Otra vez el mismo cuento repetido hasta la saciedad por los profetas del esfuerzo ajeno y los gurús de LinkedIn. Nos dicen con tono paternalista que los jóvenes ya no quieren trabajar, que son vagos, blandos y que carecen de cultura del esfuerzo. Sin embargo, cuando uno se molesta en analizar la realidad sin los prejuicios habituales, surge una pregunta inevitable. ¿Y si la juventud actual no es alérgica al trabajo, sino que sencillamente ha dejado de ser idiota? Basta con echar un vistazo a los anuncios de empleo que circulan en el mercado laboral actual, donde los requisitos parecen redactados por un guionista de comedia distópica.
Se busca un perfil profesional con grado universitario, dos másteres, cinco idiomas nativos y una experiencia previa de diez años a pesar de no haber cumplido los veinticinco. A todo esto hay que sumarle una disponibilidad absoluta para viajar, capacidad para liderar proyectos complejos bajo presión y la santa paciencia de responder correos de la dirección a las dos de la mañana. ¿La contraprestación por semejante nivel de exigencia? El salario mínimo interprofesional, una jornada de ocho a ocho con guardias de fin de semana y, como beneficio estelar de la empresa, café aguado gratis en la sala de reuniones. Nadie en su sano juicio puede entusiasmarse ante una propuesta que roza el insulto. Los jóvenes no huyen de la responsabilidad, huyen de que les tomen el pelo.
Por si fuera poco, existen unos costes invisibles que nadie menciona durante la entrevista pero que terminan devorando la nómina. Calculen el coste del transporte diario, la gasolina, el desgaste del vehículo o el coste desorbitado de aparcar en una gran ciudad. Añadan la necesidad de renovar el vestuario para cumplir con la etiqueta de la oficina y el gasto diario en menús de polígono industrial. Tras descontar los impuestos, los desplazamientos y la logística básica para mantenerse presentable, el saldo final es demoledor. Trabajar para terminar pagando por trabajar se ha convertido en la tónica general de toda una generación.
A pesar de esta evidencia, la narrativa oficial prefiere culpar siempre a la parte más débil. Se acusa a los trabajadores de falta de compromiso mientras las empresas ofrecen contratos temporales de tres meses acompañados de falsas promesas de futuro. Se les reprocha no valorar las oportunidades mientras se les exige ser políglotas multitarea por un sueldo que no cubre el alquiler de una habitación en la periferia. Pon un anuncio para un puesto de camarero con un sueldo de diez mil euros al mes y verás cómo la cola para entregar el currículum da la vuelta a la manzana.
Es momento de que analistas y empresarios de salón dejen de atribuir la falta de mano de obra a una repentina epidemia de pereza juvenil. Si las organizaciones quieren empleados motivados y productivos, deben empezar por ofrecer unas condiciones económicas y humanas que respeten la inteligencia básica de las personas. La única falacia en esta historia es creer que alguien va a matarse a trabajar por una retribución que no alcanza para cubrir las necesidades más elementales. Los jóvenes no son vagos, simplemente han aprendido a sumar.
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