La decadencia musical

“la progresiva degeneración de la especie humana se percibe claramente en que cada vez nos engañan personas con menos talento”.

El panorama musical actual es la prueba irrefutable: un circo donde los payasos no dan risa, sino que te hacen sangrar los oídos. Y lo peor: la gente aplaude, como si estuviéramos en un karaoke de pueblo.

La decadencia musical

Empecemos por el tal Quevedo, el supuesto prodigio de la música urbana. Este caballero canta como mi amigo borracho a las cinco de la mañana en la barra de la discoteca, un depresivo de manual que no ha logrado entablar conversación con ninguna chica en toda la noche y decide desahogarse con un “Quédateeee” que suena como si un robot melancólico intentara imitar a un cantante de reguetón en plena crisis existencial. ¿Esfuerzo? Cero. ¿Talento? Menos aún. Pero ahí está, en la cima de las listas, con millones de streams y un ejército de fans que confundieron el botón de “vomitar” con el de “me gusta”. Quevedo pone la misma pasión que un oficinista leyendo un informe de ventas, ¿por qué el mundo lo alaba? Misterios de la modernidad.

Y luego tenemos a Disturbed, esos valientes que decidieron tomar una obra maestra como The Sound of Silence de Simon & Garfunkel y convertirla en un espectáculo de gritos guturales que suena como si un vikingo con dolor de muelas intentara hacer ópera. La sutileza de la original, con su poesía introspectiva y su delicadeza, ha sido reemplazada por un martillo neumático sónico que hace que te duelan los tímpanos y el alma. Pero, oh sorpresa, las radios no paran de pincharla, y el público, en un acto de masoquismo colectivo, la celebra como si fuera un himno. ¿En serio? ¿Esto es lo que hemos elegido como banda sonora de nuestra era? Si Paul Simon estuviera vivo… bueno, está vivo, pero seguro que está llorando en un rincón.

Y no podemos olvidar al rey del autotune, Bad Bunny, el hombre que ha convertido el abuso de este efecto en un género musical propio. Cada canción suena como si un sintetizador hubiera decidido que las notas son opcionales y que lo importante es vibrar como un móvil en modo silencioso. Sus letras, que oscilan entre lo absurdo y lo ininteligible, son aclamadas como si fueran poesía pura, cuando en realidad parecen escritas por un adolescente que acaba de descubrir el corrector ortográfico. Pero, claro, el mundo está rendido a sus pies. Porque, ¿quién necesita talento cuando tienes un buen equipo de marketing y un filtro de voz que hace que todos suenen igual?

El mundo está acabado. No es solo que nos engañen con artistas de dudoso talento, es que nosotros, en un acto de autodestrucción cultural, les damos un escenario, un micrófono y un aplauso. ¿Dónde quedó el criterio? ¿Dónde quedó el buen gusto? Probablemente se perdieron en alguna playlist de Spotify, sepultados bajo algoritmos que premian la mediocridad y el volumen. Así que, la próxima vez que escuches a Quevedo lloriquear, a Disturbed destrozar un clásico o a Bad Bunny autotunearse hasta el infinito, recuerda: no es solo música mala, es la prueba viviente de que “la progresiva degeneración de la especie humana se percibe claramente en que cada vez nos engañan personas con menos talento”. Y nosotros, somos los responsables.


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