Albert O. Hirschman y la guerra económica que sigue vigente

Cuando se habla de conflictos entre países, la mayoría de las personas piensa en ejércitos, armamento o estrategias militares. Sin embargo, mucho antes de que conceptos como las sanciones económicas, los bloqueos comerciales o la dependencia tecnológica ocuparan titulares, el economista Albert O. Hirschman ya había estudiado cómo el comercio podía convertirse en una herramienta de poder político. Su obra más influyente sobre este asunto, publicada en 1945 bajo el título National Power and the Structure of Foreign Trade, sigue siendo una referencia para comprender muchas de las tensiones internacionales actuales.

Albert O. Hirschman y la guerra económica que sigue vigente

Hirschman nació en Berlín en 1915 y vivió en primera persona algunos de los acontecimientos más convulsos del siglo XX. Huyó del nazismo, participó en la Guerra Civil Española y más tarde desarrolló una brillante carrera académica en Estados Unidos. Esa experiencia directa con los conflictos políticos y económicos influyó profundamente en su manera de entender las relaciones internacionales.

Su tesis principal era sencilla, pero poderosa: el comercio no siempre genera relaciones equilibradas entre los países. En determinadas circunstancias, una nación puede utilizar la dependencia económica de otra como una forma de presión política. Dicho de otro modo, quien controla un mercado esencial, una materia prima estratégica o una ruta comercial importante puede obtener ventajas que van mucho más allá de la economía.

Hirschman observó cómo la Alemania nazi había utilizado el comercio exterior durante la década de 1930 para aumentar su influencia sobre varios países de Europa Central y del Este. A través de acuerdos comerciales específicos, Berlín conseguía que determinadas economías dependieran cada vez más del mercado alemán para vender sus productos. Una vez creada esa dependencia, la capacidad de presión política aumentaba considerablemente.

Lo interesante es que Hirschman rompió con una idea muy extendida en la teoría económica clásica: que el comercio beneficia a todos los participantes de forma más o menos equilibrada. Él no negaba las ventajas del intercambio internacional, pero advertía que los beneficios podían distribuirse de manera desigual. Si un país tiene muchas alternativas comerciales y otro apenas dispone de ellas, la relación deja de ser simétrica.

Este razonamiento resulta especialmente relevante en el siglo XXI. La globalización ha creado cadenas de suministro extremadamente complejas donde numerosas economías dependen de proveedores concretos para productos esenciales. Los semiconductores, las tierras raras, determinados medicamentos o algunos componentes industriales son ejemplos evidentes.

La pandemia de COVID-19 ofreció una demostración práctica de esta vulnerabilidad. Muchos países descubrieron que dependían casi por completo de fabricantes extranjeros para productos sanitarios básicos. El problema no era únicamente económico. La falta de suministros podía afectar directamente a la seguridad nacional y a la capacidad de respuesta de los gobiernos.

Las tensiones entre Estados Unidos y China también reflejan varias de las ideas formuladas por Hirschman. Durante décadas, ambas potencias desarrollaron una profunda interdependencia económica. Sin embargo, la creciente rivalidad estratégica ha puesto de manifiesto que la dependencia mutua puede convertirse en un instrumento de presión. Restricciones a la exportación de tecnología avanzada, controles sobre minerales estratégicos o limitaciones a determinadas inversiones son ejemplos de una guerra económica moderna donde el objetivo no es destruir físicamente al adversario, sino limitar su capacidad de actuación.

Otro aspecto relevante de su pensamiento es que la dependencia no siempre se mide por el volumen total de comercio. Lo verdaderamente importante es la facilidad para encontrar alternativas. Un país puede representar una pequeña parte del comercio mundial y, aun así, resultar indispensable si controla un recurso difícil de sustituir. Este principio explica por qué algunas materias primas adquieren una importancia geopolítica desproporcionada respecto a su valor económico directo.

Un dato especialmente curioso es que muchas de las herramientas analíticas utilizadas hoy para estudiar riesgos en las cadenas de suministro tienen un parentesco intelectual con los planteamientos de Hirschman. Conceptos como la diversificación de proveedores, la resiliencia industrial o la autonomía estratégica parten de una preocupación similar: evitar dependencias excesivas que puedan transformarse en vulnerabilidades.

No obstante, la teoría de Hirschman también invita a la prudencia. A veces se exagera la capacidad de los países para utilizar el comercio como arma. Las sanciones económicas, por ejemplo, no siempre producen los resultados esperados. La historia demuestra que algunas naciones encuentran formas de adaptarse, desarrollar mercados alternativos o crear nuevas alianzas. La dependencia económica genera poder, pero no garantiza el éxito político.

Quizá la mayor aportación de Hirschman sea precisamente esa visión realista. Frente a las explicaciones simplistas que presentan el comercio internacional como una fuente automática de cooperación o, por el contrario, como una amenaza permanente, él mostró que la realidad es más compleja. El comercio puede crear prosperidad compartida, pero también relaciones de influencia y dependencia. Todo depende de cómo estén estructurados los intercambios y de quién disponga de más opciones cuando surge una crisis.

Más de ochenta años después de la publicación de sus trabajos, las ideas de Albert O. Hirschman continúan siendo sorprendentemente actuales. En un mundo donde la tecnología, la energía, los recursos estratégicos y las cadenas de suministro se han convertido en elementos centrales de la competencia internacional, comprender la relación entre economía y poder resulta tan importante como entender los movimientos militares. Hirschman fue uno de los primeros en verlo con claridad, y la evolución de la geopolítica moderna ha terminado por darle la razón en muchos aspectos.


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