Si eres fanfarrón, tienes que dar la talla

Hay algo que chirría cada vez más en la vida cotidiana: la facilidad con la que cualquiera presume sin tener realmente de qué hacerlo. No se trata de una simple exageración puntual, de esas que todos hemos cometido alguna vez. Hablamos de una actitud constante, de una especie de fanfarronería instalada como forma de estar en el mundo. Y lo más llamativo no es que exista —siempre ha existido—, sino que ahora parece no necesitar fundamento alguno.

Si eres fanfarrón, tienes que dar la talla

Durante mucho tiempo, el que presumía solía tener algo detrás. No era necesariamente admirable, pero al menos tenía una base. Podía ser alguien con dinero, alguien con una presencia que llamaba la atención, alguien que había conseguido un logro tangible o incluso alguien que destacaba en su oficio. En muchos casos, la fanfarronería era molesta, sí, pero estaba ligada a una realidad. Había una cierta lógica: si alguien hablaba alto, era porque había llegado lejos o había demostrado algo.

Hoy ese vínculo se ha roto. Vivimos en una época en la que la apariencia ha sustituido al contenido. La fanfarronería ya no necesita respaldo, basta con la actitud. Es suficiente con creérselo. Y ahí es donde empieza el problema. Porque cuando todo el mundo presume sin motivo, el valor de lo que realmente importa se diluye.

Es curioso observar cómo se ha normalizado que cualquiera se sienta por encima de los demás sin haber pasado por ningún tipo de prueba. Personas que no han competido en nada, que no han tenido que esforzarse más allá de lo mínimo, que no han demostrado habilidades destacables, adoptan una postura de superioridad que no se sostiene. Y lo hacen, además, con una seguridad que desconcierta.

Basta con mirar alrededor. Un coche nuevo, aunque sea financiado hasta el último céntimo, se convierte en motivo de exhibición. Un puesto de trabajo normal, sin especial responsabilidad, se presenta como si fuera la cúspide del éxito. Una vida corriente se envuelve en un discurso grandilocuente que no resiste el más mínimo análisis. Y lo peor es que esta actitud no solo se tolera, sino que a menudo se celebra.

No es una cuestión de envidia ni de exigir grandes gestas. No todo el mundo tiene que ser brillante, rico o excepcional. La mayoría de las personas lleva vidas discretas, y no hay nada malo en ello. Al contrario, hay una dignidad enorme en la normalidad bien llevada. El problema aparece cuando esa normalidad se disfraza de grandeza sin motivo, cuando se exige reconocimiento sin haber construido nada que lo justifique.

Ser fanfarrón siempre ha sido una mala idea, pero antes al menos tenía un límite natural: la realidad. Si alguien exageraba demasiado, tarde o temprano quedaba en evidencia. Hoy, en cambio, ese freno parece haberse debilitado. Las redes sociales, el culto a la imagen y la necesidad constante de validación han creado un entorno en el que aparentar es más importante que ser. Y en ese contexto, el fanfarrón sin sustancia no solo sobrevive, sino que prolifera.

El resultado es una especie de ruido constante. Todo el mundo habla alto, pero pocos tienen algo que decir. Todo el mundo presume, pero casi nadie impresiona. Y en medio de ese ruido, quienes realmente hacen las cosas bien —con esfuerzo, con constancia, con resultados— pasan más desapercibidos de lo que deberían.

Por eso conviene recuperar una idea sencilla, casi de sentido común: si vas a presumir, al menos ten con qué hacerlo. No se trata de fomentar la arrogancia, sino de poner las cosas en su sitio. La verdadera valía no necesita exageraciones, pero si alguien decide adoptar ese papel, lo mínimo exigible es que haya una base real detrás.

Quizá el problema de fondo no sea solo la fanfarronería, sino la falta de exigencia. Nos hemos acostumbrado a que todo valga, a que cualquier logro mínimo se infle hasta parecer extraordinario. Y así, poco a poco, se pierde la referencia de lo que realmente tiene mérito.

En un mundo donde cada vez más gente se cree extraordinaria sin serlo, recordar que hay que dar la talla no es una crítica gratuita, sino una llamada a la coherencia. Porque presumir sin fundamento no impresiona: cansa. Y a la larga, deja en evidencia más de lo que pretende ocultar.


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