Se fueron para cambiar de vida pero no cambiaron nada

Hay algo en la naturaleza humana que nunca he terminado de comprender del todo. No me refiero, desde luego, a quien arma las maletas y se marcha por un trabajo concreto, por amor o por una oportunidad clara de futuro. Hablo de ese otro tipo de migrante: el que se va sencillamente porque está harto. Aquel que repite a quien quiera escucharle que no soporta su país, sus normas, su política ni su forma de vivir. Ese que afirma, sin el menor matiz, que en su tierra natal ya no queda absolutamente nada que salvar.

Uno puede entender, hasta cierto punto, el peso de una decisión semejante. Nadie abandona sus raíces, su familia, sus amigos y el entorno de toda su vida si realmente se siente a gusto. El salto al vacío es gigantesco. No consiste solo en armar un par de maletas, sino en romper de golpe con todo lo conocido. Por eso mismo, cuando alguien da un paso de tal magnitud, lo lógico, lo esperable, es pensar que lo hace buscando algo radicalmente distinto. Algo mejor, o al menos un lugar más alineado con su propia escala de valores.

Pero es justo ahí donde empieza lo que resulta tan difícil de encajar.

Una vez instalados en ese nuevo país, ese entorno que supuestamente eligieron porque les gustaba más, porque funcionaba mejor o porque representaba exactamente lo contrario de lo que dejaban atrás, muchos de estos migrantes empiezan a reproducir, poco a poco y sin pudor, aquello de lo que huían.

Mantienen idénticas las costumbres que tanto criticaban. Se comportan de la misma manera que antes. Visten igual, se relacionan de forma cerrada entre ellos y construyen burbujas donde absolutamente todo funciona como en su lugar de origen. Y lo que es aún más llamativo: defienden las mismas ideas, las mismas decisiones políticas y los mismos planteamientos que, según su propio relato, habían terminado por arruinar la tierra de la que tuvieron que escaparse.

La contradicción no es en absoluto pequeña. Si algo te empuja a marcharte, si de verdad estabas convencido de que ciertas dinámicas políticas, sociales o culturales habían llevado a tu país a una situación insostenible, lo coherente sería que al llegar a un destino nuevo te alejaras precisamente de todo eso. Que buscaras un modelo diferente. Que, por mera supervivencia personal, marcaras una distancia clara con los errores del pasado.

Sin embargo, ocurre exactamente lo contrario. Y no sucede como un hecho aislado o una anécdota puntual, sino de manera constante y repetida.

La paradoja alcanza su punto más evidente cuando esas personas adquieren el derecho a votar en su nuevo hogar. Es en ese momento preciso donde uno esperaría ver una ruptura real con el pasado. Pero en muchos casos votan y respaldan exactamente las mismas políticas que degradaron el sitio que dejaron atrás.

Y entonces la pregunta se vuelve inevitable. ¿Por qué marcharse de un lugar con semejante nivel de hartazgo y, una vez fuera, seguir defendiendo lo mismo que te empujó a irte? ¿Por qué repetir los patrones que rechazabas?

Se podrían buscar mil explicaciones psicológicas, sociales o culturales sobre el peso de la identidad o la costumbre. Pero, siendo honestos, ninguna de ellas logra justificar la incoherencia de dejarlo todo para terminar apostando otra vez por lo mismo.


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