Sube el volumen del televisor o la radio, comienza el bloque publicitario y, de repente, un estruendo. Los comerciales irrumpen con una intensidad que parece diseñada para despertarte de un coma. ¿Quién no ha sentido esa punzada de irritación al tener que correr a bajar el volumen o, directamente, apagar el aparato? Esta práctica, conocida como compresión de audio o normalización de volumen, es un truco viejo y descarado que los anunciantes usan para captar nuestra atención. Pero, lejos de lograr su objetivo, lo que consiguen es un rechazo visceral. ¿Por qué insisten en algo que claramente nos enfurece?

La respuesta es tan cínica como simple: funciona, al menos para algunos. La compresión de audio reduce la diferencia entre los sonidos más suaves y los más fuertes, creando la percepción de un volumen más alto sin violar (técnicamente) las regulaciones. Este truco psicológico explota nuestra tendencia a notar lo que suena más fuerte, asociándolo con algo importante o urgente. Los anunciantes saben que, en un bloque saturado de comerciales, el que grita más destaca. Y aunque tú y yo bajemos el volumen o cambiemos de canal, hay un segmento del público –quizás distraído, mayor o en un entorno ruidoso– que sí presta atención. Para las marcas, ese pequeño porcentaje justifica el bombardeo auditivo.
Lo más frustrante es que esta práctica no es un secreto. Las quejas llueven en redes sociales, foros y hasta en charlas de sobremesa. Estudios de Nielsen y Kantar confirman que los anuncios ruidosos generan rechazo emocional y menor recordación de marca a largo plazo. YouGov reportó que el 65% de los espectadores considera el volumen excesivo como la principal razón para cambiar de canal. Y aún así, en países como los nuestros, donde las regulaciones son débiles o inexistentes, las emisoras y anunciantes siguen abusando. En Estados Unidos, la Ley CALM (2010) y en Europa, la norma EBU R128, han puesto freno a esta táctica, manteniendo los comerciales al mismo volumen promedio que los programas. Pero en muchos países de Latinoamérica, la falta de leyes estrictas o de fiscalización permite que este abuso persista. ¿Acaso nuestras quejas no llegan a ningún lado?
El colmo es que esta estrategia es cada vez menos efectiva. Los anunciantes miden el éxito por «impresiones» –si el anuncio se emitió, ya cuenta como victoria–, sin importar si nos tapamos los oídos o apagamos la tele. Pero la realidad es que han entrenado a una generación entera a desarrollar reflejos: al primer grito publicitario, el control remoto ya está en la mano. Plataformas como Netflix o Spotify han entendido esto y regulan el volumen de sus anuncios para no alienar a sus usuarios. Mientras, la televisión y la radio tradicionales parecen atrapadas en una mentalidad de los 80, donde molestar era sinónimo de impactar.
Entonces, ¿qué nos queda? Seguir quejándonos, pero de forma efectiva: escribir a las emisoras, contactar a reguladores como el IFT en México o ENACOM en Argentina, y exigir cambios. Usar televisores con normalización de volumen automático o migrar a plataformas de streaming donde este problema es casi inexistente. Cada vez que bajas el volumen o cambias de canal, estás enviando un mensaje. Pero hasta que las regulaciones no se endurezcan y las quejas se acumulen, los anunciantes seguirán gritándonos. Es hora de que dejemos de ser un público pasivo y les recordemos que, en esta guerra de decibeles, nosotros tenemos el control remoto.
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