La gran mentira de las minorías raciales que la demografía acaba de destrozar

Cuando se habla de inclusión o de equidad en Occidente, es inevitable escuchar la famosa muletilla de las minorías raciales. Siempre se suele aludir con ese término a las personas de ascendencia africana, asiática o del subcontinente indio. Es un esquema profundamente arraigado en Estados Unidos y Europa, donde la población blanca de origen europeo ha sido históricamente la mayoría. Pero al ampliar la mirada y observar la totalidad del planeta, la realidad estadística desmonta por completo esta percepción. A nivel global, ¿quiénes son verdaderamente la minoría?

Para abordar la cuestión sin rodeos y desde un prisma puramente numérico, conviene aparcar un momento la sociología y centrarse en la demografía pura. En una población mundial que supera los ocho mil cien millones de personas, el grupo más numeroso del planeta es el de los asiáticos del Este y del Sudeste, que representan alrededor de dos mil doscientos millones de habitantes, es decir, un veintisiete por ciento del total mundial. Les siguen muy de cerca los asiáticos del Sur, con mil novecientos millones de personas, un veintitrés por ciento de la humanidad. Esto significa que más de la mitad de la población del planeta se concentra únicamente en esas dos regiones.

Por su parte, los africanos subsaharianos alcanzan los mil doscientos millones de personas, lo que supone un quince por ciento global, una cifra que además no deja de aumentar y que según las proyecciones se duplicará para el año 2050. Mientras tanto, las personas de origen latinoamericano y mestizo suman unos seiscientos cincuenta millones, un ocho por ciento, y los pueblos árabes del Medio Oriente y el norte de África superan los quinientos millones, lo que representa cerca del seis por ciento.

Frente a estas vertiginosas magnitudes, los blancos de origen europeo suman apenas setecientos cincuenta millones de personas en todo el mundo. Es decir, constituyen tan solo un nueve por ciento de la población global. Desde una perspectiva cuantitativa objetiva, la población blanca europea no es ninguna mayoría dominante, sino una raquítica fracción estadística a escala planetaria.

Si se desciende a rasgos fenotípicos todavía más específicos, el contraste numérico resulta aún más llamativo. Las personas de ojos azules representan menos del dos por ciento de la población mundial, mientras que las personas con el cabello naturalmente rubio no superan entre el uno y el dos por ciento del total de la humanidad, concentrándose sobre todo en países del norte de Europa. Por tanto, si se atiende estrictamente a los números, los rubios de ojos azules constituyen una de las minorías físicas más pequeñas, escasas y reducidas que existen sobre la faz de la Tierra.

El motivo por el cual se sigue etiquetando a los colectivos no blancos como minorías obedece al uso de un marco puramente localista. En Estados Unidos o Reino Unido, donde la mayoría histórica ha sido blanca, esa terminología tiene su explicación en el ámbito social interno. Sin embargo, trasladar esa etiqueta al resto del planeta es un grave error conceptual. Lo que en territorio norteamericano es un porcentaje reducido, en el contexto global es una fuerza demográfica colosal.

Considerar que la raza blanca es mayoritaria en el mundo es simplemente un mito alimentado por una visión sesgada y occidentalizada. La realidad demográfica del planeta es contundente: las verdaderas mayorías son asiáticas y africanas, mientras que la población de origen europeo es, con los datos en la mano, una clara minoría global.


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