El falso mito de que leer te hace superior

Cualquier persona, diccionario o inteligencia artificial podría apresurarse a responder que sí con total ligereza. Es norma habitual que un autodenominado intelectual aparezca en la radio o en la televisión afirmando con rotundidad que aquellos a quienes no les gusta, no desean o simplemente no pueden permitirse comprar libros son incultos e ignorantes. Solo hay que echar un vistazo a los precios actuales de las novedades editoriales para entender que el acceso no siempre es universal. Los guardianes de las letras sugieren con frecuencia que estas personas merecen sus propias desgracias y que no deberían opinar sobre ningún tema importante porque no están a la altura de los elegidos.

Este prejuicio elitista no es exclusivo de los lectores empedernidos que presumen de biblioteca en las redes sociales. También se encuentra con absoluta naturalidad entre los amantes del baile, el fútbol, la música clásica o cualquier otra disciplina artística o deportiva. Parece que si a ellos les apasiona algo, debe apasionarle obligatoriamente a todo el mundo, y si no compartes su misma devoción, entonces dejas de ser digno de su respeto o de su consideración. Pero volvamos al tema central que nos ocupa y dejemos de lado los complejos de superioridad ajenos.

Es la lectura un sinónimo indiscutible de cultura universal. Diría con rotundidad que depende de muchos factores y matices que la sociedad suele pasar por alto por pura comodidad mental. Es acaso cultura leer novelas de usar y tirar o cualquier otro producto de consumo rápido fabricado en serie para entretener sin aportar nada. Es cultura leer esos libros que no son más que panfletos propagandísticos de baja intensidad diseñados exclusivamente para adoctrinar a los recién llegados a la política.

La lectura es sin duda una parte muy importante y enriquecedora de la cultura humana, pero acumular horas de lectura o devorar páginas sin criterio no te hace automáticamente más culto ni más sabio. Todo depende de la calidad de lo que cae en tus manos, de si realmente entiendes lo que el texto esconde y, sobre todo, de si te detienes el tiempo suficiente a cuestionar y reflexionar críticamente sobre lo que el autor te está contando.

Lo que definitivamente no es cultura ni demuestra inteligencia alguna es despreciar, ridiculizar o insultar públicamente a las personas a las que simplemente no les gusta lo mismo que a ti. La verdadera sabiduría empieza por el respeto, la tolerancia y la capacidad de pensar por uno mismo, lejos de cualquier dogma basado únicamente en la cantidad de lomos que uno acumula en sus estanterías.


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