Hay una casta de dirigentes en la política actual que ha elevado la incompetencia a la categoría de arte supremo. Son personas que nunca han trabajado fuera de la moqueta oficial, que jamás han levantado una persiana al amanecer ni han sentido el sudor helado de no saber si se llegará a pagar las nóminas a final de mes. No han generado jamás un euro de riqueza ni un solo empleo en el sector privado y, sin embargo, pretenden dirigir la economía y la vida diaria de los ciudadanos con una receta tan simplista como destructiva: prohibir, obligar y, por encima de todo, exprimir a impuestos.
Da igual las siglas que defiendan, el color de su corbata o las promesas edulcoradas que suelten en los mítines de campaña. En el momento en que se sientan en el sillón de mando, su única respuesta ante cualquier contratiempo es rascar más profundo en el bolsillo de los contribuyentes.
La ausencia total de experiencia en la vida real es una lacra extendida entre los profesionales de la política de carrera. Desconocen por completo el vértigo de emprender un negocio, la presión de competir en un mercado global y el dolor de cabeza que supone encajar las cuentas cuando las cosas vienen mal dadas. A pesar de esa ignorancia supina sobre la economía productiva, no dudan en tomar decisiones drásticas que asfixian precisamente a quienes levantan el país. Son incapaces de asimilar que la verdadera prosperidad se construye con incentivos claros, con libertad para innovar y con menos trabas burocráticas, no ahogando a las empresas y a los trabajadores bajo una montaña de cargas fiscales.
A esta falta de talento se suma una desconexión aterradora con la calle. Viviendo entre privilegios blindados, sueldos públicos asegurados y dietas generosas pagadas por todos, exigen sacrificios constantes a las familias desde la distancia de sus despachos. No tienen la menor idea del impacto que provoca cada subida tributaria o cada regulación ridícula que encarece la cesta de la compra. Su dogma se reduce siempre a lo mismo: más Estado, menos libertad y más dinero arrebatado al vecino.
La imposición y la prohibición constante son el síntoma definitivo de su mediocridad. Ante la incapacidad de encontrar soluciones creativas o de confiar en la responsabilidad individual, recurren al rodillo del decreto. Prohíben todo lo que no alcanzan a comprender, regulan lo que les incomoda y obligan a la sociedad a adaptarse a sus ocurrencias del día. Se creen ingenieros sociales capaces de moldear la realidad a su antojo, ignorando que la abundancia nace de la iniciativa privada y no de la coacción estatal.
El verdadero talento político se demuestra gestionando con eficiencia los recursos existentes y facilitando el crecimiento económico, no saqueando los ahorros de la gente. Mientras las instituciones sigan en manos de personas sin oficio conocido fuera del partido, la ciudadanía continuará pagando la factura de una fórmula fracasada que solo genera más impuestos y menos libertad.
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