Los economistas que aparecen a todas horas en la televisión y la radio son una especie fascinante, una mezcla perfecta entre sabios del mercado y adivinos de feria. Son esos seres mágicos que te dicen con cara de profunda sabiduría que las cosas pueden subir, pero que también pueden bajar, como si en verdad estuvieran revelando el misterio definitivo de la existencia. La pregunta inevitable surge al instante. Si tanto sabes de inversiones y finanzas, ¿por qué no estás en Wall Street multiplicando tu fortuna en lugar de perder el tiempo en un plató? Pues no, ellos prefieren estar frente a una cámara con un micrófono en la mano, regalando consejos con la misma precisión que la predicción del tiempo de hace tres meses.
Lo que nunca dejan de recordar con un tono insoportable de superioridad es que las probabilidades son inciertas. ¿De verdad alguien necesita que un experto de corbata le diga que el mercado puede subir o puede bajar? Eso lo podría decir cualquiera con una comprensión mínima de la vida cotidiana. Sin embargo, esta gente no se cansa de repetirlo una y otra vez mientras nos miran como si estuvieran ofreciendo un análisis macroeconómico de vanguardia. La respuesta a su presencia mediática es sencillísima. Lo que realmente saben hacer es vender humo, y el micrófono es la herramienta de marketing más efectiva que han encontrado en su vida.
Para colmo, cuando la pantalla se les queda pequeña o necesitan monetizar a los más despistados, siempre aparece la oferta irresistible de los cursos y seminarios. Nos invitan a suscribirnos a formaciones exclusivas para aprender a operar como profesionales. Cabe hacerse otra pregunta básica. ¿Por qué ibas a arriesgar tu propio patrimonio en el mercado financiero si puedes venderle a los demás la ilusión de convertirse en magnates? Si de verdad tuvieran la fórmula secreta para forrarse, la estarían usando en su propio beneficio en lugar de compartirla con el resto del mundo a cambio de unos cuantos cientos de euros. Su verdadera inversión no está en la bolsa, sino en mantener a la audiencia entretenida mientras recaudan el dinero de la matrícula.
El gran misterio que rodea a esta fauna es muy simple. Si tú tuvieras en tu poder la famosa gallina de los huevos de oro, ¿te dedicarías a vender la receta por entregas en un canal de medianoche? ¿De verdad le harías el favor a un desconocido de regalarle tu tesoro o te quedarías disfrutando de tu riqueza en una isla privada? La realidad es que prefieren dejarte mirando la pantalla mientras te cobran por cada palabra vacía que sueltan. Eso sí, lo hacen siempre con una sonrisa impecable y un tono paternalista que insinúa que estamos a punto de entrar en una nueva era de prosperidad, siempre y cuando compremos su último libro.
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