La incultura de la música

La música, ese supuesto elixir de la cultura, ese bálsamo que, según los románticos, nos hace más humanos, más conectados, más cool. Pero, permíteme desmontar ese mito con la gracia de quien ha soportado a su vecino. Porque, seamos claros, poner música a todo volumen, sea del género que sea, no te convierte en el más social ni en el guardián de la cultura. Más bien, parece ser el pasatiempo favorito de quienes prefieren ahogar sus pensamientos o, peor aún, evitar cualquier conversación con el pobre mortal que tienen al lado. Hoy, exploraremos la gran farsa de la “cultura musical” y su relación con la incultura en todo su esplendor.

La incultura de la música

Todos tenemos ese vecino. Ese que decide que es el momento ideal para compartir con el vecindario su ecléctica (y cuestionable) lista de reproducción. Reguetón a todo dar, cumbia rebajada que hace temblar los vidrios o, en el mejor de los casos, un karaoke improvisado con baladas de los 80 que harían llorar al mismísimo demonio… pero no de emoción.

Escuchar música no te hace automáticamente un erudito. Puedes estar vibrando con un solo de guitarra, un aria de ópera o el último hit de reguetón, y eso no te da un pase VIP al club de los pensadores profundos.

Donde la educación y el intelecto no llegan, los altavoces compensan. Es como si el volumen fuera el megáfono de la incultura, proclamando al mundo: “¡Aquí estoy, y no tengo nada mejor que hacer!”. Y mientras tanto, los demás sufrimos, preguntándonos si algún día inventarán un botón mágico para bajar el volumen… o al menos para teletransportar al vecino a un concierto en el desierto.

Dejemos una cosa clara: escuchar música no te hace automáticamente más culto. Punto. Puedes tener una playlist con Bach, Bad Bunny o la banda sonora de Titanic en repetición, y eso no te otorga un doctorado honoris causa en refinamiento. La música, lejos de ser una medalla de sofisticación, a veces es solo un escudo. ¿Cuántas veces has visto a alguien con audífonos a todo volumen, mirando al vacío, como si estuviera en una misión secreta para no pensar? Es como si dijeran: “¡No, gracias, cerebro, hoy no quiero lidiar contigo!”. Y luego está el vecino, ese prócer de la incultura, que sube el volumen de su equipo de sonido hasta que las paredes tiemblan, no porque sea un melómano ilustrado, sino porque, aparentemente, el silencio es su peor pesadilla.

Y hablemos de la sociabilidad, porque aquí viene otro mito que se cae como castillo de naipes. ¿Música para unir a las personas? ¡Por favor! En muchos casos, la música a todo volumen es la antítesis de la interacción humana. Es el arma perfecta para decir “no quiero hablar contigo” sin abrir la boca. ¿Ese tipo con los auriculares que parecen un sistema de sonido para estadios? No está compartiendo su amor por la música; está construyendo un muro sónico para no lidiar con el mundo. ¿Y el vecino que convierte su patio en una discoteca al aire libre? No es que quiera invitarte a bailar, es que prefiere que su música hable por él. Porque, claro, ¿Quién necesita palabras cuando tienes un subwoofer que hace temblar los cimientos y el coeficiente mental por los suelos?

¿Has notado que, curiosamente, los mayores fanáticos del volumen ensordecedor suelen ser los menos «ilustrados» de la cuadra?

No es que escuchar música sea malo, ¡para nada! Pero cuando el volumen y el tipo de música parecen diseñados para apagar el cerebro en lugar de encenderlo, uno empieza a sospechar.


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