Llegar tarde no suele considerarse una virtud. En economía, en tecnología y en la historia de los países, estar por detrás de quienes empezaron antes parece, a primera vista, una desventaja evidente. Sin embargo, existe una paradoja interesante: quien llega después puede evitar algunos de los errores que cometieron los pioneros, aprovechar conocimientos que otros ya han acumulado y adoptar directamente tecnologías mucho más avanzadas. En determinadas circunstancias, el retraso deja de ser únicamente un problema y se convierte en una oportunidad.
Esta idea fue desarrollada con especial claridad por el economista e historiador Alexander Gerschenkron. En su obra Economic Backwardness in Historical Perspective, publicada como libro en 1962, estudió la industrialización europea y cuestionó la idea de que todos los países tuvieran que recorrer exactamente el mismo camino que había seguido Gran Bretaña. Su tesis era bastante más interesante: cuanto más tarde comenzaba un país su industrialización, más posibilidades tenía de apoyarse en tecnologías, instituciones y conocimientos desarrollados previamente en otros lugares.
La clave está en distinguir entre estar atrasado y permanecer atrasado. El primero puede ser una situación temporal; el segundo es la incapacidad de aprovechar las oportunidades que ofrece ese retraso.
El pionero paga la factura del aprendizaje
Pensemos en dos empresas que quieren fabricar un determinado producto. La primera tiene que desarrollar la tecnología, descubrir qué funciona, formar trabajadores, construir instalaciones y equivocarse varias veces antes de alcanzar una producción eficiente. La segunda observa todo ese proceso y puede comprar maquinaria ya desarrollada, contratar trabajadores que conocen las técnicas necesarias y copiar las soluciones que han demostrado funcionar.
La segunda empresa sigue llegando después, pero no tiene que recorrer todo el camino.
Algo parecido ocurrió durante la industrialización. Gran Bretaña fue pionera en muchos sectores de la Revolución Industrial, pero otros países europeos que comenzaron más tarde pudieron importar maquinaria, conocimientos y métodos de producción que ya habían sido probados. Alemania y Rusia, por ejemplo, no tuvieron que inventar desde cero buena parte de las tecnologías industriales que necesitaban. El propio Gerschenkron señaló que los procesos de industrialización de los países más atrasados podían diferir sustancialmente de los de los pioneros y, en determinados casos, desarrollarse con una rapidez considerable.
Hay aquí una lección que sigue siendo válida mucho después de la Revolución Industrial. Inventar algo es extraordinariamente caro. Adoptarlo cuando ya funciona suele ser bastante más barato.
La tecnología permite saltarse etapas
Una de las ventajas más evidentes del retraso relativo aparece cuando una tecnología nueva permite prescindir de infraestructuras antiguas.
El ejemplo más sencillo es el de las telecomunicaciones. Un país que no dispone de una extensa red de telefonía fija puede encontrarse, paradójicamente, en una posición favorable cuando aparece la telefonía móvil. No necesita instalar primero millones de kilómetros de cable para después sustituirlos. Puede pasar directamente a una tecnología más moderna.
Algo semejante ocurrió en numerosos países con la banca y los medios de pago digitales. Mientras las economías desarrolladas acumulaban durante décadas redes de sucursales, cajeros y sistemas de pago físicos, algunos países que tenían una infraestructura bancaria tradicional menos desarrollada pudieron adoptar directamente soluciones digitales.
Esto se conoce habitualmente como leapfrogging, o salto de etapas. No significa que un país pueda convertirse mágicamente en líder tecnológico por haber empezado tarde. Significa algo más modesto y más importante: en determinadas áreas, no tener una infraestructura antigua puede evitar el coste de sustituirla.
La ventaja aparece, por tanto, cuando una tecnología nueva hace innecesario construir todo lo anterior.
El atraso también puede acelerar el crecimiento
Gerschenkron observó algo especialmente llamativo en los países que se industrializaron más tarde: en algunos casos, sus fases de crecimiento industrial fueron más intensas que las de los pioneros. La investigación histórica posterior ha examinado precisamente esta relación entre el grado de atraso inicial y características como la velocidad del crecimiento industrial, el tamaño de las empresas o el peso de los bienes de producción.
La lógica es sencilla. Un país que ya dispone de una industria madura tiene que modernizar lo que ya posee. Eso implica sustituir maquinaria, cerrar instalaciones, formar de nuevo a trabajadores y afrontar costes de transición.
Un país que apenas está empezando tiene menos cosas que sustituir.
Puede construir desde el principio fábricas más modernas, utilizar maquinaria más eficiente y organizar la producción teniendo en cuenta conocimientos que los países pioneros tardaron décadas en adquirir. En cierto sentido, quien llega tarde tiene una ventaja que podríamos llamar de página en blanco.
Eso explica también por qué el crecimiento de algunos países puede producirse mediante grandes saltos en lugar de una progresión lenta y uniforme. La investigación sobre la tesis de Gerschenkron señala precisamente que el atraso relativo estaba asociado, en los casos históricos que estudió, a mayores tasas de crecimiento industrial y a una mayor concentración en grandes instalaciones y bienes de producción.
Pero copiar no es lo mismo que innovar
Aquí aparece el principal límite de esta teoría.
Adoptar una tecnología existente puede permitir recuperar terreno rápidamente, pero no garantiza convertirse en líder. Mientras un país está acercándose a la frontera tecnológica, puede beneficiarse enormemente de las tecnologías desarrolladas por otros. Cuando se acerca a esa frontera, la situación cambia.
Ya no basta con copiar.
Hay que investigar, experimentar y crear tecnologías que todavía no existen. Y eso es mucho más difícil.
Los estudios posteriores sobre la llamada ventaja del atraso han encontrado precisamente este problema: los países rezagados pueden crecer más deprisa gracias a la incorporación de tecnología y conocimientos procedentes de las economías avanzadas, pero esa ventaja tiende a reducirse cuando se acercan a la frontera tecnológica.
Es una especie de carrera en la que seguir al corredor que tienes delante resulta relativamente fácil mientras puedes ver sus pasos. Cuando llegas a su altura, deja de existir una ruta marcada.
El caso de Alemania resulta especialmente revelador
La industrialización alemana ofrece un buen ejemplo de cómo un país que llegó después podía utilizar conocimientos desarrollados previamente en Gran Bretaña y combinarlos con instituciones y formas de organización diferentes.
Alemania no tuvo que repetir exactamente la trayectoria británica. Su industrialización se apoyó en grandes empresas, bancos y otras instituciones capaces de movilizar capital a una escala considerable. La propia teoría de Gerschenkron concedía especial importancia al papel que podían desempeñar determinadas instituciones en los países que comenzaban tarde su industrialización.
Esto introduce otro aspecto interesante. El atraso no solo puede facilitar la adopción de tecnología; también puede cambiar las instituciones que acompañan al desarrollo.
Un país que empieza tarde sabe, al menos en parte, qué necesita. Puede observar qué mecanismos financieros funcionan, qué sistemas educativos producen trabajadores cualificados o qué infraestructuras resultan necesarias. No tiene garantías de acertar, pero dispone de información que los pioneros no tenían.
El pionero experimenta a ciegas. El seguidor puede aprender de sus resultados.
Los errores de los demás también son conocimiento
Esta quizá sea la ventaja más infravalorada del retraso.
El progreso no consiste únicamente en acumular descubrimientos. También consiste en descubrir qué cosas no funcionan.
Cuando una tecnología fracasa, una empresa quiebra o una política económica produce resultados decepcionantes, la información no desaparece. Otros pueden aprender de ello.
Imaginemos que diez países prueban diferentes sistemas para desarrollar una determinada industria. Uno descubre una fórmula eficaz; otros cinco descubren fórmulas mediocres y cuatro cometen errores graves. El país que llega undécimo dispone de una cantidad de información que el primero no tenía.
No necesita repetir los diez experimentos.
Puede estudiar sus resultados y escoger.
Por supuesto, esto es más fácil sobre el papel que en la realidad. Las instituciones no se pueden copiar como si fueran una pieza de maquinaria. Una política que funciona en un país puede fracasar en otro porque cambian la educación, las leyes, la cultura empresarial, el acceso al capital o las características del mercado.
Pero incluso esa dificultad contiene una enseñanza: el conocimiento acumulado por otros reduce la incertidumbre, aunque nunca la elimine.
La otra cara de la moneda
Sería un error convertir esta idea en una especie de receta según la cual todos los países atrasados tienen, en realidad, una ventaja oculta. No es así.
El atraso puede significar también menor productividad, menor renta, escasez de capital, instituciones débiles, falta de trabajadores cualificados y dificultades para financiar nuevas inversiones. Además, cuanto mayor sea la distancia respecto a los países avanzados, más difícil puede resultar absorber tecnologías complejas.
El propio Gerschenkron no sostenía que el atraso fuera beneficioso en todos los sentidos. Su argumento era más concreto: en determinadas circunstancias históricas, el retraso podía generar mecanismos que facilitaran una industrialización rápida y diferente de la experimentada por los pioneros.
Hay, además, una paradoja importante. Cuanto más fácil resulta copiar una tecnología, menos probable es que esa tecnología permita mantener una ventaja durante mucho tiempo. Si todos pueden comprar la misma maquinaria, la ventaja competitiva termina desplazándose hacia otros factores: organización, talento, investigación, costes, acceso a mercados o capacidad empresarial.
El atraso puede ayudar a alcanzar a los demás, pero no necesariamente a adelantarlos.
Una idea que va mucho más allá de la economía
La ventaja del atraso también puede aplicarse, con cierta prudencia, a empresas, administraciones e incluso a personas.
Una empresa joven puede estudiar durante años los errores cometidos por compañías que llevan décadas en el mercado. Un estudiante que comienza tarde una determinada disciplina dispone hoy de libros, cursos y herramientas que sus predecesores no tenían. Una administración que digitaliza un servicio por primera vez puede observar qué soluciones han funcionado en otros lugares antes de invertir.
Pero hay que evitar una conclusión demasiado optimista. Tener acceso a los conocimientos de otros no equivale a saber utilizarlos.
El conocimiento acumulado es una materia prima, no un resultado final.
Un país puede importar maquinaria moderna y seguir siendo poco productivo si carece de trabajadores preparados para utilizarla. Puede comprar ordenadores sin desarrollar empresas capaces de crear productos competitivos. Puede copiar una institución extranjera y descubrir que no funciona porque las condiciones que la hicieron posible no existen en su propio entorno.
La ventaja del atraso depende, por tanto, de la capacidad de absorber y adaptar lo que ya existe.
El verdadero valor de llegar después
La idea de Gerschenkron tiene más de medio siglo, pero conserva interés porque obliga a mirar el progreso económico de una manera menos lineal. La historia no consiste necesariamente en que todos los países recorran la misma carretera con décadas de diferencia. Hay caminos que se pueden abandonar, etapas que se pueden saltar y errores que se pueden evitar.
El retraso relativo puede ofrecer tres ventajas especialmente importantes: permite adoptar tecnologías que otros ya han desarrollado, aprender de experiencias ajenas y construir desde cero determinadas infraestructuras sin cargar con el coste de sustituir sistemas antiguos.
Pero esas ventajas tienen fecha de caducidad.
Cuando un país se acerca a la frontera tecnológica, copiar deja de ser suficiente. Entonces necesita desarrollar su propia capacidad de innovación. El seguidor debe convertirse en pionero, y esa transición es probablemente la parte más difícil del viaje.
Por eso la verdadera ventaja no consiste en estar atrasado. Consiste en saber aprovechar el hecho de estar atrasado.
Llegar tarde puede ahorrar tiempo, dinero y errores. Lo que no puede hacer es recorrer el camino por nosotros.
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