De todas las grandes innovaciones del mundo moderno, como internet, las vacunas o el microondas, también hemos tenido que soportar algunas ideas que generan dudas desde el primer momento. El NutriScore, ese semáforo de colores que supuestamente evalúa lo saludable que es un alimento, es el equivalente alimenticio a una bufanda en verano: innecesario, confuso y un tanto absurdo. En el primer mundo siempre encontramos nuevas maneras de complicarnos la vida, y este sistema es un ejemplo perfecto de ello.
El NutriScore pretende ser una guía rápida y sencilla para ayudar a los consumidores a tomar decisiones más saludables en el supermercado. Asigna colores del verde al rojo y letras de la A a la E para que cualquier persona sepa exactamente qué elegir. El problema es que unas galletas ultraprocesadas bajas en azúcar pueden obtener una B mientras que el aceite de oliva, bendito líquido dorado que es patrimonio de la humanidad, llega a recibir una calificación de D.
Ahí está el gran fallo del invento. El NutriScore no mide realmente si un alimento es bueno o malo para la salud, sino que se basa en un algoritmo cerrado que pondera calorías, azúcares, grasas saturadas y otros nutrientes de forma aislada. Al final, este etiquetado induce a creer que un refresco light es mejor opción que un trozo de queso artesanal. Su principal efecto práctico es generar ansiedad al comprar una tableta de chocolate, mientras una voz interna te dice que esa letra E te hará engordar o enfermar.
Imaginen a un niño con hambre. Le miras a los ojos y le dices con solemnidad que no puedes darle unas galletas porque tienen una D en el NutriScore y que es mejor esperar a conseguir un yogur con B. Nada demuestra tanto compromiso con el bienestar como denegar alimento basándose en una tabla abstracta de colores. Este sistema refleja una sociedad obsesionada con el bienestar que se permite el lujo de diseccionar cada bocado mientras una parte del mundo lucha por conseguir el pan diario. Su mayor logro ha sido hacernos sentir culpables no solo por comer una hamburguesa, sino también por disfrutar de un saludable trozo de aguacate.
Frente a un modelo que simplifica lo complejo y confunde lo evidente, la lógica dicta una escala mucho más intuitiva y realista. La letra A debería significar simplemente que el producto es comestible y aceptable. La B indicaría que el alimento está bien y no va a hacerte daño. La C definiría algo conveniente y razonable para no complicarse la vida. La D representaría lo delicioso, recordando que la presencia de grasa no invalida su valor gastronómico. Y la E correspondería a lo espectacular, reservado para aquello que aporta puro disfrute.
Sin culpas ni ecuaciones secretas, la comida debe disfrutarse para luego seguir adelante. Etiquetar los productos con colores y letras no va a resolver los problemas de salud pública. Es momento de dejar de preocuparse tanto por los adhesivos del envasado y centrarse en educar mejor sobre nutrición, comer de todo con moderación y recordar que la vida no es perfecta, pero un buen trozo de chocolate siempre ayuda.
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