En Corea del Sur, donde la presión social y el estrés laboral aprietan como un nudo invisible, miles de personas están optando por un ritual inesperado: fingir su propia muerte. No es una broma macabra, sino una experiencia que promete claridad y renovación. Centros como el Hyowon Healing han visto pasar a más de 25.000 participantes desde 2012, y el auge no para. Imagina escribir tu propio epitafio, vestirte de luto y tumbarte en un ataúd real durante media hora, mientras amigos y familiares lloran a tu alrededor. Al final, sales de ahí con una lección grabada a fuego: la vida es demasiado corta para no vivirla a fondo.

Este boom de «funerales vivos» responde a una realidad dura. Corea del Sur lidia con una de las tasas de suicidio más altas del mundo, impulsada por jornadas interminables, expectativas familiares asfixiantes y una cultura que valora el éxito por encima de todo. Empresas lo incorporan en talleres para empleados, buscando que valoren lo que tienen antes de que sea tarde. Pero, ¿es esto un bálsamo genuino o solo un parche temporal? Participantes como la oficinista Ji-yeon, de 35 años, cuentan que al «morir» simbólicamente, vieron con nitidez cómo el trabajo les robaba la alegría. «Salí queriendo abrazar a mi familia de verdad», dice. Otros, sin embargo, cuestionan si un simulacro puede cambiar patrones profundos sin reformas sociales reales.
Lo fascinante es cómo este ritual invita a pausar y cuestionar. En un país obsesionado con el futuro, fingir el fin obliga a mirar el presente. Si estás atascado en la rutina, quizás valga la pena plantearte: ¿qué dirían de ti en tu funeral? ¿Te enterrarías hoy para renacer mañana?
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