El Poder que Moldea a los Niños

Imagina a un niño con los ojos muy abiertos, absorbiendo cada palabra que sale de tu boca como si fuera una verdad absoluta. Le cuentas que Papá Noel baja por la chimenea una noche al año, y él lo visualiza todo: el trineo, los regalos, la magia. Le hablas del Ratoncito Pérez que se lleva los dientes y deja monedas a cambio, y de inmediato planea su próxima visita nocturna. Los Reyes Magos, con sus camellos y sus coronas, se convierten en parte de su mundo real. Pero no solo las historias fantásticas se cuelan en su mente. Si le dices que es un vago, un inútil o un tonto, esas etiquetas se pegan como una sombra que lo sigue a la escuela, al parque, a sus sueños. Y lo peor es que se las cree, porque para él, tú eres el oráculo infalible.

El Poder que Moldea a los Niños

Los niños no tienen filtros. Su cerebro es una esponja que no distingue entre cuento y juicio. Si cambias el guion y le dices que es capaz, inteligente, bondadoso, que puede lograr lo que se proponga, esa semilla echa raíces igual de profundas. Se ve a sí mismo como un explorador valiente, no como un fracaso andante. Ahí radica el filo de nuestra responsabilidad: cada frase que soltamos no es solo ruido, es un ladrillo en el edificio de su autoestima. Padres, profesores, entrenadores, tíos… todos jugamos en el mismo equipo, pero ¿cuántas veces lanzamos pases errados sin darnos cuenta? Un comentario distraído en la cena familiar, una regañina apresurada en el entrenamiento, una comparación odiosa con el vecino. Esas grietas se acumulan, y de repente, un adulto que podría haber brillado se arrastra con el peso de dudas que ni siquiera recuerda de dónde vinieron.

Piensa en ello un momento: ¿qué pasaría si revisáramos nuestro vocabulario como quien afila un cuchillo antes de usarlo? No se trata de endulzar la realidad hasta que sea insípida, sino de equilibrar la crítica con el aliento. Un niño que oye «Eres flojo» en lugar de «Veo que te cuesta empezar, pero sé que puedes darlo todo cuando te animas» internaliza la derrota antes de intentarlo. Estudios lo respaldan, pero no hace falta un laboratorio para verlo: mira alrededor, en tus conocidos, en ti mismo. ¿Cuántas inseguridades arrastramos de la infancia porque un adulto, con buena intención o sin ella, nos clavó una etiqueta equivocada? El pensamiento crítico empieza aquí, en reconocer que nuestras palabras no son inofensivas. Son herramientas de construcción o demolición.

Entonces, ¿qué hacemos con este poder? Reflexionemos en serio. La próxima vez que abras la boca frente a un niño, pregúntate: ¿esto lo eleva o lo hunde? No es solo cuestión de ser «positivo» por moda; es supervivencia emocional. Si fallamos en esto, fallamos en lo esencial: criar personas que crean en sí mismas lo suficiente como para enfrentar el mundo real, sin cuentos de hadas pero con alas de verdad. Tú decides el guion. ¿Qué historia le contarás hoy?


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