Las redes sociales han cambiado la forma en que las familias comparten momentos importantes de su vida. Fotografías de cumpleaños, vídeos de las primeras palabras de un bebé o imágenes de vacaciones son publicaciones habituales en plataformas como Instagram, Facebook o TikTok. Sin embargo, esta práctica ha dado lugar a un fenómeno cada vez más estudiado por expertos en privacidad y protección de menores: el sharenting.

El término sharenting surge de la combinación de las palabras inglesas sharing (compartir) y parenting (crianza). Se utiliza para describir la costumbre de los padres de publicar información, fotografías o vídeos de sus hijos en internet. Aunque en la mayoría de los casos se realiza con buena intención, los riesgos asociados a esta práctica son mayores de lo que muchas familias imaginan.
Uno de los principales problemas es la pérdida de privacidad de los menores. Antes de alcanzar una edad suficiente para decidir por sí mismos, muchos niños ya cuentan con una extensa huella digital creada por sus propios padres. Fotografías del nacimiento, datos personales, imágenes del colegio o incluso información médica pueden permanecer durante años en la red. Una vez que ese contenido se publica, resulta difícil controlar quién lo descarga, lo comparte o lo almacena.
Otro riesgo importante es la exposición a personas malintencionadas. Las imágenes infantiles pueden acabar circulando fuera del contexto original para el que fueron publicadas. Organismos especializados en ciberseguridad llevan años advirtiendo de que determinadas fotografías de menores son recopiladas por delincuentes para usos fraudulentos o inapropiados. Incluso publicaciones aparentemente inocentes pueden proporcionar información útil sobre rutinas familiares, ubicaciones frecuentes o datos identificativos.
La seguridad digital también entra en juego. Muchos padres publican fotografías donde aparecen uniformes escolares, matrículas de vehículos, direcciones o geolocalizaciones activadas sin ser plenamente conscientes de ello. Estos detalles permiten construir perfiles bastante precisos sobre la vida cotidiana de una familia. Cuanta más información se acumula, más fácil resulta para terceros obtener datos privados.
Existe además una dimensión psicológica que suele recibir menos atención. Algunos expertos señalan que los menores pueden sentirse incómodos al descubrir años después que aspectos muy personales de su infancia fueron expuestos públicamente sin su consentimiento. Fotografías embarazosas, rabietas grabadas en vídeo o situaciones íntimas que parecían divertidas para los adultos pueden convertirse en una fuente de malestar durante la adolescencia o la vida adulta.
Un dato especialmente llamativo es que muchos niños llegan a tener cientos o incluso miles de fotografías publicadas en internet antes de cumplir los cinco años. Diversos estudios sobre comportamiento digital han mostrado que algunos menores disponen de una presencia online más extensa que la de muchos adultos, pese a no haber tomado ninguna decisión al respecto.
Eso no significa que los padres deban dejar de compartir recuerdos familiares. La clave está en hacerlo con prudencia y criterio. Una de las medidas más recomendables es limitar la audiencia de las publicaciones mediante configuraciones de privacidad estrictas. Compartir contenido únicamente con familiares y amigos cercanos reduce considerablemente los riesgos.
También conviene evitar cualquier dato que permita identificar o localizar al menor. Es preferible no mostrar nombres completos, centros educativos, horarios habituales o ubicaciones en tiempo real. Del mismo modo, resulta aconsejable desactivar la geolocalización automática de las fotografías antes de publicarlas.
Otro aspecto fundamental consiste en seleccionar cuidadosamente las imágenes. Antes de compartir una fotografía, puede ser útil plantearse una pregunta sencilla: ¿le molestará a mi hijo que esta imagen siga circulando dentro de diez o quince años? Si existe la más mínima duda, probablemente sea mejor no publicarla.
A medida que los niños crecen, es recomendable involucrarlos en la decisión. Pedirles permiso para compartir determinadas fotografías contribuye a educarlos en el respeto a la privacidad y les ayuda a comprender cómo funciona la identidad digital. Además, fomenta una relación más saludable con la tecnología y las redes sociales.
El sharenting no es necesariamente una práctica negativa, pero sí exige responsabilidad. Internet tiene una memoria extraordinariamente larga y lo que hoy parece una publicación inofensiva puede tener consecuencias imprevistas en el futuro. Proteger la privacidad de los menores no implica renunciar a compartir momentos importantes, sino hacerlo con sentido común, moderación y respeto por el derecho de los niños a construir su propia identidad digital cuando tengan la edad suficiente para decidir sobre ella.
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