En un mundo cada vez más fragmentado, donde las lealtades ideológicas se erosionan como castillos de arena ante la marea de la realidad, un fenómeno inquietante pero predecible se impone: cada vez más personas están abandonando la izquierda. Y esto no es un capricho efímero ni una moda pasajera; es la respuesta lógica de una sociedad harta de las exageraciones histriónicas y las mentiras cínicas que han devenido en el pan de cada día de ese espectro político. La gente común, esa que no aspira a bandos ni a trincheras, se cansa de ser etiquetada como extremista solo por disentir. No quieren que los asocien con la derecha cavernícola, pero tampoco con una izquierda que ha mutado en un monstruo de intolerancia, donde el diálogo se sustituye por el vituperio y la empatia por el escarnio. Es normal, es humano: el instinto de supervivencia intelectual dicta huir de lo tóxico, y la izquierda, en su afán por moralizarlo todo, se ha convertido en un veneno que ahuyenta incluso a sus fieles.

Recientemente, el mundo ha sido testigo de un horror que desnuda las entrañas podridas de esa supuesta progresía: el asesinato a sangre fría de Charlie Kirk, el activista conservador, baleado mientras hablaba en la Universidad de Utah Valley el 11 de septiembre de 2025. Un disparo cobarde, motivado no por un delito sino por el pecado imperdonable de pensar diferente. Pero lo traumático no termina en la sangre derramada; se agrava con el festín de odio que desató entre quienes se autodenominan de izquierda, esos profetas de la razón y la libertad que, ante el cadáver aún tibio, erigieron altares al verdugo. Figuras públicas y anónimos en redes sociales celebraron la muerte como si fuera una victoria moral, justificando el magnicidio con argumentos que harían sonrojar a un cavernícola: «Se lo merecía por sus frases incendiarias», «Su ideología era un peligro», o el colmo de la estupidez relativista: «Otros mueren a diario y nadie llora». Vale la pena recordarlo: hasta donde se sabe, Kirk nunca agredió físicamente a nadie; su crimen fue verbal, el de desafiar el dogma. Esta izquierda, que predica empatía pero la reserva solo para los suyos, revela su hipocresía en estos momentos: justifica lo injustificable, defiende lo indefendible, con la misma lógica victimista que excusa violaciones por «faldas cortas», robos por «ostentación» o linchamientos por «discursos odiosos». Y cuando las excusas flaquean, recurren al «y tú más», gritando, interrumpiendo, deshumanizando al disidente hasta reducirlo a un caricatura. Solo hay una verdad, la suya; el resto es enemigo.
¿Qué demonios le pasa a la izquierda? ¿Se ha convertido en un nido de radicales intolerantes, donde el odio se disfraza de virtud y la rabia de justicia? La respuesta parece afirmativa, y cada vez más gente se replantea si vale la pena enarbolar esa bandera raída. Ser de izquierdas ya no equivale a equidad o progreso; se ha torcido en un culto al puritanismo, donde disentir es herejía y la diversidad de ideas, un lujo para traidores. Esta deriva no es casual: es el fruto de años de adoctrinamiento que prioriza la narrativa sobre la realidad, el sentimiento sobre los hechos. Mucha gente, agotada por esta toxicidad, opta por el exilio ideológico, prefiriendo la neutralidad al veneno. Y con razón: ¿quién querría alinearse con quienes festejan un asesinato solo porque la víctima no encaja en su molde?
En este panorama de oscuridad, las palabras de Malcolm X resuenan como un trueno profético: «Si no estás prevenido ante los medios de comunicación, te harán amar al opresor y odiar al oprimido». Esta advertencia no podría ser más vigente en nuestra era de pantallas manipuladoras, donde los medios —esos guardianes autoproclamados de la verdad— se han erigido en arquitectos del odio. Día tras día, distorsionan imágenes, arrancan frases de contexto y las convierten en munición para la jauría digital, incentivando un clima donde el desquiciado de turno se cree héroe al apretar el gatillo. Son una máquina de bilis incesante, que ceba el rencor contra cualquiera que ose desafiar el relato oficial de la izquierda. En España, por ejemplo, canales como el de un conocido tertuliano se dedican a vilipendiar a youtubers disidentes, insultándolos con saña infantil solo por no inclinar la rodilla ante el dogma progresista. ¡Una vergüenza absoluta! Estos medios no informan; incitan, polarizan y cosechan clics con la sangre ajena, haciendo que el opresor —el que silencia, censura y justifica la violencia— parezca el salvador, mientras el oprimido, el que solo pide espacio para hablar, es demonizado como fascista en potencia. Malcolm X lo vio claro: sin vigilancia, nos convierten en marionetas de su agenda, odiando a los débiles y aplaudiendo a los tiranos disfrazados de justicieros.
No menos certera es esa otra frase, incorrectamente atribuida a Winston Churchill pero de una precisión quirúrgica: «Los fascistas del futuro se llamarán a sí mismos antifascistas». Aunque su origen real permanece envuelto en el anonimato —posiblemente un eco de pensadores como Kermit Roosevelt o una invención viral de los años 30—, su esencia captura la ironía trágica de nuestro tiempo. Hoy, bajo la bandera del antifascismo, operan legiones que practican la intolerancia más feroz: censuran voces, acosan disidentes y, en el colmo, celebran asesinatos como trofeos de su «lucha». Estos autoproclamados antifas no combaten el fascismo; lo encarnan, con su maniqueísmo binario, su culto al líder moral y su rechazo visceral al debate. Gritan «no pasarán» mientras erigen muros invisibles alrededor de sus verdades incuestionables, tolerando la violencia solo cuando sirve a su causa. Es el fascismo con maquillaje progresista: autoritario en esencia, pero envuelto en retórica de inclusión. Y mientras tanto, predican contra la «ultra derecha», esa bestia mítica que, curiosamente, parece absorber la mayoría de las balas y puñaladas.
Hablando de eso, cuidado con el lobo: la ultra derecha es un peligro real, con su retórica incendiaria y sus políticas regresivas, pero son precisamente ellos —o sus portavoces— los que pagan el precio más alto en esta ruleta rusa de la polarización. Miles de casos documentados en todo el mundo ilustran esta asimetría brutal: el asesinato de Charlie Kirk en Estados Unidos, el de Miguel Uribe Turbay en Colombia, el de Fernando Villavicencio en Ecuador, el de Shinzo Abe en Japón. Intentos fallidos pero no menos siniestros contra Donald Trump en EE.UU., Jair Bolsonaro en Brasil, y el reciente atentado con arma de fuego contra Alejo Vidal-Quadras en España. Estos no son accidentes; son síntomas de un odio incubado en las cloacas de la intolerancia, donde la izquierda radical, lejos de ser víctima perpetua, se erige en victimario selectivo. Solo hace falta rascar la superficie para ver el patrón: la derecha extrema recibe los golpes, mientras sus agresores se esconden tras excusas ideológicas.
Esta polarización galopante es el veneno que nos ahoga como sociedad. Cada día estamos más divididos, atrapados en un circo bipartidista donde no hay grises, solo blancos y negros absolutos. La gente no comprende que uno puede flotar en el medio, criticando lo criticable sin lealtad ciega: no estás ni con unos ni con otros, porque la vida no es un partido de fútbol con hinchadas enloquecidas. Basta un desacuerdo puntual para que te encasillen en el bando enemigo, obligándote a elegir trincheras como si fuéramos gladiadores en una arena ideológica. Pero no: se puede coincidir con alguien en un tema y disentir en otro, sin que eso justifique un navajazo o un tuit de muerte. Los radicales, de ambos lados, nos fuerzan a esta dicotomía falsa, ignorando que el pensamiento crítico florece en la ambigüedad, no en la certeza dogmática.
Qué pena de sociedad, esta en la que el desacuerdo se confunde con traición y el debate con guerra. Como apolítico confeso, mi existencia se sustenta en el desacuerdo constante —es el motor del progreso—, pero jamás, ni en mis peores enojos, le desearía la muerte a nadie. Eso sería descender al abismo de la barbarie que critico. Hechos como el de Charlie Kirk, padre de familia y ser humano antes que ideólogo, deberían ser un espejo para todos: un recordatorio de que el odio, disfrazado de justicia, solo engendra más cadáveres. Quizás esta tragedia sirva para que escuchemos de verdad, para escrutar a quienes nos rodean y evaluar sus valores reales. ¿Merecen nuestra atención esos sin alma capaces de festejar un asesinato? Apaguemos la televisión, esa fábrica de mentiras, y encendamos el pensamiento crítico. Gente vacía, que mata o aplaude la muerte por un tuit disonante, no merece el oxígeno de nuestra atención.
Espero, con un optimismo frágil pero necesario, que como sociedad alcancemos la madurez para que horrores como este no se repitan. Que el éxodo de la izquierda sea el comienzo de un renacer colectivo, donde el diálogo reemplace al grito y la empatía al escarnio. De lo contrario, nos condenamos a un ciclo eterno de sangre y lágrimas, donde los verdugos de mañana serán los héroes de hoy. El tiempo de elegir bandos ha terminado; es hora de elegir humanidad.
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