Internet y el shitstorm cuando una polémica se convierte en una avalancha

En Internet hay discusiones, críticas y polémicas que duran unas horas y desaparecen. Otras adquieren una dimensión completamente distinta. De repente, cientos o miles de personas empiezan a comentar sobre la misma persona, empresa, publicación o asunto. Se comparten capturas, se recuperan mensajes antiguos, aparecen acusaciones, insultos, vídeos de respuesta y llamadas al boicot. La conversación deja de ser una conversación y se convierte en una avalancha.

A este fenómeno se le conoce habitualmente como shitstorm, un término inglés vulgar y muy informal que se utiliza para describir una situación de caos y controversia en la que muchas personas se enfrentan entre sí. En el contexto de Internet suele emplearse para referirse a una oleada de indignación o rechazo colectivo, especialmente en redes sociales y foros. No es un término técnico ni jurídico, sino una expresión coloquial que describe bastante bien la sensación de estar en medio de una tormenta de reacciones.

La clave está en entender que un shitstorm no es simplemente recibir muchas críticas. Puede existir una crítica masiva y razonable sin que haya acoso. El problema aparece cuando la cantidad de participantes, la velocidad de propagación y el comportamiento de una parte de ellos hacen que el objetivo de la polémica pierda prácticamente la posibilidad de responder de forma normal.

Cómo empieza una tormenta en Internet

El detonante puede ser casi cualquier cosa. Una frase mal interpretada, una declaración desafortunada, una decisión empresarial, un vídeo, una fotografía, un comentario antiguo o una noticia presentada sin suficiente contexto. A veces existe una conducta realmente reprochable. Otras veces el asunto es mucho más ambiguo.

El proceso suele comenzar con una publicación que llama la atención de un grupo relativamente pequeño. Si el contenido provoca una reacción emocional fuerte, algunas personas lo comparten acompañándolo de comentarios que resumen el caso desde su propia perspectiva. Poco después llegan otros usuarios que no han visto el contenido original, sino una captura, un titular o un comentario sobre él.

Ahí aparece uno de los principales problemas. Cada nueva persona puede recibir una versión ligeramente diferente de lo ocurrido. La información original queda enterrada bajo interpretaciones, opiniones y respuestas. Al final, miles de personas pueden estar discutiendo sobre un acontecimiento que muy pocas han comprobado directamente.

La indignación además tiene una característica especialmente importante en las redes sociales: genera interacción. Un estudio publicado en 2021 analizó alrededor de 12 millones de publicaciones relacionadas con acontecimientos polémicos y encontró que recibir reacciones positivas, como «me gusta» y republicaciones, aumentaba la probabilidad de que los usuarios volvieran a expresar indignación moral. En otras palabras, la reacción del público puede reforzar el comportamiento que precisamente está haciendo crecer la polémica.

Esto no significa que exista una conspiración para fabricar polémicas. Tampoco significa que todo lo que se vuelve viral sea falso. El mecanismo es bastante más sencillo: las personas reaccionan a lo que consideran importante y las plataformas muestran contenido que genera actividad. Cuando ambas cosas coinciden, una pequeña discusión puede crecer a una velocidad enorme.

El efecto de la masa

Una persona puede escribir un comentario desagradable y que no tenga ninguna consecuencia. El problema cambia cuando ese comentario es seguido por cientos de respuestas similares.

En inglés se utiliza la expresión pile-on para describir precisamente esa situación: muchas personas se suman contra un mismo objetivo. No todos los participantes tienen necesariamente la misma intención. Algunos pueden estar haciendo una crítica legítima; otros quieren aportar información; otros buscan llamar la atención; y una minoría puede aprovechar la situación para insultar, amenazar o perseguir.

Desde fuera, sin embargo, todo puede parecer un único bloque.

La investigación también ha encontrado otro fenómeno interesante. Un estudio publicado en Nature Human Behaviour en 2023 concluyó que los usuarios tienden a sobreestimar la indignación que perciben en los mensajes de otras personas. Es decir, podemos interpretar que alguien está mucho más enfadado de lo que realmente está. Esa percepción exagerada puede hacer que también sobreestimemos la hostilidad existente entre grupos.

Esto ayuda a explicar por qué algunas discusiones digitales terminan pareciendo mucho más agresivas de lo que serían en una conversación cara a cara.

En Internet faltan muchos elementos que normalmente ayudan a moderar una discusión. No vemos la expresión de la otra persona, no escuchamos su tono de voz y muchas veces tampoco conocemos su contexto. Un comentario escrito en diez segundos puede ser interpretado durante horas por miles de personas que no conocen a quien lo publicó.

Además, el usuario que llega en la fase final de la polémica suele encontrar cientos de comentarios anteriores. Esa acumulación transmite una sensación muy poderosa: «si tanta gente está diciendo lo mismo, será verdad». Pero la cantidad de comentarios no demuestra la veracidad de una acusación.

Mil personas pueden estar equivocadas exactamente de la misma manera.

Cuando la crítica es legítima

Conviene hacer una distinción que a menudo se pierde durante una tormenta digital. Que una persona reciba una avalancha de críticas no significa automáticamente que sea víctima de una campaña injusta.

Hay casos en los que una reacción pública sirve para poner de manifiesto una conducta real. Una empresa puede cometer un error, un personaje público puede realizar unas declaraciones graves o una organización puede actuar de forma irresponsable. La existencia de una gran reacción no convierte automáticamente esas críticas en acoso.

El problema aparece cuando se pasa de cuestionar una conducta a perseguir a una persona.

Criticar una decisión es una cosa. Publicar datos personales para localizar a alguien es otra. Pedir explicaciones es legítimo. Amenazar es otra cuestión. Señalar una contradicción puede ser razonable. Recuperar fotografías de familiares, contactar con el empleador o enviar cientos de mensajes privados ya pertenece a otro terreno.

La diferencia no está en si alguien se siente ofendido. Está en el comportamiento concreto.

También conviene recordar que la justicia de Internet no funciona como un tribunal. No hay una garantía de que el primero que publica una acusación tenga razón, ni de que el más compartido sea el relato más preciso. La popularidad es una medida de difusión, no una prueba.

Qué hacer si eres el objetivo

La primera reacción suele ser responder inmediatamente. Es comprensible, pero normalmente es una mala estrategia.

Cuando una persona descubre que miles de desconocidos están hablando de ella, siente la necesidad de explicar lo ocurrido punto por punto. El problema es que cada respuesta puede abrir una nueva discusión. Una explicación de diez líneas puede generar veinte capturas diferentes y cientos de comentarios adicionales.

Lo primero es averiguar qué está ocurriendo realmente.

Conviene localizar la publicación original, comprobar qué se ha dicho exactamente y separar los hechos de las interpretaciones. También es recomendable guardar pruebas de los mensajes relevantes, especialmente si aparecen amenazas, suplantaciones, publicación de datos personales o acusaciones concretas que puedan tener consecuencias reales.

Después hay que decidir si merece la pena responder.

Si la polémica se basa en un error factual importante y existe una explicación clara, puede ser razonable publicar una respuesta breve, precisa y documentada. No hace falta contestar a cada persona. Una declaración bien construida puede ser mucho más útil que cien discusiones individuales.

Si el problema es simplemente una multitud buscando una reacción, responder continuamente puede alimentar la situación.

Bloquear, silenciar y limitar las respuestas no es necesariamente una señal de debilidad. Son herramientas de control. De hecho, las propias plataformas han incorporado funciones para limitar respuestas y reducir interacciones abusivas porque las avalanchas de mensajes pueden convertirse en un problema específico de seguridad.

También es importante distinguir entre una polémica incómoda y una situación potencialmente peligrosa. Las amenazas creíbles, la publicación de datos personales, el acoso persistente, la suplantación de identidad o la difusión de material privado requieren una respuesta distinta. En esos casos conviene conservar evidencias y utilizar los mecanismos de denuncia de la plataforma y, cuando corresponda, acudir a las autoridades.

Qué hacer si eres espectador

Aquí está una de las partes más importantes y menos comentadas.

Un shitstorm necesita participantes. No necesariamente miles. A veces basta con que un número suficiente de usuarios comparta el contenido para que el algoritmo y otros usuarios hagan el resto.

Por eso, antes de compartir una captura indignante, merece la pena hacerse cuatro preguntas muy sencillas.

¿He visto el contenido original?

¿Sé exactamente qué ocurrió?

¿Estoy aportando información o simplemente aumentando el alcance de la polémica?

¿Diría lo mismo si la persona estuviera delante de mí?

Si la respuesta a las dos primeras preguntas es no, probablemente lo más prudente sea esperar.

Compartir una publicación para criticarla también puede ayudar a hacerla viral. Es una paradoja habitual de las redes sociales. Una persona puede creer que está denunciando un contenido y, sin pretenderlo, convertirse en uno de sus principales canales de distribución.

Tampoco hace falta defender automáticamente a nadie. La alternativa a la turba no es la defensa ciega. Es comprobar los hechos.

La mejor respuesta a una polémica suele ser mucho menos emocionante que la polémica en sí: leer el material original, buscar fuentes independientes, comprobar fechas, distinguir una opinión de una acusación y aceptar que a veces no hay información suficiente para sacar una conclusión.

El papel de los medios y de las cuentas grandes

Cuando una cuenta con muchos seguidores entra en una polémica, la situación puede cambiar en cuestión de minutos. Una persona con una audiencia grande no está simplemente expresando una opinión: está dirigiendo la atención de miles de individuos hacia un asunto concreto.

Eso implica una responsabilidad proporcional al alcance.

No significa que las cuentas grandes tengan que permanecer calladas ante cualquier controversia. Significa que deberían tener especial cuidado cuando señalan personalmente a alguien, especialmente si la acusación no está suficientemente comprobada.

Un error cometido por una cuenta con cien seguidores puede pasar desapercibido. El mismo error publicado por una cuenta con un millón puede convertirse en una avalancha difícil de detener incluso después de una rectificación.

Y aquí aparece otro problema: las correcciones suelen viajar peor que las acusaciones iniciales. Una acusación llamativa puede generar cientos de republicaciones en pocas horas. Una rectificación posterior quizá reciba una fracción de esa atención.

Por eso es importante no confundir viralidad con relevancia.

Cómo salir de un shitstorm

No existe una fórmula universal para detener una polémica. Algunas desaparecen en horas. Otras duran semanas. Las más graves pueden reaparecer periódicamente durante años.

Pero hay una estrategia bastante sensata: reducir el combustible.

No responder a cada provocación. No entrar en discusiones interminables. No publicar información personal de quienes critican. No amenazar. No inventar explicaciones. No borrar pruebas importantes. Y, sobre todo, no convertir cada nuevo comentario en una nueva batalla.

Si existe un error, reconocerlo suele ser mejor que construir una defensa imposible. Si la acusación es falsa, conviene explicar por qué con datos concretos. Si la situación ya ha derivado en acoso, el objetivo deja de ser convencer a Internet y pasa a ser protegerse.

También hay que asumir una realidad incómoda: no siempre se puede convencer a todo el mundo.

En una polémica masiva, algunas personas no están buscando información. Ya han tomado una posición y cualquier explicación será interpretada como una excusa. Intentar ganarse a ese público puede consumir una cantidad enorme de tiempo y energía sin producir ningún resultado.

La cuestión no es ganar la discusión. Es controlar las consecuencias.

La regla más útil

Internet ha reducido enormemente la distancia entre una opinión y una multitud. Eso tiene ventajas evidentes, pero también crea situaciones en las que una reacción colectiva puede crecer mucho más rápido que la capacidad de comprobar lo ocurrido.

Un shitstorm no aparece necesariamente porque todo el mundo tenga razón ni porque todo el mundo esté equivocado. Aparece cuando una controversia consigue concentrar atención, emoción y participación a gran velocidad.

Por eso, la mejor defensa no consiste en vivir desconectado de Internet ni en desconfiar automáticamente de cualquier crítica. Consiste en aprender a reconocer el momento en que una conversación está dejando de ser una conversación.

Cuando aparezcan cientos de respuestas, capturas, insultos y llamamientos a «hacer algo» contra una persona, conviene parar.

Leer el original.

Comprobar los hechos.

Separar crítica de acoso.

Y pensar antes de compartir.

En Internet, pulsar «compartir» puede llevar un segundo. Deshacer las consecuencias de haberlo hecho puede llevar mucho más tiempo.


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