Si no hubieran cometido estos errores, el mundo sería MUY diferente

Hay hallazgos que nacen tras años de cálculos y experimentos planificados. Y luego están los que aparecen cuando alguien se equivoca, observa algo extraño o presta atención a lo que no debería importar. Eso es la serendipia. La palabra la usó por primera vez el escritor inglés Horace Walpole el veintiocho de enero de mil setecientos cincuenta y cuatro, inspirándose en el cuento Los tres príncipes de Serendip, cuyos protagonistas encontraban cosas sin buscarlas gracias a la casualidad y a su sagacidad.

La serendipia no es solo tener suerte. Si pierdes las llaves y encuentras un billete de cincuenta euros, es suerte. Si un investigador observa un fenómeno inesperado, entiende su importancia y descubre algo nuevo, es serendipia.

En mil novecientos veintiocho, Alexander Fleming halló moho en una placa de cultivo. En lugar de tirarla, observó que las bacterias no crecían a su alrededor y descubrió la penicilina. Años después, Howard Florey y Ernst Chain transformaron ese hallazgo en el antibiótico que conocemos.

En mil ochocientos noventa y cinco, Wilhelm Röntgen investigaba tubos de rayos catódicos cuando una pantalla cercana se iluminó inesperadamente. Había descubierto los rayos X. La primera radiografía médica mostró la mano de su esposa, Anna Bertha, con sus huesos y su anillo.

En mil ochocientos noventa y seis, Henri Becquerel guardó sales de uranio junto a placas fotográficas por el tiempo nublado de París. Al revelarlas, vio que el uranio emitía radiación de forma espontánea sin necesidad de luz solar, descubriendo la radiactividad.

En mil novecientos treinta y ocho, Roy Plunkett buscaba gases refrigerantes para DuPont. Un gas de tetrafluoroetileno se convirtió en un sólido blanco antiadherente: el teflón.

En la década de mil novecientos cuarenta, Percy Spencer trabajaba con magnetrones de radar y notó que una chocolatina en su bolsillo se había derretido. Tras probar con otros alimentos, nacieron los hornos de microondas.

En mil novecientos sesenta y ocho, Spencer Silver inventó un adhesivo flojo que podía pegarse y despegarse. Años más tarde, su compañero Art Fry lo usó para sujetar los puntos de libro en su coro. Así nació el Post-it.

En mil novecientos sesenta y cinco, Stephanie Kwolek obtuvo una mezcla anómala en DuPont, pero decidió procesarla. El resultado fue el Kevlar, una fibra de alta resistencia clave para la protección personal.

El ingeniero suizo George de Mestral examinó al microscopio las semillas pegadas a la ropa y al pelo de su perro tras un paseo. Vio pequeños ganchos e inventó el Velcro.

Harry Coover descartó en los años cuarenta un compuesto por pegarse demasiado rápido. Tiempo después reconsideró los cianoacrilatos y creó el superpegamento.

Charles Goodyear descubrió la vulcanización del caucho al tratarlo con azufre y calor tras años de pruebas, haciendo el material resistente a la temperatura.

A finales del siglo diecinueve, Constantin Fahlberg notó un sabor muy dulce en sus manos tras manipular derivados del alquitrán de hulla y descubrió la sacarina junto a Ira Remsen.

En mil ochocientos cincuenta y seis, William Perkin buscaba una cura para la malaria y obtuvo un residuo púrpura. Creó la mauveína, el primer colorante sintético comercial.

Édouard Bénédictus observó que un frasco de vidrio caído no se desparramaba porque contenía nitrato de celulosa, lo que dio origen al vidrio laminado de seguridad.

Harry Brearley buscaba aceros para cañones y descubrió una aleación con cromo que no se oxidaba: el acero inoxidable.

En mil novecientos cincuenta y seis, Wilson Greatbatch instaló por error una resistencia incorrecta en un equipo para grabar sonidos cardíacos. El circuito emitió impulsos regulares que dieron pie al marcapasos implantable.

En mil ochocientos veinte, Hans Christian Ørsted notó que una corriente eléctrica desviaba la aguja de una brújula, uniendo electricidad y magnetismo.

Luigi Galvani observó convulsiones en patas de rana y Alessandro Volta profundizó en la interacción entre metales hasta inventar la pila eléctrica en mil ochocientos.

En mil novecientos treinta y tres, Eric Fawcett y Reginald Gibson sometieron etileno a alta presión y descubrieron el polietileno de forma imprevista.

Richard James vio caer un muelle de una estantería y creó el juguete Slinky. Por su parte, la masa para limpiar hollín en paredes de los años treinta terminó transformándose en la plastilina Play-Doh.

Jacques Brandenberger buscaba manteles antimanchas y creó el celofán, mientras que Walter Jaeger diseñaba un detector de gases y acabó inventando el detector de humo al ver que el aparato reaccionaba al humo de cigarrillo.

La casualidad no basta. Fleming no revolucionó la medicina por dejar una placa sucia, ni Spencer por derretir chocolate. El hallazgo ocurre cuando alguien se fija en la anomalía y se pregunta por qué. La suerte abre la puerta; la curiosidad decide entrar.


Descubre más desde Hauschildt

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar