El video vertical se ha convertido en la norma indiscutible gracias a plataformas como TikTok, Instagram o YouTube Shorts. Lo que comenzó como una simple adaptación a las pantallas de los teléfonos móviles ha terminado transformando por completo la forma en que capturamos y consumimos contenido visual. Sin embargo, esta tendencia, más que una evolución lógica, parece en muchos aspectos un auténtico retroceso en términos de composición, calidad y sentido visual.
Basta recordar un detalle elemental que a menudo se nos olvida: los seres humanos tenemos los ojos dispuestos en horizontal, no en vertical. Nuestro campo de visión natural se extiende de lado a lado, abarcando el entorno de manera panorámica y no de arriba a abajo. Por esa misma razón biológica, la inmensa mayoría de los dispositivos diseñados a lo largo de la historia para disfrutar de imágenes y videos, como los televisores, los monitores de ordenador o los proyectores de cine, adoptan un formato apaisado. Grabar en vertical contradice de forma directa esta lógica visual y reduce drásticamente la cantidad de información útil que puede captar la cámara, dejando como resultado un encuadre dominado por excesivo cielo, excesivo suelo y poquísimo contenido realmente relevante en la parte central.
Las consecuencias de esta moda absurda son evidentes a diario en todo tipo de situaciones cotidianas. Pensemos por ejemplo en la grabación de una persecución policial, un concierto, un acontecimiento deportivo o cualquier evento impactante e inesperado en la vía pública. Siempre hay alguien en la multitud que decide registrar el momento con su móvil y lo hace, de forma casi instintiva, en posición vertical. El resultado suele ser siempre el mismo desastre visual: planos asfixiantes y estrechos, sujetos constantemente cortados en los márgenes de la imagen y movimientos erráticos de cámara donde apenas se alcanza a distinguir lo que verdaderamente ocurre. Bastaría con el simple gesto de girar el teléfono noventa grados para obtener una imagen infinitamente más amplia, clara y coherente con la acción. Sin embargo, ese gesto tan sencillo parece resultar, para la inmensa mayoría de los usuarios, una exigencia demasiado grande.
El problema de fondo no es únicamente una cuestión de estética o de composición cinematográfica, sino también un claro síntoma cultural. La generalización masiva del formato vertical refleja una prisa desmedida por capturar y compartir cualquier instante sin preocuparse lo más mínimo por la calidad del encuadre o la narrativa visual. Prima la inmediatez absoluta sobre la intención, la comodidad individual sobre la precisión técnica. Nos encontramos de lleno en la era de lo instantáneo y lo efímero, donde la facilidad de sostener un teléfono con una sola mano parece justificar cualquier concesión técnica o artística.
El video vertical puede llegar a ser práctico para el consumo rápido y efímero en las redes sociales mientras caminamos o usamos el transporte público, pero en ningún caso debería convertirse en el estándar universal de la grabación de video. La imagen horizontal sigue siendo, y seguirá siendo por la propia anatomía de nuestra mirada, la que mejor se adapta a nuestra forma de ver, comprender y disfrutar el mundo que nos rodea. Ojalá que, en algún momento, la tecnología y las costumbres cotidianas vuelvan a ponerse al servicio de la mirada humana y no exactamente al revés.
Descubre más desde Hauschildt
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
