El suspenso que también debería examinar al profesor

Cuando un profesor pone un cero a un alumno, la interpretación habitual es sencilla: el estudiante no ha aprendido nada. Sin embargo, si se analiza la situación con un mínimo de pensamiento crítico, surge una pregunta incómoda: si durante semanas o meses un alumno no ha sido capaz de aprender absolutamente nada de lo que se le ha enseñado, ¿es toda la responsabilidad suya o también existe una parte de responsabilidad por parte del docente?

El suspenso que también debería examinar al profesor

El sistema educativo tradicional ha acostumbrado a considerar las notas como una evaluación exclusiva del alumno. Si obtiene un diez, se entiende que ha trabajado bien. Si obtiene un cero, se concluye que ha fracasado. Pero esta visión deja fuera una realidad evidente: enseñar y aprender son dos procesos inseparables. No basta con impartir contenidos; el objetivo de la enseñanza es conseguir que esos conocimientos lleguen al alumno de una forma eficaz.

Un cero es la calificación más extrema posible. Significa ausencia total de resultados. Si un profesor afirma que un estudiante no ha sido capaz de adquirir ni un solo conocimiento evaluable durante todo un trimestre, quizá también debería preguntarse qué ha fallado en el proceso de enseñanza. La autocrítica es una herramienta fundamental en cualquier profesión. Un médico analiza por qué un tratamiento no ha funcionado. Un entrenador revisa los errores cuando su equipo pierde. Un empresario estudia las causas de un fracaso comercial. Sin embargo, en el ámbito educativo parece existir cierta resistencia a cuestionar el papel del docente cuando los resultados son negativos.

La comparación con la cocina ayuda a entender esta idea. Si entregamos a un cocinero ingredientes de primera calidad y el resultado es un plato incomible, difícilmente culparemos a las materias primas. La responsabilidad principal recaerá sobre quien tenía la tarea de transformarlas en algo mejor. Evidentemente, los alumnos no son ingredientes y cada persona posee capacidades, intereses y circunstancias distintas, pero la esencia del ejemplo sigue siendo válida: el profesional debe ser capaz de obtener el mejor resultado posible con los recursos que tiene a su disposición.

Esto no significa que todos los suspensos sean culpa del profesor. Existen alumnos desmotivados, estudiantes con problemas personales, dificultades de aprendizaje, falta de hábitos de estudio o situaciones familiares complejas. Negar esta realidad sería tan absurdo como afirmar que toda la responsabilidad recae siempre en el docente. Sin embargo, utilizar esos casos como explicación automática para cualquier fracaso académico tampoco parece razonable.

La educación es una actividad profundamente humana. No todos los alumnos aprenden de la misma forma ni al mismo ritmo. Algunos necesitan ejemplos prácticos, otros explicaciones visuales y otros requieren más tiempo para consolidar conceptos. Precisamente por eso la labor del profesor no consiste únicamente en transmitir información, sino en encontrar la manera de hacerla comprensible y atractiva para perfiles muy distintos.

Resulta llamativo que en muchos sistemas educativos los alumnos sean evaluados constantemente, mientras que la eficacia real de los métodos de enseñanza reciba mucha menos atención. Cuando una empresa detecta que un proceso no funciona, lo revisa. Cuando una fábrica produce demasiados defectos, se analizan las causas. En cambio, cuando una clase acumula suspensos masivos, la explicación suele centrarse en los estudiantes y rara vez se abre un debate serio sobre la calidad de la enseñanza recibida.

Además, la propia investigación educativa lleva décadas señalando que la motivación y el interés influyen de forma decisiva en el aprendizaje. Un profesor capaz de despertar la curiosidad, conectar los contenidos con la realidad y mantener la atención del grupo suele obtener mejores resultados que otro que se limita a repetir información de manera mecánica. No es casualidad que la mayoría de las personas recuerden con cariño a aquellos docentes que les hicieron disfrutar aprendiendo, incluso en asignaturas que inicialmente les parecían aburridas.

Quizá el problema de fondo sea que seguimos entendiendo las notas como un juicio exclusivo sobre el alumno cuando, en realidad, también deberían servir para evaluar la eficacia del proceso educativo. Si un estudiante fracasa, debe asumir su parte de responsabilidad. Pero si una parte importante de una clase no alcanza los objetivos mínimos, también habría que analizar qué decisiones pedagógicas se han tomado y si han sido las más adecuadas.

Un cero no debería ser simplemente una cifra escrita en un boletín. Debería ser una señal de alarma. Una oportunidad para que el alumno reflexione sobre su esfuerzo, pero también para que el profesor examine su capacidad de motivar, enseñar y adaptar sus métodos. La educación no puede basarse únicamente en señalar al que falla, sino en comprender por qué se produce el fracaso y cómo evitar que vuelva a repetirse.

Por eso, cuando un docente pone un cero, la pregunta no debería ser únicamente qué ha hecho mal el alumno. También conviene preguntarse qué podría haber hecho mejor el profesor. Porque enseñar no consiste en comprobar quién aprende y quién no, sino en conseguir que el mayor número posible de alumnos llegue a aprender. Y cuando alguien obtiene un cero absoluto, quizás no estamos ante el fracaso de una sola persona, sino ante el síntoma de que algo en el sistema educativo merece ser replanteado.


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