Por qué lo primero que conseguimos suele valer más que lo siguiente

La utilidad marginal decreciente no es solo una idea económica. También sirve para entender bastante bien cómo funcionamos las personas, cómo tomamos decisiones y por qué muchas veces perseguimos algo con enorme intensidad hasta conseguirlo y, una vez alcanzado, descubrimos que ya no nos produce la misma satisfacción.

Pensemos en algo sencillo. Durante meses quieres comprarte un coche que te encanta. Lo imaginas, miras fotos, comparas precios y te hace ilusión tenerlo. Finalmente lo compras. Los primeros días lo disfrutas muchísimo. Te hace ilusión conducirlo, verlo aparcado y enseñárselo a alguien. Pero pasan los meses y se convierte en algo normal. Sigue gustándote, pero ya no piensas en él constantemente.

No es que el coche haya empeorado. Has cambiado tú.

Nuestro cerebro tiene una capacidad extraordinaria para acostumbrarse a aquello que se repite. Una novedad puede producir una sensación intensa porque rompe con nuestra situación anterior. Cuando esa novedad se convierte en parte de nuestra rutina, pierde parte de su impacto. En psicología se habla de adaptación hedónica para describir este proceso.

La utilidad marginal decreciente encaja muy bien con esa experiencia. La primera dosis de una experiencia nueva puede aportar mucho. Las siguientes suelen aportar menos cuando se convierten en algo habitual.

El problema de acostumbrarnos a lo que conseguimos

Esto ayuda a explicar una paradoja bastante común. Podemos pasar mucho tiempo pensando que seremos felices cuando consigamos algo y, cuando finalmente lo conseguimos, la satisfacción dura menos de lo esperado.

Puede ser un sueldo más alto, una casa más grande, un coche mejor, unas vacaciones extraordinarias o incluso una determinada cantidad de dinero ahorrado.

El primer salto puede cambiar mucho nuestra vida. Pasar de no tener ahorros a disponer de un pequeño colchón puede proporcionar tranquilidad. Pasar de ese colchón a uno mayor también puede ser importante, pero quizá el cambio emocional ya no sea tan grande. Y cuando tenemos una cantidad considerable de dinero disponible, añadir un poco más puede cambiar muy poco nuestro día a día.

Esto no significa que el dinero deje de ser útil. Significa que su impacto depende de nuestra situación de partida.

Para alguien que no puede afrontar un gasto inesperado, tener 5.000 euros ahorrados puede representar una diferencia enorme. Para alguien que ya dispone de varios cientos de miles de euros, conseguir 5.000 euros adicionales probablemente tenga un efecto mucho menor sobre su seguridad y su calidad de vida.

La cifra es la misma. La utilidad no.

Y aquí entra la inversión

Esta idea resulta especialmente interesante cuando hablamos de inversión.

Un inversor puede pensar que cuanto mayor sea su patrimonio, mejor se encontrará. En parte es cierto. Tener más patrimonio proporciona mayor capacidad para afrontar imprevistos, elegir cómo trabajar, financiar proyectos o simplemente vivir con menos presión económica.

Pero llega un punto en el que cada euro adicional puede cambiar cada vez menos la vida cotidiana.

Imaginemos a una persona que consigue ahorrar sus primeros 10.000 euros. Probablemente sienta que ha conseguido algo importante. Ese dinero puede representar meses de esfuerzo y, sobre todo, un colchón frente a un problema inesperado.

Pasar de 10.000 a 20.000 euros también puede ser un paso importante. Pero el salto psicológico quizá no sea tan grande como el primero.

Y pasar de 990.000 a 1.000.000 euros puede tener una enorme importancia simbólica, pero desde el punto de vista práctico quizá cambie muy poco la vida de esa persona.

Aquí aparece una distinción importante entre patrimonio y bienestar. Acumular más puede aumentar nuestra seguridad y nuestras opciones, pero no necesariamente aumenta en la misma proporción nuestra satisfacción.

El peligro de convertir la inversión en una competición

Este principio también puede ayudarnos a entender uno de los errores más habituales del inversor.

Al principio, invertir puede tener un objetivo bastante claro: crear un colchón, complementar los ingresos futuros o alcanzar una determinada independencia económica.

Pero cuando se consigue una parte de ese objetivo, puede aparecer otro impulso. Ya no se trata de estar financieramente tranquilo, sino de tener más que antes. Después queremos superar una determinada cifra. Luego otra.

El problema es que la meta puede desplazarse continuamente.

Un inversor que empezó queriendo alcanzar 100.000 euros puede sentirse extraordinariamente satisfecho cuando llega a esa cantidad. Pero poco después, esos 100.000 euros dejan de parecer suficientes. Ahora quiere 250.000. Después, 500.000. Más adelante, quizá un millón.

La cantidad aumenta, pero la sensación de haber llegado puede durar cada vez menos.

Por eso invertir sin saber para qué queremos el dinero puede convertirse en una carrera sin línea de meta.

La rentabilidad también tiene una dimensión psicológica

La utilidad marginal decreciente puede observarse incluso en la forma en que percibimos las ganancias de nuestras inversiones.

Ganar 5.000 euros cuando tenemos una cartera de 20.000 puede producir una sensación muy diferente a ganar esos mismos 5.000 cuando tenemos 500.000.

En el primer caso, la ganancia representa un 25 % del patrimonio inicial. En el segundo, solo un 1 %.

La cantidad absoluta es idéntica, pero su significado económico y psicológico es completamente diferente.

Por eso comparar únicamente cuánto dinero ha ganado alguien puede llevar a conclusiones equivocadas. No es lo mismo ganar 10.000 euros con una cartera de 30.000 que ganar 10.000 con una cartera de un millón.

La rentabilidad porcentual permite poner esas cifras en contexto, aunque tampoco cuenta toda la historia. El riesgo asumido, el tiempo invertido y la situación personal también importan.

Cuando tener más empieza a costarnos demasiado

Hay otra cara de este fenómeno que merece atención.

Conseguir más dinero suele requerir tiempo, trabajo, riesgo o renunciar a otras cosas. Y ahí aparece una pregunta que muchas veces olvidamos: ¿cuánto estamos sacrificando para conseguir la siguiente unidad?

Imaginemos a alguien que trabaja muchas horas para pasar de ganar 50.000 a 70.000 euros al año. Si ese aumento supone renunciar a prácticamente todo su tiempo libre, quizá los 20.000 euros adicionales tengan un coste personal considerable.

Puede ocurrir que esos ingresos extra mejoren su situación económica, pero empeoren su vida cotidiana.

Esto no significa que trabajar más o ganar más sea malo. Depende de cada persona. La cuestión es que el dinero adicional tiene que compararse con aquello que sacrificamos para conseguirlo.

Un euro más de patrimonio no tiene el mismo valor si para conseguirlo hemos tenido que renunciar a una tarde libre, a una relación, a tiempo con nuestros hijos o a un proyecto personal que nos importaba.

La vida funciona de una manera parecida

La utilidad marginal decreciente también aparece fuera del dinero.

Las primeras horas de descanso después de una semana agotadora pueden ser maravillosas. Dormir una hora más puede sentarnos muy bien. Pero pasar todo el día en la cama no necesariamente nos hará sentir mejor.

Lo mismo ocurre con la comida, los viajes, el entretenimiento, las compras o incluso el trabajo.

Una primera experiencia puede ser emocionante. Repetirla continuamente puede hacer que pierda parte de su atractivo.

Por eso muchas personas descubren que conseguir más de lo mismo no siempre produce el resultado que esperaban. Más ropa, más viajes, más dinero, más tecnología o más ocio pueden aportar satisfacción, pero no necesariamente de forma proporcional.

A partir de cierto punto, quizá necesitemos algo diferente, no simplemente más.

Una buena pregunta para tomar mejores decisiones

La utilidad marginal decreciente puede convertirse en una herramienta práctica si cambiamos una pregunta.

En lugar de preguntarnos únicamente «¿cuánto quiero esto?», podemos preguntarnos «¿cuánto me va a aportar tener una unidad más?».

¿Me aportará mucho tener 20.000 euros más ahorrados?

¿Me aportará realmente algo comprar otro coche?

¿Me hará más feliz trabajar diez horas adicionales a la semana para ganar más dinero?

¿Necesito otra casa más grande o simplemente estoy persiguiendo una sensación que desaparecerá cuando me acostumbre a ella?

Estas preguntas no tienen una respuesta universal. Cada persona tiene prioridades diferentes. Pero obligan a mirar más allá del deseo inmediato.

La clave está en saber cuándo es suficiente

Quizá la parte más interesante de esta idea no tenga que ver con la economía, sino con la capacidad de establecer un punto de llegada.

Invertir puede ser una herramienta extraordinaria para ganar libertad. Ahorrar puede reducir preocupaciones. Ganar más dinero puede abrir posibilidades. Pero si cada objetivo conseguido genera inmediatamente otro más grande, nunca llegamos a disfrutar de lo que hemos conseguido.

La utilidad marginal decreciente nos recuerda algo bastante incómodo: conseguir más no garantiza sentir más.

Los primeros 10.000 euros pueden cambiar nuestra tranquilidad. Los siguientes 10.000 pueden mejorarla. Pero llega un momento en que otros 10.000 apenas modifican nuestra vida, mientras que conseguirlos puede exigir un precio elevado en tiempo, esfuerzo o libertad.

Por eso quizá una buena vida no consista en acumular indefinidamente, sino en reconocer qué cosas nos aportan mucho y cuáles, después de cierto punto, apenas aportan nada.

En inversión, esto significa saber cuánto necesitamos realmente. En la vida, saber qué merece nuestro tiempo. Y en ambos casos, aprender a distinguir entre querer más y necesitar más.

Porque una de las trampas más habituales de la vida consiste en confundir el valor de conseguir algo con el valor de seguir acumulándolo.


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