Las leyes invisibles que explican por qué el mundo está lleno de imbéciles

Hay una fuerza silenciosa que gobierna el destino de la sociedad y que ningún tratado de geopolítica ni ningún modelo económico suele tener en cuenta. No se trata de la codicia, ni del poder, ni siquiera de la pura maldad. Hablo de algo mucho más cotidiano y destructivo: la estupidez humana. En 1976, el economista e historiador italiano Carlo Maria Cipolla decidió abordar este fenómeno sin paños calientes en su célebre ensayo sobre las leyes fundamentales de la estupidez humana. Aunque su planteamiento utiliza una fina capa de sátira y humor negro, la radiografía que dibuja sobre la conducta colectiva es de un rigor helador.

La primera certeza de la que debemos partir es incómoda pero incontestable: siempre y sin excepción, todos subestimamos el número de personas estúpidas que nos rodean. Da igual la estimación que hagas o lo pesimista que te consideres, la realidad siempre superará tus cálculos. La segunda ley desmonta uno de los grandes mitos modernos, ya que la probabilidad de que alguien sea estúpido es totalmente independiente de cualquier otra característica personal. La estupidez no entiende de títulos universitarios, ni de clase social, ni de ingresos, ni de cultura. Un claustro de doctores o un consejo de administración tienen exactamente la misma proporción de estúpidos que cualquier otro grupo humano. Es una constante demográfica implacable.

Para evitar ambigüedades, Cipolla estableció una definición magistral que diferencia al estúpido de cualquier otro perfil. Una persona estúpida es aquella que causa un daño a los demás sin obtener ningún beneficio para sí misma, e incluso perjudicándose a sí misma en el proceso. Aquí radica el núcleo fundamental del problema. La sociedad suele temer al malvado, pero el malvado responde a una lógica racional: busca su propio provecho a costa del prójimo. Se le puede predecir, se le puede anticipar y se pueden construir defensas contra él. Sin embargo, el estúpido actúa sin lógica, sin agenda y de forma completamente impredecible. Su irracionalidad es un proyectil sin rumbo que destruye todo lo que toca, incluido a sí mismo.

Esto nos lleva a la cuarta ley, donde el autor nos advierte de que las personas no estúpidas subestiman continuamente el peligro que representan los estúpidos. Pensar que se puede razonar con un estúpido, o peor aún, intentar asociarse o colaborar con él creyendo que se le puede controlar, es un error garrafal que suele pagarse muy caro. Quien minusvalora la capacidad de daño de la estupidez termina aplastado por ella. Por todo esto, la quinta y última ley concluye de forma tajante que la persona estúpida es el tipo de persona más peligroso que existe, convirtiendo a la estupidez en la fuerza más destructiva para la sociedad.

Para terminar de perfilar este paisaje, Cipolla diseñó un mapa de la conducta humana dividido en cuatro grandes cuadrantes en función del resultado de nuestros actos. En un extremo están los inteligentes, que son aquellos que logran beneficiar a los demás al mismo tiempo que se benefician a sí mismos. En el lado opuesto se sitúan los malvados o bandidos, que prosperan únicamente perjudicando al resto. Luego encontramos a los inocentes o desvalidos, que sufren pérdidas de manera constante en su intento de beneficiar a los demás. Y finalmente, presidiendo el centro del caos, están los estúpidos, dedicados a generar pérdidas sistemáticas para todo el mundo sin ganar absolutamente nada a cambio.

La brillantez de este esquema irónico reside en que nos obliga a mirar la realidad sin los velos del optimismo biempensante. Si la sociedad tropieza una y otra vez con las mismas piedras, si las instituciones naufragan y los proyectos colectivos se desmoronan sin explicación aparente, rara vez se debe a conspiraciones complejas o a malvados de película. Lo que suele estar detrás es la simple, pura e inagotable estupidez. Reconocer su peso real en la historia no es un ejercicio de cinismo, sino la única herramienta lúcida para no dejarnos arrastrar por su marea.


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