Seguramente alguna vez has escuchado a un representante de una empresa en la radio, la televisión o en alguna feria soltando lo que parece ser el monólogo más grande de la historia de la superación personal. Todo ello plagado de frases grandilocuentes como que están desbordados de trabajo, que son los mejores en su sector o, la gran favorita de todos, que se están adaptando a las nuevas demandas del mercado porque son profundamente resilientes. Un espectáculo sencillamente emocionante.
Pero conviene pararse a pensar un segundo. Si realmente son los mejores en todo, tal y como aseguran con tanto ímpetu, qué hacen pagando una fortuna para salir en todos esos medios de comunicación. Si todo va tan sumamente bien como dicen, por qué no lo dejan todo en manos del propio mercado y del volumen real de sus ventas. De verdad alguien tiene tiempo para montar semejante pantomima cuando hay trabajo real por hacer. Si de verdad no dan abasto con la producción o con los clientes, por qué están ahí perdiendo el tiempo delante de un micrófono.
Qué sentido tiene gastarse el presupuesto en anunciarse si en teoría ya dominan el mercado por completo. La ironía de todo esto radica en que, si estuvieran tan ocupados como afirman, su tiempo valdría muchísimo más que un espacio publicitario o un par de minutos de atención prestada en los medios. Pero no, ahí siguen, ofreciendo su particular show de auto besitos en directo, proclamando lo grandiosos que son y cómo están revolucionando la industria. Todo muy estratégico y muy supuestamente innovador.
Y no nos olvidemos del guion universal que utilizan todos sin excepción. No existe una sola entrevista empresarial sin las famosas palabras clave que ya se han convertido en un auténtico mantra de la autoayuda corporativa. Términos como resiliencia, sinergia, disruptivos o crecimiento exponencial salen a la luz constantemente. A veces incluso llegan a mencionar el concepto de transformación digital tres veces por minuto, no vaya a ser que a alguien no le haya quedado suficientemente claro el nivel de profundidad de su visión de negocio. Pero claro, lo más importante sigue siendo repetir a toda costa que no dan abasto. Y si no lo dicen de forma directa, lo transmiten con una sonrisa tan forzada que podrías jurar que las mandíbulas de los directivos ya han dejado de funcionar correctamente.
Todo este teatro nos deja únicamente con una pregunta rondando en la cabeza. Si realmente fueran los mejores en lo suyo, por qué están tan obsesionados con intentarlo demostrar a cada paso que dan. La realidad es que en el fondo todos sabemos que las charlas y los discursos de auto alabanza no son más que una fachada para intentar tapar las grietas de una estrategia comercial que no ha funcionado del todo. Después de todo, el verdadero éxito empresarial se mide en facturación y ventas reales, no en palabrería vacía.
Así que, queridos empresarios, si de verdad están tan ocupados siendo los mejores de su sector, tal vez vaya siendo hora de dejar de hablar tanto de lo bien que hacen las cosas y empezar a demostrarlo de una forma que no implique pagar por espacios publicitarios para soltar discursos tan falsos como aburridos.
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