¿Por qué romper cosas no hace más rico a nadie y por qué nos engañan con esto?

La falacia de la ventana rota fue propuesta por el economista francés Frédéric Bastiat en su ensayo de mil ochocientos cincuenta titulado Lo que vemos y lo que no vemos para ilustrar la idea de los costes escondidos, que hoy conocemos como costes de oportunidad. Bastiat pone el ejemplo de un niño que rompe el cristal de un comercio. Al principio, todo el mundo simpatiza con el comerciante, pero pronto empiezan a sugerir que el cristal roto beneficia al cristalero, que comprará pan con ese beneficio, beneficiando al panadero, quien comprará zapatos, beneficiando al zapatero. Finalmente la gente llega a la conclusión de que el niño no es culpable de vandalismo, sino que ha hecho un favor a la sociedad, creando beneficio para toda la industria.

La falacia de este razonamiento, según Bastiat, consiste en que se consideran los beneficios del cristal roto, pero se ignoran los costes escondidos, pues el comerciante está obligado a comprar una ventana nueva, cuando quizás iba a comprar pan directamente beneficiando al panadero. Al final, mirando el conjunto de la industria, se ha perdido el valor de un cristal. Bastiat llega a la conclusión de que la sociedad pierde el valor de los objetos inútilmente destruidos y que la destrucción nunca es un beneficio. Esta trampa mental presenta varios problemas fundamentales que la economía real se encarga de demostrar todos los días.

En primer lugar, ignora por completo el coste de oportunidad. El dinero gastado en reemplazar una ventana rota podría haberse gastado de otra manera si la ventana no se hubiera roto. Además, no hay creación de riqueza real. Aunque pueda parecer que la economía se beneficia debido a la necesidad de reemplazar la ventana, en realidad no se crea ninguna riqueza nueva porque solo se está reparando algo que ya existía antes del daño. Esto genera un desvío claro de recursos. Los materiales y el esfuerzo que se utilizan para reemplazar la ventana podrían haberse utilizado para producir bienes o servicios adicionales, lo que de verdad habría aumentado la riqueza total de la sociedad. Si el dinero gastado en reparar la ventana se hubiera ahorrado en lugar de gastado por obligación, podría haberse invertido en la producción futura de bienes y servicios mucho más valiosos. En definitiva, la destrucción de la propiedad no beneficia a la economía en general, sino que simplemente desvía los recursos de un uso productivo a otro menos productivo.

Esta lógica tiene implicaciones gigantescas en la toma de decisiones políticas y económicas. A veces, los políticos argumentan que el gasto público en ciertos proyectos inútiles puede generar empleo artificial y estimular la economía. Sin embargo, si estos proyectos no responden a una necesidad real, estamos ante una manifestación flagrante de la falacia de la ventana rota. El dinero gastado en estas ocurrencias podría haberse utilizado de manera más productiva en otros lugares. También ocurre en la política fiscal cuando se defiende la redistribución forzosa por encima de la creación orgánica de riqueza, o cuando se justifica la destrucción como motor económico. Algunos llegan a argumentar que los conflictos bélicos estimulan la producción y el empleo en la industria de la defensa. Esto último es un ejemplo terrible de la falacia de la ventana rota, ya que ignora el coste de oportunidad de los recursos utilizados, que podrían haberse empleado para mejorar la calidad de vida de las personas en lugar de arrasar con todo. Mirar solo lo visible es el gran error que nos condena a empobrecer lentamente mientras aplaudimos la catástrofe.


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