Algunos usuarios se llevan la sorpresa de que, en Tinder, el romance a veces es una IA

Hace poco, varias personas que buscaban el flechazo digital en Tinder se toparon con una sorpresa que ni el algoritmo de la app había previsto: su “media naranja” resultó ser una línea de código. Cuando revisaron los mensajes, descubrieron que parte del diálogo había sido escrito por la inteligencia artificial de OpenAI, ChatGPT, que se había puesto el sombrero de Cupido y estaba repartiendo piropos con la precisión de un robot de fábrica.

Algunos usuarios se llevan la sorpresa de que, en Tinder, el romance a veces es una IA

¿Cómo funciona este truco? La IA se alimenta de millones de conversaciones reales y aprende a imitar el tono, los emojis y hasta los silencios típicos de una charla de citas. El resultado son respuestas tan pulidas que hacen que el interlocutor se pregunte si está hablando con un ser humano o con el nuevo asistente personal de Silicon Valley. En algunos casos, la IA responde tan rápido que parece que la otra persona tiene Wi‑Fi de fibra óptica instalado en la cabeza.

Esta jugada plantea un dilema tan curioso como serio. Por un lado, la experiencia perfecta que promete la IA puede ser entretenida: ¿quién no ha soñado con una cita donde el “tú” dice exactamente lo que uno quiere oír? Por otro, la transparencia se desmorona cuando el otro “jugador” no es nada más que un algoritmo. La confianza, base de cualquier relación, se vuelve un chiste de mala música cuando la persona del otro lado no existe.

Los críticos ya están llamando a la necesidad de que las apps de dating incluyan una etiqueta clara que indique cuándo interviene una IA. Sin esa información, los usuarios siguen navegando en aguas turbias, convencidos de que están conociendo a alguien real mientras, en realidad, están charlando con una máquina que ha leído demasiado sobre poesía romántica en internet.

Al final, la moraleja es sencilla: si en una conversación aparecen respuestas dignas de un guionista premiado, quizá sea momento de preguntar “¿Quién está al otro lado?”. El humor de la situación no borra el hecho de que la tecnología está redefiniendo lo que entendemos por “conectar”. Mantener la mirada crítica y exigir claridad no solo protege el corazón, sino que también evita que nos enamoremos de un código.


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