La externalidad de demanda y el efecto que puede tener la IA en el trabajo

Imagina que compras un teléfono, pero no hay nadie más que tenga uno. Técnicamente tienes un aparato capaz de realizar llamadas, pero su utilidad es prácticamente nula. Ahora imagina que diez personas de tu familia tienen teléfono. Después cien personas de tu ciudad. Finalmente, prácticamente todo el mundo.

El teléfono que tienes es exactamente el mismo, pero ahora vale mucho más para ti.

¿Por qué? Porque su utilidad depende, en parte, de lo que hacen los demás.

Esto es una externalidad de demanda. Se produce cuando la decisión de una persona de comprar o utilizar un producto afecta al valor que ese mismo producto tiene para otras personas.

El teléfono es probablemente el ejemplo más fácil de entender. Si nadie tiene teléfono, comprar uno sirve de poco. Cada nuevo usuario crea nuevas posibilidades de comunicación para quienes ya tienen uno. Cuantas más personas forman parte de la red, más útil resulta pertenecer a ella.

Lo mismo puede ocurrir con una aplicación de mensajería. Si solo la utiliza una persona, no puede comunicarse con nadie a través de ella. Si la utilizan todos sus amigos, compañeros y familiares, la aplicación adquiere mucho más valor. La herramienta no ha cambiado. Lo que ha cambiado es el número de personas que están al otro lado.

Y aquí aparece algo importante: el consumidor no siempre obtiene el valor de un producto únicamente de sus propias características. A veces, una parte de ese valor procede de los demás usuarios.

La externalidad de demanda puede crear un efecto bola de nieve

Cuando cada nuevo usuario hace que el producto sea más interesante para los demás, puede aparecer un círculo positivo.

Más usuarios hacen que la red sea más útil. Una red más útil atrae a nuevos usuarios. Los nuevos usuarios hacen que la red sea todavía más útil.

Es una especie de bola de nieve.

Esto ayuda a explicar por qué algunas tecnologías y plataformas pueden crecer muy deprisa una vez que alcanzan una determinada cantidad de usuarios. También explica por qué puede ser difícil competir contra una red ya consolidada: una alternativa puede ser técnicamente muy buena, pero si nadie la utiliza, resulta poco atractiva.

Pensemos de nuevo en el teléfono. Si todos tus amigos utilizan una determinada red de comunicación y tú eres el único que utiliza otra, cambiar puede tener poco sentido aunque tu sistema sea técnicamente excelente.

El número de usuarios se convierte en parte del valor del producto.

Y esta idea nos lleva directamente a la inteligencia artificial.

Las repercusiones positivas de la IA

La inteligencia artificial puede generar una externalidad de demanda muy potente porque cuantos más usuarios y empresas la incorporen, mayor será el incentivo para desarrollar nuevas herramientas, mejorar las existentes y crear servicios alrededor de ellas.

Una empresa que utiliza IA puede ahorrar tiempo en determinadas tareas. Si miles de empresas hacen lo mismo, aparece un mercado enorme para desarrollar herramientas más rápidas, baratas y especializadas.

Eso puede crear un círculo positivo.

Más usuarios → más inversión → mejores herramientas → menor coste → más usuarios.

El resultado puede ser un aumento considerable de la productividad.

Imaginemos una empresa que necesita diez empleados para realizar una determinada cantidad de trabajo. Con IA consigue que esos diez trabajadores produzcan lo que antes producían veinte.

La empresa tiene varias opciones. Puede producir más con los mismos empleados, reducir precios para vender más, invertir los beneficios en nuevos proyectos, mejorar sus productos o dedicar a sus trabajadores a tareas de mayor valor.

Desde el punto de vista económico, esto es muy importante.

Si conseguimos producir más utilizando menos tiempo y recursos, tenemos la posibilidad de generar más riqueza.

La IA también puede abaratar productos y servicios

Supongamos que preparar un determinado informe cuesta actualmente 500 euros porque requiere varias horas de trabajo especializado.

Si una herramienta de IA permite realizar una parte importante de ese trabajo por una fracción del coste, ese servicio puede abaratarse.

Y cuando algo se vuelve más barato, más personas pueden permitírselo.

Una pequeña empresa que antes no podía contratar determinados servicios podría hacerlo. Un autónomo podría acceder a herramientas que antes estaban reservadas a empresas grandes. Un estudiante podría disponer de recursos que antes costaban dinero.

La productividad puede democratizar determinadas capacidades.

También puede aparecer una segunda consecuencia: nuevas actividades que antes no eran rentables.

Si crear una aplicación, analizar grandes cantidades de información o producir determinados contenidos se vuelve mucho más barato, pueden aparecer empresas que antes no podían existir porque los costes eran demasiado elevados.

Por eso sería un error mirar la IA únicamente desde la perspectiva de los empleos que puede destruir. También puede generar empresas, profesiones y mercados que hoy apenas podemos imaginar.

Pero existe otra cara mucho más complicada

Ahora volvamos a la empresa de los diez trabajadores.

Supongamos que la IA permite hacer el mismo trabajo con seis.

La empresa podría mantener a los diez y producir mucho más. Pero también podría decidir que ya no necesita a cuatro.

Desde el punto de vista de la empresa, la decisión puede ser perfectamente racional. Tiene menos costes y puede ser más competitiva.

Pero esos cuatro trabajadores no desaparecen de la economía.

Son consumidores.

Antes recibían un salario y utilizaban ese dinero para comprar comida, ropa, combustible, pagar un alquiler, ir al restaurante, contratar servicios o comprar productos de otras empresas.

Si pierden sus ingresos, probablemente reduzcan parte de ese consumo.

Y aquí comienza el problema.

El trabajador también es el cliente de otra empresa

Imaginemos que una ciudad tiene cien empresas y que muchas de ellas empiezan a automatizar simultáneamente.

Cada empresa consigue ahorrar.

Pero miles de trabajadores reciben menos ingresos.

Esos trabajadores consumen menos.

El restaurante del barrio pierde clientes. La tienda vende menos. El taller recibe menos vehículos. La empresa de ocio tiene menos reservas.

Estas empresas empiezan a ingresar menos.

Y si sus ingresos caen, pueden reducir inversiones, contratar a menos personas o incluso despedir trabajadores.

Los nuevos trabajadores afectados vuelven a reducir su consumo.

Y el proceso puede continuar.

Menos ingresos → menos consumo → menos ventas → menos actividad → menos empleo → menos ingresos.

Esta es una de las principales preocupaciones macroeconómicas que plantea una automatización muy rápida y generalizada.

No significa que vaya a ocurrir necesariamente. Una economía tiene muchos mecanismos que pueden compensarlo. Las empresas pueden invertir, bajar precios, vender más en otros mercados o crear nuevos productos. Además, los beneficios que reciben los propietarios de las empresas también pueden gastarse o invertirse.

Pero el riesgo existe: si la productividad aumenta mucho más rápido que la capacidad de la economía para generar nuevos ingresos para los hogares, puede aparecer un problema de demanda.

El problema no es producir demasiado, sino quién puede comprarlo

Aquí aparece una paradoja interesante.

Imaginemos un futuro en el que las fábricas, las oficinas y las empresas sean extraordinariamente productivas gracias a la IA.

Podríamos tener capacidad para producir millones de productos y servicios a precios muy bajos.

Eso sería fantástico.

Pero esos productos necesitan compradores.

Una economía puede tener una capacidad productiva enorme y, al mismo tiempo, tener una parte importante de la población con poca capacidad de consumo.

Por eso la cuestión fundamental no es simplemente cuánto puede producir la IA.

También importa cómo se reparten los ingresos generados por esa productividad.

Si una empresa produce el doble con la mitad de trabajadores, alguien recibe el beneficio de ese aumento de productividad.

Puede traducirse en salarios más altos. Puede convertirse en precios más bajos. Puede financiar nuevas inversiones. Puede aumentar los beneficios empresariales. Puede repartirse de varias maneras.

El resultado dependerá de cómo evolucione cada mercado.

El riesgo de que la transición sea demasiado rápida

La tecnología puede crear nuevos empleos, pero eso no significa que aparezcan automáticamente al mismo tiempo que desaparecen los anteriores.

Un trabajador administrativo puede perder parte de sus tareas por la IA, mientras que la nueva demanda se concentra en especialistas en otros campos.

El problema es el tiempo.

Una persona puede necesitar años para adquirir las capacidades necesarias para una profesión nueva. Una empresa puede implantar una herramienta de IA en cuestión de semanas.

Si la transformación es gradual, la economía tiene más tiempo para adaptarse. Si es extremadamente rápida, puede producirse un periodo de desempleo y pérdida de ingresos antes de que aparezcan suficientes alternativas.

Además, no todos los trabajadores parten de la misma situación. Una persona con formación tecnológica puede adaptarse con relativa facilidad a nuevas herramientas. Para otra persona, el cambio puede ser mucho más difícil.

Por eso la frase «la IA destruirá unos empleos y creará otros» es cierta, pero insuficiente.

La verdadera pregunta es cuántos, cuáles, dónde, cuándo y para quién.

También puede aumentar la desigualdad

Existe otro riesgo.

Si la IA permite que una empresa produzca mucho más con menos trabajadores, una parte importante del beneficio puede terminar en manos de quienes poseen la tecnología, las empresas o el capital necesario para utilizarla.

Mientras tanto, los trabajadores cuyas tareas sean fácilmente automatizables pueden perder poder de negociación.

Esto podría aumentar las diferencias entre quienes poseen recursos y quienes dependen principalmente de su trabajo.

Pero tampoco es inevitable.

Si la productividad aumenta y las empresas compiten por trabajadores capaces de complementar a la IA, los salarios de determinados perfiles pueden aumentar. Si los precios bajan, el poder adquisitivo de los consumidores puede mejorar incluso sin grandes aumentos salariales.

Una vez más, la tecnología abre posibilidades, pero no determina por sí sola el resultado final.

La gran oportunidad

La mejor versión de este proceso sería bastante atractiva.

Imaginemos que la IA permite producir más con menos esfuerzo humano. Las empresas ganan productividad, los precios bajan, aparecen nuevos productos, surgen nuevas empresas y los trabajadores pasan de realizar tareas repetitivas a tareas de mayor valor.

Con el tiempo, podríamos necesitar menos horas de trabajo para alcanzar un nivel de vida superior.

Una empresa que antes necesitaba cinco días para producir lo mismo podría hacerlo en cuatro. En lugar de despedir a trabajadores, podría repartir parte de esa productividad en forma de más salario, menos jornada o mayor producción.

La tecnología, en ese escenario, no sería simplemente una máquina que sustituye personas. Sería una herramienta que aumenta lo que una persona puede hacer.

El gran riesgo

El escenario contrario también es posible.

Si la IA sustituye rápidamente muchas tareas, los salarios de determinados trabajadores pueden caer o desaparecer. Si esas personas reducen su consumo, otras empresas pueden vender menos. Si esas empresas responden reduciendo empleo e inversión, el descenso del consumo puede amplificarse.

La economía podría entrar en una espiral de menor demanda.

No porque la IA sea mala, sino porque una economía necesita que la capacidad de producir y la capacidad de comprar evolucionen de una manera compatible.

Esta es probablemente una de las cuestiones más interesantes de la revolución de la IA.

La tecnología puede aumentar enormemente el tamaño de la tarta. El problema económico consiste en saber cómo se reparte esa nueva riqueza y cómo se mantiene el poder de compra necesario para que las empresas puedan vender todo aquello que ahora son capaces de producir.

La externalidad de demanda ayuda a entender precisamente por qué estamos conectados. El teléfono tiene más valor porque otros tienen teléfono. Y una economía también funciona como una red: las empresas necesitan clientes, los clientes necesitan ingresos y los trabajadores forman parte de ambos lados.

La IA puede reforzar esa red y hacerla mucho más productiva.

Pero si transforma demasiado deprisa la relación entre trabajo, ingresos y consumo, también puede generar tensiones que ninguna empresa individual puede solucionar por sí sola.

Por eso la gran pregunta no es si la inteligencia artificial será buena o mala para el empleo.

La pregunta realmente importante es cómo conseguimos que el enorme aumento de productividad que puede proporcionar la IA se convierta en mayor prosperidad para la economía en su conjunto y no únicamente en una mayor capacidad de producir.


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