Al igual que con los libros, cuando hablo de mis películas favoritas no me refiero solo a títulos que entretienen o hacen pasar un buen rato. Me gustan las películas que dejan algo, que transmiten un mensaje, una reflexión o una emoción que permanece después de que terminan los créditos. Valoro esas historias que te hacen pensar, que tocan temas profundos o que te muestran la vida desde un ángulo distinto.
En cuanto a las películas de acción o fantasía, también disfruto mucho de ellas, pero siempre que mantengan coherencia dentro de su propio universo. Me explico: no me gustan las películas que establecen sus propias reglas durante toda la trama —por ejemplo, que “la gravedad no existe”— y, de repente, en los últimos minutos rompen esas reglas solo porque sí. Tampoco soporto esas historias que te tienen dos horas completamente atento, construyendo tensión o misterio, y al final lo resuelven todo en cinco segundos de la forma más simple, absurda o forzada, como si solo tuvieran prisa por terminar.
Dicho todo esto, y yendo al grano, una de las películas que más me gusta es:
La trilogía completa de Regreso al Futuro es, para mí, una de las mejores obras cinematográfica de todos los tiempos. No digo que esté completamente libre de errores —ninguna película lo está—, pero logra algo que muy pocas producciones alcanzan: mantiene su esencia, su coherencia y sus propias reglas internas de principio a fin. Es una historia con argumento sólido, estructura, intención y una capacidad única para atraparte desde el primer minuto. Cada entrega suma, aporta y respeta el universo creado, sin perder identidad ni calidad.
Uno de los aspectos que más valoro es que, más allá de ser una trilogía entretenida y brillante en creatividad, transmite mensajes positivos y muy valiosos. Habla del significado de la familia, de nuestras raíces y del papel fundamental que tienen en quien llegamos a ser. También nos recuerda que el futuro no está predeterminado: lo construimos a través de nuestras decisiones diarias. A lo largo de la historia, se muestra cómo pequeñas elecciones generan enormes consecuencias, invitándonos a pensar antes de actuar, a no dejarnos llevar por los impulsos y a reflexionar sobre la responsabilidad personal que todos tenemos en la vida que creamos. Regreso al Futuro combina diversión con valores, enseñando sin sermonear, y dejando claro que madurar, aprender de los errores y crecer como persona es parte del camino.
Otro mérito extraordinario es cómo ha envejecido con una elegancia casi única en el cine. Casi 40 años después, sigue siendo tan fresca, emocionante, coherente y cautivadora como lo fue el día de su estreno. Es increíble pensar que una película realizada hace cuatro décadas podría proyectarse hoy y verse actual, inteligente y totalmente creíble. Su sentido del humor, sus personajes, su historia y su estética han resistido el paso del tiempo con una fuerza admirable. La trilogía no solo sigue vigente, sino que continúa conquistando nuevas generaciones, algo que muy pocas producciones consiguen.
A esto se suma algo que respeto profundamente: supieron cuándo parar. No extendieron la historia hasta desgastarla ni forzaron secuelas únicamente para explotar la franquicia con fines económicos, como lamentablemente ocurre con muchas sagas. Cerraron el ciclo con dignidad, coherencia y respeto hacia el espectador y hacia la propia obra. Esa decisión no solo preservó la calidad del legado, sino que también contribuyó a que hoy se recuerde con tanto cariño, admiración y sin el sabor amargo de “lo arruinaron por dinero”.
Regreso al Futuro tiene corazón, mensaje, ingenio, valores, coherencia y una chispa especial que la convierte en algo irrepetible. Es una obra que entretiene, inspira, emociona, hace reír, reflexionar y disfrutar a cualquier edad. Para mí, es una verdadera obra de arte cinematográfica, un clásico atemporal que marcó generaciones y que seguirá siendo relevante durante muchas más.

* Aunque en mis textos pueda mencionar o elogiar películas, series, libros, marcas, personajes, equipos o cualquier figura pública, quiero dejar muy claro que no me fanatizo ni idolatro a nadie ni a nada. Creo firmemente que todas las personas deberíamos evitar idealizar o convertir en ídolos a equipos, banderas, países, celebridades, personajes reales o ficticios. Admirar algo por su calidad, su aporte o por lo que nos inspira no significa entregarle nuestra identidad, criterio o libertad de pensamiento. Podemos disfrutar, aprender y reconocer el valor de una obra o de una persona, sin perder la objetividad ni el equilibrio. Para mí, la admiración debe ser consciente, sana y con criterio, no ciega ni fanática. Por eso, todo lo que comparto lo hago desde la valoración personal, la reflexión y el aprendizaje, nunca desde la idolatría.