El invento de adornar la porquería con palabras bonitas

Vivimos en una era dominada por eufemismos ridículos donde se pretende disfrazar lo feo con palabras que suenen amables. Dos de los mejores ejemplos de esta hipocresía colectiva son la supuesta envidia de la buena y la llamada discriminación positiva. Porque claro, si pegamos la palabra buena o positiva junto a conceptos que de por sí son repulsivos, da la impresión de que todo suena mucho mejor. Es exactamente igual que si pretendiéramos llamar caricia fuerte a un puñetazo en la cara para convencer a la víctima de que el golpe duele menos.

Empecemos analizando la famosa envidia de la buena. Resulta absurdo pensar que la envidia, esa emoción ponzoñosa que nos carcome por dentro cuando alguien consigue algo que nosotros no tenemos, pueda llegar a tener de repente una versión sana. En lugar de admitir con madurez que nos molesta el éxito ajeno, nos inventamos este cuento piadoso para que no parezca que estamos amargados. Si de verdad admiraras el logro de la otra persona, lo aceptarías sin resentimientos y, en lugar de querer arrebatar lo que el otro tiene, te inspirarías para trabajarlo por tu cuenta. Pero resulta mucho más fácil decir te tengo envidia de la buena y seguir cómodamente instalados en ese resentimiento disfrazado.

Luego tenemos la conocida joya de la discriminación positiva. Es decir, una discriminación que supuestamente está bien ejecutada porque busca beneficiar a ciertos grupos concretos. Parece que dividir a las personas por categorías arbitarias y repartir ventajas en función de esas etiquetas fuera algo digno de aplauso generalizado. La discriminación es discriminación y punto. No importa cuánto perfume de buenismo le pongas por encima, sigue apestando a injusticia profunda. La verdadera equidad no se logra jamás favoreciendo a unos sobre otros mediante atajos, sino eliminando tajantemente cualquier tipo de trato privilegiado. Sin embargo, a esta sociedad le apasiona jugar a la justicia selectiva, un sistema donde ser imparcial con absolutamente todos requiere demasiado trabajo, así que se prefiere inclinar la balanza según convenga a la agenda del momento.

Lo más irónico de todo este asunto es que la solución resulta tan simple y tan lógica que parece mentira lo mucho que nos cuesta aplicarla en la vida diaria. Bastaría con admirar de verdad en lugar de envidiar, y con dedicarnos a ser rigurosamente justos en vez de ponernos a repartir preferencias arbitrarias. Pero claro, actuar con semejante coherencia implica asumir un esfuerzo personal considerable. Es infinitamente más cómodo disfrazar los vicios de virtudes cotidianas y continuar navegando en nuestra propia hipocresía colectiva. Total, para qué molestarse en cultivar un mínimo de honestidad cuando tenemos a mano eufemismos tan bonitos que nos limpian la conciencia gratis.


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