El gran truco del Tesla Roadster y el arte de vender humo sobre ruedas

Hay una habilidad indiscutible en Elon Musk que nadie con un mínimo de rigor puede negarle: su capacidad casi mística para el ilusionismo. Ver sus presentaciones es un espectáculo digno de los mejores escenarios del mundo, un ejercicio publicitario que a más de uno le habrá recordado a los grandes espectáculos de magia de David Copperfield. Hay luces, hay expectación, hay promesas grandiosas y, sobre todo, hay una masa de espectadores absolutamente dispuesta a dejarse deslumbrar por el truco sin hacerse demasiadas preguntas. La reciente presentación del Tesla Roadster ha vuelto a poner de manifiesto algo que resulta cada vez más evidente en nuestra sociedad: qué fácil es engañar y manipular a la gente hoy en día, una facilidad que además parece crecer a pasos agigantados cada mañana.

Lo fascinante de todo este despliegue no es solo la promesa del producto en sí, sino la trampa técnica que se oculta detrás del escenario. Para empezar, la ilusión se sostiene sobre la utilización de tres coches distintos durante el evento, presentando variaciones para hacer creer al público que se está contemplando un único prototipo definitivo y multifuncional. A esto se suma el disparate conceptual de los propulsores de gas comprimido: los voluminosos tanques de aire comprimido necesarios para semejante hazaña ocupan un espacio descomunal, dejando el vehículo prácticamente sin habitáculo ni maletero utilizable. Además, almacenar gas a presiones extremas entraña un riesgo obvio de explosión que convierte al prototipo en un peligro sobre ruedas. Y aun superando ese escollo, las famosas piruetas en el aire apenas durarían unos breves segundos antes de agotar toda la reserva de presión. Por no hablar del vacío legal y práctico: si un coche pudiera volar requeriría una licencia de piloto comercial para ser manejado, sin olvidar que si todo el mundo volara el espacio aéreo sería un caos absoluto y nos estaríamos estrellando constantemente unos contra otros.

La jugada fue, una vez más, redonda. Medios de comunicación de medio mundo, analistas financieros, creadores de contenido en redes sociales y entusiastas del motor cayeron rendidos en la trampa. Todos le hicieron publicidad completamente gratuita, multiplicando por mil el impacto de un anuncio que, si se analiza con un poco de frialdad y espíritu crítico, deja ver más sombras que realidades. A todo esto hay que sumarle el perfil del comprador deslumbrado. Es francamente asombroso comprobar cuánto tonto con dinero hay dispuesto a soltar señales e importantes sumas para reservar un vehículo que roza lo mitológico.

Sin embargo, conviene poner los pies en la tierra y llamar a las cosas por su nombre. Un dron con carcasa de coche sigue siendo, en el mejor de los casos, un experimento estrambótico. Por mucho que algunos se empeñen en afinar la propaganda y por mucho que se adorne con terminología técnica grandilocuente, la realidad es tozuda: el coche no vuela. Un automóvil es un vehículo de transporte terrestre y pretender vender capacidades de levitación o propulsión aérea como si fueran una característica comercial madura y homologada es rozar el terreno de la pura fantasía. La conversación está servida, las reservas están hechas y el espectáculo de la ilusión continúa su curso, demostrando que en el mercado actual la sugestión pesa mucho más que los hechos demostrables.


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