La palabra más mentirosa

La palabra más mentirosa es gratis y se esconde detrás de la falsa promesa de que existen cosas regaladas en esta vida. Esa expresión tan común de que algo no cuesta nada encierra una verdad absoluta e incómoda que se cumple de manera implacable en cada rincón de nuestra existencia cotidiana. Incluso cuando algo aparenta no costarnos ni un solo centavo siempre existe un precio oculto ya sea de forma explícita o de manera indirecta. Casi todos los bienes y servicios que consumimos exigen un coste de producción previo. Un ejemplo tan simple como una aplicación informática supuestamente gratuita para el teléfono móvil requiere del esfuerzo continuo del tiempo de dedicación de las habilidades técnicas y de recursos económicos muy elevados para desarrollarse y mantenerse operativa.

Muchas compañías y corporaciones ofrecen servicios regalados como un anzuelo perfecto para atraer a multitudes de usuarios confiados. Sin embargo estas empresas no hacen beneficencia y generan ingresos millonarios por otras vías como la inserción masiva de publicidad o la comercialización silenciosa de los datos privados de las personas. En esta misma línea aparece de inmediato el llamado coste de oportunidad. Si una persona pasa horas usando una aplicación que no le pide dinero ese es un tiempo valioso que deja de utilizar en otras actividades productivas o de descanso real. Algunos servicios aparentan ser gratuitos en la superficie pero esconden trampas financieras como las compras integradas obligatorias para avanzar.

La estafa se vuelve insoportable cuando entra en juego la clase política. Si un político te promete que te va a regalar algo de forma completamente gratuita te está mentiendo descaradamente. La realidad fiscal de un país demuestra que desde el mismo momento en que una persona nace comienza a pagar de manera sistemática por absolutamente todo. Por comer pagas por comprar pagas por vender pagas por trabajar pagas por moverte pagas por recibir dinero pagas por heredar los bienes de tus familiares por donar e incluso cuando te mueres el estado vuelve a cobrar. Los gobiernos se financian a través de impuestos directos como el impuesto sobre la renta y tributos indirectos como el impuesto sobre el valor añadido. A esto se suman las tasas públicas que exigen los ciudadanos por usar servicios específicos las contribuciones especiales por aumentos de valor en los bienes los ingresos patrimoniales la emisión constante de deuda pública y las transferencias de fondos entre administraciones.

Las empresas privadas actúan bajo la misma lógica implacable. Si una corporación te obsequia un producto es porque ya ha incluido ese coste de manera milimétrica en el precio final del resto de su catálogo o en el servicio principal. Utilizan estrategias de marketing agresivas donde la publicidad inunda las plataformas de redes sociales financiando el acceso supuestamente libre. También aplican el modelo freemium ofreciendo versiones capadas con funciones limitadas para obligar tarde o temprano al pago de tarifas premium. Aparece la venta cruzada para atrapar al consumidor en la tienda o la recopilación masiva de información personal que luego se convierte en un activo comercial muy valioso en el mercado digital. Al final el usuario paga con su propia atención visual ante los anuncios o entregando su intimidad a cambio de una ilusión de gratuidad.

Este principio implacable no se limita al terreno económico o comercial sino que traspasa la frontera de los sentimientos más profundos porque el amor tampoco es gratis. Quien afirme lo contrario se engaña a sí mismo ya que siempre esperamos algo a cambio en las relaciones humanas. Mantener un vínculo amoroso saludable genera costes emocionales muy elevados exige una inversión constante de tiempo y en muchas ocasiones requiere un esfuerzo financiero considerable. Esos costes se traducen en compartir experiencias cotidianas resolver conflictos dolorosos y sostener a la pareja durante las crisis vitales. Aunque el amor en estado puro sea un sentimiento incalculable las acciones concretas para expresarlo y preservarlo exigen sacrificios reales y un compromiso inquebrantable.

La amistad real camina exactamente por el mismo sendero exigente. Cultivar un vínculo amistoso no sale gratis porque demanda una inversión continua de energía personal en forma de tiempo esfuerzo y emociones intensas. Las amistades necesitan horas de conversación presencia en los momentos más oscuros y celebración sincera de los éxitos ajenos. Además de la carga emocional y el compromiso de respeto mutuo aparecen los costes monetarios inevitables derivados de salidas nocturnas invitaciones a cenar regalos en fechas señaladas cumpleaños celebraciones familiares bautizos y bodas donde la cartera siempre termina sufriendo el impacto de la vida social.


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