Mucho se habla del bullying, un tema que se ha convertido en tendencia, casi en una moda pasajera entre docentes, directivos y medios de comunicación. Se llenan la boca con palabras como «tolerancia cero» o «protocolos antibullying», pero, ¿dónde está la verdadera reflexión? ¿Dónde está el análisis profundo de las causas y los orígenes de este problema? Porque mientras se señala a los niños como los únicos culpables, se ignora una verdad incómoda: los profesores, en muchos casos, son parte activa del problema. Sí, los profesores. Esos adultos que, en teoría, están para guiar, educar y proteger, pero que, en no pocas ocasiones, se convierten en los detonantes del acoso escolar.

El bullying no surge de la nada. No es solo «cosa de niños», como algunos quieren simplificar. Es un fenómeno complejo, con raíces que a menudo se hunden en el mismo entorno escolar. Y aquí es donde entra la responsabilidad de los docentes. Cuando un profesor humilla a un alumno frente a sus compañeros, cuando lo reprende de forma desproporcionada, lo ridiculiza o lo desprestigia, está encendiendo una mecha. Ese alumno, que tal vez por timidez, educación o falta de carácter no responde, queda expuesto, vulnerable. Es como si el profesor, sin darse cuenta —o peor, conscientemente—, colgara un cartel en la espalda del estudiante que dice: «Aquí tienen al débil». Y las hienas, esos alumnos conflictivos que siempre están al acecho, no tardan en actuar. «¡Ahí tenemos al pringado!», piensan, y el acoso comienza.
No se trata de culpar a todos los profesores, porque muchos son profesionales comprometidos que trabajan incansablemente por sus alumnos. Pero no podemos cerrar los ojos ante los casos en los que el docente, lejos de ser un modelo de respeto, se convierte en el primer agresor. Una palabra fuera de lugar, una burla disfrazada de broma, una comparación pública que avergüenza: estas acciones no son inofensivas. Tienen consecuencias. Crean un entorno donde el alumno señalado se convierte en blanco fácil para sus compañeros. Y lo peor es que, muchas veces, los profesores no reconocen su papel en esta cadena. Prefieren mirar hacia otro lado, culpar a los niños o decir que «no lo vieron venir». Pero, ¿cómo no van a verlo? Ellos son los adultos en la sala, los que tienen el poder y la responsabilidad de modelar el ambiente escolar.
Es hora de dejar de tratar el bullying como un problema exclusivo de los estudiantes. Es hora de exigir a los profesores que se miren en el espejo y asuman su responsabilidad. No basta con charlas motivacionales o carteles en las aulas. Hay que formar a los docentes en inteligencia emocional, en pedagogía del respeto, en la capacidad de detectar y frenar cualquier dinámica que pueda derivar en acoso. Porque si un profesor no es capaz de tratar a sus alumnos con dignidad, ¿cómo podemos esperar que los niños lo hagan? La educación empieza por el ejemplo, y el cambio debe comenzar en quienes están al frente de las aulas.
No podemos seguir tolerando que se normalice la humillación en las escuelas. No podemos seguir permitiendo que los profesores, por acción u omisión, alimenten el ciclo del bullying. Es hora de señalar con valentía las verdaderas causas y exigir un cambio real. Porque mientras no se hable de la culpabilidad de los adultos en este problema, estaremos condenando a más niños a sufrir en silencio, mientras las hienas acechan y el sistema, cómplice, mira para otro lado.
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