La trampa de sentirse víctima antes de tiempo y la auto discriminación invisible

Mucho hablamos, y con toda la razón del mundo, de la discriminación que ejercen los demás. Nos indigna, la denunciamos y la combatimos. Pero casi nadie se atreve a señalar con el dedo la discriminación que uno mismo se inflige. Y sí, existe, aunque prefiramos mirar hacia otro lado. Hablo de personas que se colocan a sí mismas la etiqueta de marginadas antes de salir de casa, que viven permanentemente a la defensiva sin que nadie las haya atacado y que sienten la necesidad casi obsesiva de recordar a todo el mundo, a cada instante, que pertenecen a un colectivo determinado. Para rematar la jugada, son perfiles que saltan, se indignan o lanzan un ataque a la menor chispa, incluso cuando esa chispa ni siquiera existe fuera de su propia mente.

Esta forma de auto discriminación no es una moda pasajera ni una simple anécdota sin importancia. Se ha convertido en un obstáculo de primer orden para la convivencia diaria. Quien elige vivir en un estado de alerta roja constante transforma cualquier conversación cotidiana en un campo de minas y cualquier discrepancia o desacuerdo razonable en una agresión personal directa. Es un desgaste brutal para la sociedad, pero, sobre todo, es una condena agotadora para la propia persona que lo sufre en sus carnes.

La gran paradoja de esta actitud es que muchas de estas personas están convencidas de que así se están defendiendo del entorno, cuando en realidad solo consiguen encerrarse en una prisión invisible. El miedo constante a la ofensa termina construyendo un muro infranqueable a su alrededor, y ese muro actúa como un eco que les devuelve siempre la misma afirmación victimista: me están discriminando. A veces es verdad, no nos engañemos, porque la discriminación real existe y duele. Pero otras muchas veces no hay nada detrás. El problema es que, cuando el filtro de la desconfianza es absoluto y omnipresente, la percepción personal termina mandando mucho más que los hechos objetivos de la realidad.

Luchar con firmeza contra la discriminación injusta es un deber social absolutamente vital. Sin embargo, si no somos capaces de detectar cuándo traemos el prejuicio y la paranoia puestos desde casa, acabaremos gastando todas nuestras fuerzas en pelear contra fantasmas invisibles y agotando a todo nuestro entorno en el camino. Reconocer que esto ocurre no supone ninguna traición a la defensa de ningún colectivo legítimo. Al contrario, es el primer paso imprescindible para liberarse de ataduras mentales y empezar a vivir con una libertad auténtica y sin fantasmas.


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