Menuda paciencia con los inspectores del paisaje

Hay una curiosa costumbre que se ha instalado en internet: publicar una fotografía de un paisaje y descubrir, pocos minutos después, que alguien ha decidido convertirla en un asunto de Estado. No importa que la foto sea bonita, que el lugar tenga interés o que simplemente te apeteciera compartir un recuerdo. Siempre puede aparecer alguien dispuesto a señalar, con la solemnidad de un notario, que esa imagen es de hace dos años.

Y entonces llega la pregunta inevitable: ¿y qué?

Parece que para algunos aficionados a la crítica digital una fotografía de un paisaje lleva incorporada la obligación de incluir fecha, hora, coordenadas GPS, estado de la vegetación, meteorología de aquel día y, si es posible, una declaración jurada del fotógrafo confirmando que no ha movido ni una piedra.

Si subes una imagen de un pueblo tomada hace tiempo, alguien te explica que eso ya no está así. Si fotografías una montaña, aparece otro para advertirte de que la nieve ha cambiado. Si enseñas una playa, siempre hay un experto en mareas, arena y sombrillas dispuesto a demostrar que la imagen no es exactamente de ayer. Y si reconoces tranquilamente que la fotografía tiene un par de años, ya tienes el pecado cometido. Parece que hubieras intentado hacer pasar Roma por Nueva York.

Lo verdaderamente divertido es la gravedad con la que algunos se toman estas cosas. Uno publica una foto de un paisaje porque le gusta y otro responde como si hubiera descubierto una falsificación histórica de dimensiones internacionales.

Esa foto es antigua, dicen. Sí. ¿Y?

Una fotografía no es una retransmisión en directo. Su función no consiste necesariamente en certificar el estado actual de un lugar. Puede ser un recuerdo, una imagen que te gustó, una forma de enseñar un sitio que visitaste o, sencillamente, una fotografía bonita. De hecho, si aplicáramos ese criterio con carácter universal, habría que retirar buena parte de las fotografías históricas, turísticas y documentales que existen. Una imagen antigua del Coliseo no deja de tener interés porque hoy haya más turistas alrededor, porque algún edificio cercano haya cambiado o porque la iluminación sea diferente.

Y aquí viene una pregunta que suele poner las cosas en perspectiva: ¿cuánto tiempo lleva el Coliseo ahí?

Pues bastante. La construcción del anfiteatro comenzó bajo el emperador Vespasiano hacia el año 70 y fue inaugurado por su hijo Tito en el año 80. Es decir, lleva aproximadamente 1.946 años aguantando terremotos, incendios, expolios, guerras, restauraciones, turistas y, probablemente, alguna que otra opinión innecesaria. ¿Que ha cambiado Roma desde entonces? Hombre, un poco.

El Coliseo ha sobrevivido a casi dos milenios de historia. Pero no se nos ocurra publicar una fotografía suya tomada hace cinco años porque seguramente alguien encontrará una diferencia entre aquella imagen y la situación actual.

La cuestión resulta todavía más absurda cuando hablamos de paisajes naturales. Una montaña puede tener nieve un año y no tenerla al siguiente. Un bosque cambia con las estaciones. Un río modifica su caudal. Una playa puede presentar una cantidad de arena distinta después de determinados temporales. Las nubes, por supuesto, tienen la desagradable costumbre de no permanecer exactamente en el mismo sitio para que nuestra fotografía siga siendo idéntica. Y eso no convierte una fotografía anterior en una mentira.

También ocurre con las ciudades. Quien haya visitado cualquier capital europea sabe que dos fotografías separadas por varios años pueden mostrar diferencias apreciables: una fachada restaurada, una plaza remodelada, un edificio nuevo, una obra pública o simplemente un árbol que ha crecido. ¿Acaso hay que destruir todas las fotografías anteriores cada vez que cambia una farola?

La obsesión por corregir al otro tiene además una peculiaridad: rara vez aporta algo útil. Si alguien pregunta cuándo se tomó una fotografía, estupendo. Se responde. Si alguien advierte educadamente de que un lugar ha cambiado, perfecto. La información puede ser interesante. El problema empieza cuando la observación se convierte en ataque personal.

No tienes ni idea. Deja de engañar a la gente. Esa foto es falsa. Infórmate antes de publicar. Todo esto por una imagen de un valle, una iglesia, una playa o una calle.

Menuda paciencia.

Hay personas capaces de contemplar una fotografía de un paisaje durante tres segundos y dedicar después diez minutos a investigar si una roca estaba situada exactamente en el mismo lugar cuando se tomó la imagen. Una perseverancia admirable, aunque quizá habría sido más útil emplearla en aprender a disfrutar de las fotografías. Y no deja de resultar irónico que quienes acusan a otros de vivir en el pasado sean precisamente los que parecen necesitar que todo lo publicado en internet esté actualizado al minuto.

Internet, por cierto, está lleno de imágenes antiguas. Los periódicos utilizan fotografías de archivo. Los museos conservan fotografías de hace décadas. Los libros de historia reproducen imágenes de hace siglos. Las oficinas de turismo muestran fotografías que no necesariamente se tomaron la semana anterior. Una fotografía tiene contexto. Ese contexto puede ser importante, pero no invalida automáticamente la imagen.

Si publico una foto del Coliseo tomada en 2022 y alguien me dice que la fotografía no es de 2026, ha descubierto exactamente lo que ya sabía: que una fotografía tomada en 2022 fue tomada en 2022. Enhorabuena.

El asunto sería distinto si se pretendiera presentar deliberadamente una imagen antigua como si fuera actual para engañar sobre un acontecimiento concreto. Ahí sí existe un problema. La fecha puede ser relevante y aclararla es una cuestión de rigor. Pero una persona que comparte una fotografía de un paisaje sin afirmar que fue tomada ayer no está cometiendo ningún fraude por utilizar una imagen de hace dos años.

A veces parece que hemos confundido precisión con pedantería. La precisión consiste en aportar información correcta cuando esa información es relevante. La pedantería consiste en utilizar una cuestión irrelevante como excusa para sentirse superior. Y hay una diferencia bastante grande entre ambas.

Quizá convendría recordar algo tan sencillo como que detrás de muchas fotografías hay una persona que simplemente quiso compartir un lugar que le gustó. No está presentándose a unas oposiciones de cartografía, ni defendiendo una tesis doctoral sobre la evolución urbanística de la plaza.

Si la fotografía te gusta, disfrútala. Si quieres saber cuándo se tomó, pregunta. Si sabes que el lugar ha cambiado, puedes comentarlo con educación. Y si la imagen tiene dos años, tres o cinco, tampoco se va a detener la historia. Después de todo, el Coliseo lleva casi dos milenios allí y todavía no parece demasiado preocupado por las críticas.

Quizá nosotros deberíamos tomarnos internet con un poco menos de solemnidad. Porque si cada fotografía de un paisaje necesita pasar por una inspección forense antes de ser publicada, al final vamos a necesitar más paciencia para los comentaristas que para los paisajes. Y esa sí que sería una tragedia histórica.


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