Después llegaron los mensajes escritos sobre esos papeles.

El producto acabaría convirtiéndose en el Post-it.

– El Kevlar

Stephanie Kwolek trabajaba en DuPont investigando polímeros que pudieran convertirse en fibras ligeras y resistentes.

Durante un experimento obtuvo una disolución que tenía un aspecto extraño. No era la clase de mezcla que normalmente inspiraría confianza.

Sin embargo, Kwolek decidió seguir adelante y consiguió convertirla en fibra.

Las propiedades del material eran extraordinarias. Tenía una resistencia muy elevada con un peso relativamente bajo.

El resultado fue el Kevlar, una fibra que posteriormente encontraría aplicaciones en protección personal, cables, materiales compuestos y numerosos productos industriales.

El descubrimiento fue fruto de una investigación deliberada, pero el material concreto apareció de una forma que no era la que Kwolek esperaba.

– El Velcro

El ingeniero suizo George de Mestral regresó de una excursión con pequeñas semillas enganchadas en su ropa y en el pelo de su perro.

En lugar de limitarse a quitarlas, se preguntó por qué se agarraban con tanta facilidad.

Las examinó con un microscopio y descubrió que estaban cubiertas de pequeños ganchos.

La observación inspiró un sistema de cierre formado por dos superficies: una con pequeños ganchos y otra con fibras capaces de atraparlos.

De Mestral patentó el sistema y lo denominó Velcro, combinando las palabras francesas «velours» y «crochet», terciopelo y gancho.

La naturaleza había diseñado primero el mecanismo.

– El superpegamento

Harry Coover trabajaba durante la década de 1940 en materiales transparentes que pudieran utilizarse en dispositivos ópticos.

Uno de los compuestos que estaba probando tenía un defecto considerable: se adhería con demasiada facilidad.

El material fue descartado para aquel uso.

Años después, Coover volvió a estudiar los cianoacrilatos y comprendió que precisamente aquella capacidad para adherirse rápidamente podía ser una ventaja.

El resultado fue el desarrollo del adhesivo de cianoacrilato que conocemos popularmente como superpegamento.

No era un producto que hubiera salido bien en el primer experimento. Era un material que había fallado para una finalidad y que posteriormente encontró otra.

– El caucho vulcanizado

Charles Goodyear llevaba años intentando conseguir que el caucho natural fuera más resistente a los cambios de temperatura.

El caucho tenía problemas importantes. Se volvía pegajoso con el calor y quebradizo con el frío.

Durante sus experimentos descubrió que el tratamiento del caucho con azufre y calor podía modificar radicalmente sus propiedades.

El proceso recibió el nombre de vulcanización.

La historia suele contarse como si Goodyear hubiera dejado caer accidentalmente una mezcla de caucho y azufre sobre una estufa y hubiera descubierto el proceso en ese instante. La realidad fue bastante más compleja y estuvo marcada por numerosos experimentos.

Pero sí es cierto que una combinación inesperada de materiales y calor llevó a un descubrimiento fundamental para la industria del caucho.

– La sacarina

A finales del siglo XIX, los químicos Constantin Fahlberg e Ira Remsen estudiaban derivados del alquitrán de hulla.

Después de una jornada de trabajo, Fahlberg se dio cuenta de que algo que había tocado durante sus experimentos tenía un sabor extraordinariamente dulce.

Al revisar las sustancias con las que había trabajado descubrió el compuesto responsable.

Era la sacarina.

El producto no se había desarrollado para endulzar alimentos. Su extraordinario poder edulcorante fue una propiedad encontrada durante una investigación química.

La sacarina comenzó a utilizarse comercialmente a finales del siglo XIX y se convirtió en uno de los primeros edulcorantes artificiales de gran difusión.

– El colorante malva

En 1856, William Henry Perkin tenía 18 años y trataba de sintetizar una sustancia que pudiera utilizarse contra la malaria.

El experimento no produjo el compuesto que buscaba.

En cambio, obtuvo un residuo de color púrpura intenso.

Perkin comprendió que aquel color podía tener interés comercial. Investigó cómo producirlo y desarrolló un proceso para fabricar el primer colorante sintético comercial de gran éxito, conocido como mauveína.

La moda victoriana ayudó a convertir aquel fracaso de laboratorio en un éxito industrial.

Perkin no encontró un tratamiento para la malaria.

Encontró un color.

Y aquel color cambió la industria de los tintes.

– El vidrio de seguridad

El químico francés Édouard Bénédictus sufrió un accidente con un recipiente de vidrio que se rompió al caer.

Sin embargo, el cristal no se desparramó completamente.

Bénédictus observó que los fragmentos seguían unidos.

El motivo era que el recipiente había contenido una película de nitrato de celulosa que había quedado adherida a las paredes.

La observación le llevó a investigar el vidrio laminado, formado por capas de vidrio y una capa intermedia capaz de mantener unidos los fragmentos cuando el vidrio se rompe.

La tecnología tendría importantes aplicaciones en automóviles y otras situaciones en las que la seguridad frente a la rotura resulta fundamental.

– El acero inoxidable

A comienzos del siglo XX se estaban investigando diferentes aleaciones de acero para mejorar sus propiedades.

El metalúrgico británico Harry Brearley buscaba una aleación que resistiera mejor el desgaste producido por los cañones de las armas.

Una de las muestras que obtuvo no resultó adecuada para el objetivo original.

Sin embargo, Brearley observó que resistía extraordinariamente bien la corrosión.

La composición contenía una cantidad elevada de cromo, elemento fundamental para formar la capa protectora que caracteriza al acero inoxidable.

El material terminó encontrando aplicaciones en cubertería, instrumental, industria química, construcción y multitud de objetos cotidianos.

– El marcapasos

En 1956, el ingeniero estadounidense Wilson Greatbatch trabajaba en un dispositivo destinado a registrar los sonidos del corazón.

Durante la construcción de un circuito instaló por error una resistencia con un valor incorrecto.

El circuito empezó a emitir impulsos eléctricos a intervalos regulares.

Greatbatch se dio cuenta de que aquellos impulsos se parecían al ritmo eléctrico que podía utilizarse para estimular el corazón.

Aquella observación le llevó a modificar el dispositivo y trabajar en un marcapasos implantable.

El primer prototipo no era ni mucho menos igual de pequeño y sofisticado que los actuales, pero el principio estaba establecido.

Un componente equivocado había puesto a Greatbatch en una dirección completamente nueva.

– La electricidad y el magnetismo

En 1820, Hans Christian Ørsted realizaba una demostración relacionada con la electricidad cuando observó que una corriente eléctrica podía desviar la aguja de una brújula.

La observación fue importante porque relacionaba dos fenómenos que hasta entonces se habían estudiado de manera separada.

Electricidad y magnetismo no eran mundos independientes.

Aquella pequeña desviación de la aguja ayudó a abrir el camino hacia el electromagnetismo y a los trabajos posteriores de científicos como André-Marie Ampère y Michael Faraday.

No fue un accidente espectacular.

Fue una aguja moviéndose ligeramente.

Pero cambió la física.

– La pila eléctrica

Luigi Galvani había observado que las patas de ranas podían contraerse bajo determinadas condiciones eléctricas.

Alessandro Volta no aceptaba completamente la explicación que Galvani daba al fenómeno.

Sus investigaciones le llevaron a estudiar la interacción entre diferentes metales y un medio conductor.

En 1800 presentó la pila voltaica, capaz de proporcionar una corriente eléctrica continua.

La disputa científica había terminado produciendo algo mucho más útil que una explicación teórica: una fuente práctica de electricidad.

– El polietileno

En 1933, los químicos británicos Eric Fawcett y Reginald Gibson trabajaban con etileno sometido a presiones elevadas.

Durante uno de los experimentos encontraron una sustancia cerosa inesperada.

Era polietileno.

La reacción no había sido prevista y el producto se formó en condiciones que no estaban completamente bajo control.

Posteriormente se desarrollaron métodos para fabricar polietileno de manera controlada y a gran escala.

Hoy es uno de los plásticos de mayor producción del mundo y se utiliza en envases, tuberías, aislamiento, recipientes y numerosos productos.

– El Slinky

El ingeniero naval Richard James trabajaba con muelles cuando uno de ellos cayó accidentalmente de una estantería.

El muelle comenzó a desplazarse de una forma peculiar, manteniendo un movimiento característico mientras avanzaba.

James se dio cuenta de que aquel comportamiento podía resultar entretenido.

Experimentó con diferentes tamaños y materiales y terminó desarrollando el juguete que posteriormente sería conocido como Slinky.

En este caso la relación con la casualidad es especialmente sencilla: un objeto de trabajo mostró accidentalmente un comportamiento que podía convertirse en un producto.

– El Play-Doh

El material que acabaría convirtiéndose en Play-Doh no fue creado originalmente como juguete.

En la década de 1930 se comercializó como un producto destinado a limpiar el hollín de las paredes.

Con la llegada de nuevas formas de calefacción doméstica, aquella aplicación perdió importancia.

Posteriormente se descubrió que el material podía utilizarse como material para modelar en las aulas.

La empresa modificó el producto y lo convirtió en un juguete.

No fue un descubrimiento accidental de laboratorio, pero sí un caso interesante de cómo una aplicación inesperada puede salvar y transformar completamente un producto.

– El celofán

El químico suizo Jacques Brandenberger trabajaba a comienzos del siglo XX en materiales que pudieran hacer que los manteles resistieran mejor las manchas.

En uno de sus experimentos intentó crear una capa protectora sobre el tejido.

El resultado no funcionó bien para ese objetivo. La película se desprendía del material.

Pero aquella película transparente era precisamente lo interesante.

Brandenberger decidió estudiarla como material independiente y desarrolló maquinaria para producirla.

El resultado fue el celofán, que acabaría teniendo una enorme importancia en el embalaje.

Un recubrimiento que había fallado como recubrimiento se convirtió en el producto.

– El detector de humo

Walter Jaeger intentaba desarrollar un dispositivo capaz de detectar gases peligrosos.

Durante sus experimentos, el aparato no funcionó como esperaba con los gases que estaba utilizando.

Sin embargo, reaccionó ante el humo de un cigarrillo.

Aquella respuesta inesperada le hizo comprender que el principio podía utilizarse para detectar humo.

La tecnología de los detectores de incendios evolucionaría posteriormente de distintas maneras, pero el episodio muestra cómo una respuesta que inicialmente parece un fallo puede revelar una aplicación completamente diferente.

La casualidad no basta

Después de repasar estas historias hay una conclusión que se repite una y otra vez.

La serendipia existe, pero la versión popular de la serendipia suele ser demasiado sencilla.

Fleming no inventó la medicina moderna porque dejó una placa sucia encima de una mesa. Spencer no creó el microondas simplemente porque se le derritió una chocolatina. De Mestral no inventó el Velcro por llevar semillas pegadas al pantalón. Penzias y Wilson no descubrieron el origen del universo porque una antena estuviera llena de palomas.

En todos esos casos hubo algo más.

Hubo alguien que se fijó en una anomalía.

Y, sobre todo, alguien decidió investigar.

Ese detalle es fundamental. Una placa contaminada puede acabar en la basura. Una señal extraña puede considerarse ruido. Una sustancia que no funciona puede descartarse. Un material que parece defectuoso puede abandonarse. Una aguja que se mueve ligeramente puede pasar inadvertida.

El descubrimiento aparece cuando alguien pregunta por qué.

También resulta interesante comprobar que muchos de los ejemplos más famosos no son accidentes puros. El Post-it nació de dos investigaciones diferentes que terminaron encontrándose. El sildenafil fue desarrollado con otro objetivo antes de que se reconociera su utilidad. La imipramina se investigó como posible antipsicótico antes de descubrirse su efecto antidepresivo. El litio pasó por una larga cadena de investigaciones antes de convertirse en un tratamiento fundamental.

Por eso la serendipia no debería confundirse con la suerte.

La suerte puede hacer que algo ocurra.

La serendipia empieza cuando alguien comprende que aquello que acaba de ocurrir merece una explicación.

Y esa diferencia explica por qué dos personas pueden encontrarse exactamente con el mismo accidente y solo una de ellas acabar haciendo un descubrimiento.

La casualidad abre la puerta.

La curiosidad decide entrar.


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