La envidia es como un peso invisible que cargamos sin darnos cuenta. Surge cuando miramos lo que otros tienen —un mejor trabajo, una casa más grande, una vida aparentemente perfecta— y sentimos que nos falta algo. Pero, ¿es realmente el éxito ajeno el que nos hiere, o es nuestra propia forma de pensar la que nos atrapa? La frase «el que envidia sufre» no podría ser más cierta: la envidia no cambia la vida de quien envidiamos, pero sí envenena la nuestra.

Pensemos en un ejemplo cotidiano. Imagina a alguien que pasa horas en redes sociales, comparando su rutina con las fotos cuidadosamente editadas de un influencer. Cada publicación brillante alimenta un vacío, una sensación de no estar a la altura. Sin embargo, lo que no vemos es el esfuerzo, las inseguridades o los fracasos detrás de esas imágenes perfectas. La envidia nos ciega, nos hace olvidar nuestras propias fortalezas y nos empuja a un ciclo de insatisfacción. ¿Vale la pena sufrir por una ilusión?
El problema no está en desear mejorar, sino en dejar que la comparación nos robe la paz. La próxima vez que sientas esa punzada de envidia, pregúntate: ¿esto me ayuda a crecer o solo me amarga? Cambiar la perspectiva no es fácil, pero es el primer paso para liberarnos de ese sufrimiento autoimpuesto. La envidia no es solo un sentimiento; es una señal de que algo en nosotros pide atención. ¿Y si, en lugar de mirar al otro, empezamos por mirar hacia adentro?
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