Gente de gimnasio

Hay una escena cada vez más habitual en nuestras ciudades. Alguien aparca el coche —o deja el patinete eléctrico— a la puerta de un gimnasio, entra, se cambia, y durante media hora camina en una cinta sin moverse del sitio. Luego sale, recoge sus cosas y vuelve a casa… en coche. Todo muy lógico, si no fuera porque, visto desde fuera, resulta casi cómico.

Gente de gimnasio

La llamada “gente de gimnasio” ha construido una rutina que, en muchos casos, parece más un ritual social que una necesidad real. No se trata solo de cuidar el cuerpo, que es algo sensato, sino de cómo lo hacemos. Porque la misma persona que se machaca en la elíptica tres días por semana puede pasarse el fin de semana encadenando comidas copiosas, cenas interminables y postres que no dejan espacio ni para el remordimiento. Después, el lunes, vuelta al gimnasio. Como si una cosa compensara la otra.

Es curioso observar esa especie de negociación interna: “como me lo he ganado”. Se come más porque se entrena, y se entrena porque se ha comido más. Un círculo perfecto que rara vez se cuestiona. Y en ese círculo entran también los restaurantes. No es raro ver a quienes convierten salir a comer fuera en una costumbre casi diaria. Menús abundantes, bebidas, cafés… y luego, la cuota del gimnasio como salvavidas moral. Como si pagar una mensualidad fuese suficiente para equilibrar los excesos.

Pero lo verdaderamente llamativo no es solo la contradicción, sino la falta de reflexión. ¿De verdad necesitamos desplazarnos varios kilómetros en coche para caminar en el sitio? ¿No sería más sencillo —y más coherente— hacer ese mismo trayecto andando? Tres kilómetros de ida y tres de vuelta ya suponen un ejercicio más que digno. Sin máquinas, sin espejos, sin música a todo volumen. Solo movimiento real, del que sirve.

Y aquí entra otra cuestión que rara vez se menciona: el dinero. Entre comidas fuera de casa, caprichos constantes y cuotas de gimnasio, el gasto mensual puede dispararse sin que apenas nos demos cuenta. Si uno suma cafés, cenas, fines de semana “de premio” y la mensualidad del gimnasio, la cifra final no es precisamente pequeña. Y todo para, en muchos casos, compensar hábitos que podrían corregirse de una forma mucho más sencilla y barata.

Reducir las comidas en restaurantes no significa dejar de disfrutar, sino hacerlo con cabeza. Comer mejor en casa, controlar las cantidades, reservar los excesos para ocasiones puntuales. Y en cuanto al ejercicio, no hace falta convertirlo en una actividad encapsulada entre cuatro paredes. Caminar, subir escaleras, moverse más a lo largo del día… son gestos simples que, acumulados, tienen un impacto real.

No se trata de demonizar los gimnasios ni a quienes los frecuentan. Hay personas que entrenan con sentido, que tienen objetivos claros y hábitos equilibrados. Pero también hay una tendencia, cada vez más extendida, a externalizar el cuidado del cuerpo: pagar por moverse, pagar por compensar, pagar por sentirse mejor después de haber hecho justo lo contrario.

¿Estamos buscando salud o tranquilidad de conciencia? Porque, si uno se detiene a pensarlo, muchas de estas rutinas no tienen tanto que ver con el bienestar como con la necesidad de justificar ciertos excesos.

Y lo más irónico de todo es que la solución está al alcance de cualquiera y no cuesta dinero: comer con moderación, moverse de forma natural y dejar de convertir el cuidado personal en una especie de contrato mensual. Menos artificio, más sentido común. Porque, al final, correr en una cinta después de haber ido en coche es exactamente eso: mucho esfuerzo para no avanzar.


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