Llegas al supermercado, llenas el carro con los mismos productos de siempre, pagas la misma cifra de cada semana en la caja y te vas a casa pensando que la inflación te ha dado un respiro. Sin embargo, al abrir la bolsa de patatas fritas notas algo raro. Hay más aire que comida. El tubo de pasta de dientes se termina antes de tiempo y la botella de champú parece extrañamente ligera. No es una imaginación tuya ni una paranoia infundada. Estás siendo víctima de la reduflación, la estrategia más astuta e invisible que utiliza la industria para encarecer la vida sin que te des cuenta.
La reduflación es una táctica empresarial diseñada para enmascarar la subida de los costes de producción. En lugar de subir el precio en la etiqueta, lo cual generaría un rechazo inmediato y directo en el comprador, las marcas prefieren mantener el importe exacto pero reducir disimuladamente el tamaño, el volumen o el peso del producto. En la práctica, es una forma de inflación oculta. Pagas la misma cantidad de dinero, pero te llevas a casa una fracción menor de lo que comprabas antes.
Esta práctica se ha extendido de forma silenciosa por todos los pasillos del comercio. La vemos a diario en las tabletas de chocolate que pierden algunas onzas por el camino, en las botellas de zumo que pasan de un litro a noventa centilitros conservando el mismo envase, en las latas de conserva con más líquido de gobierno que alimento real, o en los botes de detergente que reducen el número de lavados. Los diseñadores de envases trabajan al milímetro para que el cambio pase totalmente desapercibido. Mantienen la altura y el frontal del paquete, pero estrechan la profundidad o añaden un fondo falso en el plástico. La trampa está servida.
El problema principal de este fenómeno es el impacto directo que tiene sobre el bolsillo del consumidor y la evidente falta de transparencia. Por un lado, se produce una clara pérdida de valor por tu dinero. Al recibir menos cantidad por el mismo importe, el precio real por kilo o por litro se dispara. A largo plazo, este truco te obliga a ir con más frecuencia a la tienda y a gastar mucho más dinero para conseguir exactamente el mismo volumen de compra que obtenías hace unos meses. Por otro lado, genera un sentimiento inevitable de engaño y desconfianza. Cuando un comprador descubre que le han quitado producto a traición, la relación con esa marca se rompe.
Frente a esta maniobra, la mejor defensa es cambiar la forma en que miramos los estantes. La estrategia más efectiva para no caer en la trampa consiste en ignorar el precio final de la etiqueta grande y fijarse exclusivamente en el precio por unidad de medida, es decir, el importe por kilogramo o por litro que aparece en letra pequeña. Ese número jamás miente. Asimismo, conviene revisar con lupa la cantidad neta impresa en los envases antes de pagar, mantenerse atento a las alertas de las asociaciones de consumidores y valorar alternativas como la compra a granel o las marcas que apuestan por el respeto al cliente. En un mercado lleno de atajos, la información es la única herramienta para proteger nuestro dinero.
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