Construir más viviendas no abarata el mercado

Durante años se ha repetido una idea casi como si fuera una ley natural: “si se construyen más viviendas, los precios bajarán”. Sobre el papel parece lógico. Si aumenta la oferta, el coste debería reducirse. Sin embargo, la realidad de muchas ciudades demuestra que esto no siempre ocurre. Se construyen miles de pisos y aun así los precios siguen disparados, los alquileres son imposibles y cada vez más gente queda fuera del mercado. El problema no es solo cuántas viviendas existen, sino quién las compra, para qué las compra y qué uso se hace de ellas.

Construir más viviendas no abarata el mercado

La vivienda ha dejado de ser únicamente un lugar donde vivir. Para muchos grandes propietarios, fondos de inversión o personas con mucho capital, se ha convertido en un activo financiero más. Un producto con el que especular, invertir o simplemente guardar dinero. Y ahí es donde la lógica simple de “más oferta igual a precios más bajos” empieza a romperse.

Porque no sirve de mucho construir miles de viviendas nuevas si después terminan en manos de fondos que las compran por bloques enteros, de inversores extranjeros que apenas pisan el país, o de personas que adquieren varias propiedades como inversión mientras otras familias no pueden acceder ni a la primera. Tampoco ayuda cuando una parte importante de esas viviendas se queda vacía esperando que suba el precio. En ese escenario, aumentar la construcción no soluciona el problema de fondo: la vivienda no está llegando a quien la necesita para vivir.

Hay barrios enteros donde esto ya ha ocurrido. Promociones nuevas vendidas antes incluso de terminarse, compradas por empresas o particulares con gran capacidad económica que luego alquilan a precios inflables o simplemente esperan a revender más caro. Mientras tanto, los vecinos de toda la vida tienen que marcharse porque ya no pueden permitirse seguir allí. El resultado es paradójico: se construye más, pero vivir resulta cada vez más difícil.

Otro elemento que suele ignorarse es el papel del crédito. Durante décadas se ha fomentado que cualquiera que tuviera acceso a financiación comprara viviendas como inversión. Hipotecas para segunda residencia, para apartamentos turísticos, para acumular propiedades y rentabilizarlas. Esto alimenta inevitablemente la subida de precios, porque multiplica la competencia por un bien limitado.

El suelo no es infinito. Ese es un punto fundamental que muchas veces se evita mencionar. Un país tiene un territorio limitado, especialmente en las zonas donde realmente quiere vivir la mayoría de la población: ciudades con empleo, costa, áreas bien comunicadas o barrios con servicios. Si se permite que quien tiene más dinero compre una cantidad ilimitada de viviendas, tarde o temprano el acceso se concentra en pocas manos.

Y cuando eso ocurre, el mercado deja de funcionar como un espacio de competencia sana y se convierte en un juego desigual donde unos pocos pueden marcar las reglas. Basta con que varios grandes propietarios controlen una parte importante de un barrio para influir directamente en los precios. No hace falta ni siquiera que alquilen todas las viviendas. A veces simplemente retenerlas ya provoca escasez artificial y subida de precios.

Aquí suele aparecer el argumento clásico: “cada uno debería hacer lo que quiera con su dinero”. Y en parte es cierto. Nadie discute que el esfuerzo, el ahorro o el éxito económico den libertad para invertir. El problema aparece cuando el beneficio individual empieza a perjudicar de forma masiva al conjunto de la sociedad.

Porque la vivienda no es un producto cualquiera. No hablamos de coleccionar relojes, coches o cuadros. Hablamos del acceso a un techo. De algo imprescindible para formar una familia, independizarse o tener estabilidad. Cuando un recurso esencial queda completamente sometido a la lógica de acumulación sin límites, el resultado acaba siendo profundamente injusto.

La historia ya ha demostrado que los extremos rara vez funcionan. El comunismo fracasó en muchos lugares porque anuló libertades individuales, destruyó incentivos y concentró demasiado poder en el Estado. Pero eso no significa que el extremo contrario sea automáticamente bueno. El capitalismo sin límites también genera problemas enormes cuando todo se convierte en negocio, incluso derechos básicos.

De hecho, muchas de las grandes crisis modernas tienen relación con eso: especulación financiera, monopolios, desigualdad extrema o concentración de riqueza en muy pocas manos. Pensar que el mercado siempre se autorregula de forma justa es tan ingenuo como pensar que el Estado puede controlarlo todo sin consecuencias.

El problema del modelo libertario llevado al extremo es precisamente ese: parte de una idea idealizada del ser humano. Asume que, si se eliminan límites y regulaciones, la mayoría actuará de forma responsable. Pero la realidad demuestra otra cosa. Siempre existen personas dispuestas a aprovechar cualquier vacío legal para acumular más poder, más recursos y más control. Y cuando no hay normas que pongan freno, la libertad del fuerte termina convirtiéndose en la falta de libertad del débil.

Por eso las sociedades modernas establecen límites constantemente. Existen normas medioambientales porque, si no las hubiera, algunas empresas contaminarían sin freno para ganar más dinero. Existen leyes laborales porque sin ellas habría abusos constantes. Existen impuestos porque una sociedad necesita redistribuir parte de la riqueza para sostener servicios básicos. Y del mismo modo, también puede tener sentido poner límites en el acceso especulativo a la vivienda.

No se trata de prohibir la propiedad privada ni de impedir que alguien prospere. Se trata de evitar que un bien esencial quede completamente secuestrado por dinámicas de acumulación. Igual que existen restricciones en otros sectores estratégicos, puede ser razonable limitar determinadas prácticas en el mercado inmobiliario.

Por ejemplo, restringir ciertas compras masivas por parte de fondos de inversión, penalizar fiscalmente las viviendas vacías durante años, o limitar el acceso a crédito hipotecario para segundas y terceras residencias mientras haya problemas graves de acceso a la primera vivienda. Medidas así no eliminan el mercado, pero sí intentan corregir desequilibrios evidentes.

Porque la pregunta importante no es cuántas viviendas se construyen, sino para quién se construyen. Si el sistema sigue premiando la acumulación ilimitada, da igual que se levanten miles de pisos nuevos cada año. Los precios seguirán tensionados mientras el objetivo principal sea la rentabilidad y no garantizar que la gente pueda vivir dignamente.

La vivienda debería recuperar parte de su función social. No para destruir el mercado, sino para impedir que el mercado destruya el acceso a la vivienda. Entre el control absoluto del Estado y el “todo vale” existe un enorme espacio intermedio donde pueden existir reglas razonables, equilibrio y sentido común.

Porque al final una sociedad no se mide solo por la riqueza que genera, sino también por cuántas personas pueden vivir con estabilidad dentro de ella.


Descubre más desde Hauschildt

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar