La paradoja oculta de la inclusión que nadie se atreve a admitir

Vivimos en una época que proclama la inclusión como una virtud suprema. Se alzan voces contra toda forma de exclusión, de marginación y de invisibilización. Queremos un mundo donde todos tengan lugar, donde nadie sea dejado de lado por su raza, género, cuerpo, religión o nivel económico. Pero en este noble intento por reparar siglos de desigualdad, nos encontramos construyendo una nueva forma de exclusión, tan sutil como contradictoria.

La inclusión, en su sentido más puro, es lo contrario de la exclusión. No se trata de sustituir un grupo por otro, sino de abrir el espacio para que todos coexistan. Sin embargo, cuando vemos campañas publicitarias, programas de televisión o discursos públicos que deciden dejar de mostrar personas con estándares clásicos de belleza para destacar exclusivamente a quienes se alejan de esos parámetros, algo en el fondo se distorsiona. Cabe preguntarse si estamos realmente incluyendo o simplemente cambiando el objeto de nuestra preferencia.

Cuando se elige a una persona para una campaña inclusiva por ser diferente o por alejarse de la norma estética, estamos partiendo del mismo juicio que decimos combatir. La estamos seleccionando precisamente por no encajar en lo tradicional, reafirmando la idea de que la belleza es un criterio de valor al hacer énfasis en su ausencia. La paradoja es inquietante. Al intentar negar el poder de los estándares estéticos, los reafirmamos. Afirmamos, sin decirlo, que hay un modelo que fue dominante y que ahora hay que contrarrestarlo con su opuesto, convirtiendo esa dinámica en otra forma de discriminación.

Pocas veces se cuestiona si estamos excluyendo ahora a quienes encajan en los cánones tradicionales. Es como si la belleza física se hubiese transformado en una especie de privilegio moralmente cuestionable, como si ser agraciado hiciese a alguien indigno de aparecer, de ser visibilizado o de ser admirado. Sin embargo, la belleza también es una forma de diversidad. Un cuerpo atractivamente hegemónico es también un cuerpo, una existencia y una persona que merece respeto y lugar en la sociedad.

Esto se hace más evidente cuando observamos la reacción del público ante figuras como la actriz Sydney Sweeney, quien representa para muchos los cánones clásicos. En lugar de admiración o indiferencia, en ocasiones despierta ataques, insultos y desprecio. Conviene analizar qué hay detrás de esa actitud, si se trata de una verdadera lucha contra los moldes o si presenciamos una forma disfrazada de envidia, de resentimiento y de rechazo al otro simplemente por representar algo que algunos no tienen o no soportan ver. Debemos plantearnos si defendemos la inclusión o si simplemente estamos vengando el dolor del rechazo sufrido mediante una nueva forma de exclusión.

La verdadera inclusión no señala, no clasifica y no opone un grupo a otro. No escoge a unos por lo que no son. Incluir, en el sentido más profundo, es aceptar sin necesidad de justificar la presencia de nadie. Es dejar de elegir en función de una narrativa ideológica, estética o moral. Es permitir que convivan la belleza convencional y la no convencional, lo hegemónico y lo diverso, sin que uno deba eliminar al otro para poder existir.

Si la inclusión exige la exclusión de algunos, entonces ha perdido por completo su esencia. Se ha vuelto una nueva forma de control, de imposición y de discriminación bajo ropajes progresistas. Si nuestras decisiones están guiadas por el resentimiento o la necesidad de castigar la belleza, la riqueza o el talento, no estamos luchando por la justicia, sino alimentando nuestras propias sombras.


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