Hubo un tiempo en el que hacer una buena fotografía durante un viaje consistía, básicamente, en llegar a un lugar, buscar el encuadre y esperar el momento adecuado. Si aparecía alguien por delante, bastaba con aguardar unos segundos. Tarde o temprano, la escena volvía a quedar despejada. Hoy esa situación resulta cada vez menos habitual. En muchos de los lugares turísticos más conocidos, conseguir una fotografía sin personas en medio se ha convertido en una pequeña batalla. Uno llega con la cámara o el móvil, mira por la pantalla y descubre que aquello parece un hormiguero. Personas entrando, saliendo, cruzándose, haciéndose selfies, posando delante del mismo monumento o simplemente intentando avanzar entre la multitud. Y cuando por fin parece abrirse un pequeño hueco, alguien aparece justo en el instante decisivo.
El problema no es únicamente conseguir una imagen limpia. También está la cuestión de respetar a los demás. Nadie tiene derecho a despejar una plaza para que otro pueda hacer su foto perfecta. Las personas que aparecen en un espacio público están allí por la misma razón que el fotógrafo, ya sea disfrutar del lugar, pasear, visitar un monumento o guardar sus propios recuerdos. Ahí aparece una contradicción bastante curiosa: queremos fotografiar un lugar público como si estuviera vacío, pero precisamente por ser público está lleno de gente.
Hace unas tres décadas la experiencia podía ser muy diferente. Sin necesidad de idealizar el pasado, en muchos destinos turísticos era más sencillo encontrar momentos de tranquilidad. El turismo internacional tenía un volumen menor, los viajes estaban menos extendidos entre la población y no existía la enorme facilidad actual para fotografiarlo absolutamente todo. La transformación tecnológica también ha cambiado nuestros hábitos. Una cámara digital permite hacer cientos de fotografías sin pensar demasiado en el coste de cada disparo. Un teléfono móvil está siempre en el bolsillo y permite obtener una imagen de calidad en cuestión de segundos. Además, las redes sociales han convertido determinados lugares en escenarios fotográficos reconocibles en todo el mundo.
El resultado es bastante evidente. Cuando millones de personas quieren hacerse prácticamente la misma fotografía, el lugar deja de ser solamente un destino turístico y se convierte también en un punto de producción de imágenes. Basta pensar en algunos de los monumentos más famosos de Europa. Una plaza, una fuente, un mirador o una calle estrecha pueden aparecer vacíos en una foto, mientras que en la realidad están llenos de visitantes. No hay necesariamente un engaño: la fotografía selecciona unos pocos metros cuadrados y un instante concreto, eliminando del encuadre todo lo que no se quiere mostrar.
Consiguirlo exige bastante paciencia. A veces hay que esperar cinco, diez o veinte minutos. En otros casos sencillamente no existe ese momento porque la circulación es constante. La fotografía urbana tiene precisamente esa dificultad, pues no se puede controlar todo lo que ocurre delante del objetivo. Tampoco parece razonable convertir al resto de visitantes en obstáculos a eliminar. Una persona caminando por una plaza no está estropeando la escena, sino que forma parte de la realidad del lugar.
Hay además una cuestión de educación cada vez más importante. Fotografiar un espacio público donde alguien aparece incidentalmente en el fondo es algo muy distinto de apuntar deliberadamente a una persona en primer plano. Por eso, hacer fotografías respetuosas exige sentido común: esperar cuando sea posible, evitar bloquear el paso, no invadir zonas restringidas y aceptar que algunas imágenes sencillamente no pueden hacerse como uno imaginó.
Conviene aceptar que una buena fotografía no tiene por qué estar libre de personas. De hecho, incluir alguna figura humana aporta escala y ayuda a entender las dimensiones de un edificio o un paisaje. Nos hemos acostumbrado a imágenes desiertas porque detrás suele haber madrugones, paciencia, focales específicas o edición posterior. La tecnología actual permite borrar personas digitalmente con facilidad, pero eso modifica la representación de la escena.
Quizá la solución sea cambiar nuestra expectativa. En lugar de copiar la postal de siempre, podemos buscar un punto de vista diferente, como una esquina menos conocida, un detalle arquitectónico o una composición donde la gente forme parte de la historia. Si miles de visitantes buscan el mismo encuadre desde el mismo punto, la experiencia se convierte en una lucha absurda por el espacio. Ante la masificación actual hay poco que hacer salvo adaptarse. A veces la mejor fotografía será la que consigamos tras una larga espera, otras la que hagamos integrando al público y, en ocasiones, la mejor decisión será guardar la cámara y disfrutar del entorno.
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