Por qué no hacen falta más trabajadores para pagar las pensiones

Cada cierto tiempo vuelve a aparecer en los medios, en los debates políticos y en los informes de expertos el mismo dogma repetido casi como una verdad sagrada: hacen falta más trabajadores para poder pagar las pensiones. Se ha repetido tanto que gran parte de la sociedad lo ha asumido sin cuestionarlo. Sin embargo, cuando se analiza este argumento con serenidad y rigor económico, se descubre que la idea tiene bastantes más grietas de las que parece.

El problema fundamental de las pensiones no se resuelve simplemente aumentando el número de personas que fichan cada mañana. Lo que verdaderamente sostiene las cuentas públicas y el estado del bienestar es la capacidad de generar riqueza. Y la riqueza no aparece por arte de magia por el mero hecho de sumar empleados, sino porque existen empresas productivas, competitivas y capaces de crear valor real.

Un país puede tener a millones de personas trabajando y seguir siendo pobre si sus empresas producen poco, dependen excesivamente del exterior o apenas generan beneficio. Del mismo modo, una economía con menos trabajadores pero con sectores innovadores, industrias potentes y compañías de alto valor añadido recauda muchísimo más. La clave reside en cuánto dinero entra y circula en la economía nacional, no únicamente en el número de nóminas activas.

Durante décadas se ha simplificado el problema reduciéndolo a la pirámide demográfica: si nacen menos niños y hay más jubilados, el sistema colapsa inevitablemente. Pero esa visión simplista ignora algo crucial. Hoy en día, un solo trabajador produce infinitamente más que hace cuarenta años gracias a la tecnología, la automatización y el avance de la productividad. Un ingeniero, una empresa tecnológica o una industria exportadora generan más riqueza real que cientos de empleos precarios y mal pagados.

Ahí radica la trampa del modelo actual. Se insiste de forma obsesiva en aumentar el número de cotizantes, pero no se habla de la calidad ni de la rentabilidad de las empresas que sostienen esas cotizaciones. No es lo mismo mantener diez mil empleos temporales con salarios de subsistencia que dos mil puestos de trabajo altamente productivos en empresas sólidas.

Además, conviene recordar que las empresas son el verdadero motor financiero de cualquier Estado. Los trabajadores pagan impuestos, por supuesto, pero son las compañías las que invierten, producen, exportan e impulsan la actividad económica. Cuando existe un tejido empresarial fuerte, la recaudación pública se multiplica por varias vías: impuestos sobre los beneficios, impuestos al consumo, inversión y salarios más altos.

Por eso resulta incomprensible la tendencia constante a tratar a la empresa privada como si fuera el enemigo. Se la somete a una presión incesante de impuestos, burocracia ahogante y trabas regulatorias. El resultado es conocido en todo el mundo: negocios que echan el cierre y proyectos que se trasladan a países donde producir no sea un castigo. Cuando una empresa se marcha, no solo se pierde a un empresario; se esfuma la inversión, el empleo y la recaudación que financiaba los servicios públicos y las pensiones.

Asimismo, conviene diferenciar entre las actividades que introducen riqueza en un país y las que la transfieren fuera. Una empresa exportadora trae dinero del exterior y fortalece el sistema. En cambio, si una economía produce cada vez menos y depende totalmente de las importaciones, su capacidad de generar riqueza propia se erosiona gravemente.

Por otra parte, la idea de traer más trabajadores de fuera tampoco garantiza la sostenibilidad del sistema por sí sola. Esos nuevos trabajadores también envejecerán y requerirán su correspondiente pensión en el futuro. Si la estructura productiva no cambia, simplemente se estará aplazando el problema unas décadas. Es el equivalente a intentar llenar un depósito con fugas sin arreglar la avería.

La solución real exige construir una economía competitiva que favorezca la creación de empresas y atraiga inversión estable. Las pensiones no se pagan con promesas ni con acumulación de empleos de bajo valor, sino con la fortaleza de un país donde emprender y producir no sea una carrera de obstáculos.


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