La rebelión de las hormigas negras

Había una vez, en un bosque lejano, un reino con dos grupos de hormigas.

El primero, majestuoso y poderoso, era el de las hormigas rojas: orgullosas, disciplinadas y numerosas, pues sumaban 40 millones de integrantes. Se sentían invencibles, tanto que a menudo organizaban banquetes bajo tierra, celebrando su abundancia. Eran trabajadoras y responsables: querían criar pocas crías, darles buena vida, enseñarles a trabajar y también a disfrutar. Pero también eran un poco engreídas; pensaban que su superioridad era una muralla imposible de derribar.

La rebelión de las hormigas negras

El segundo, mucho más modesto, era el de las hormigas negras, que apenas llegaban a 2 millones. No siempre habían estado allí: eran recién llegadas de otro grupo, llegadas de fuera, y nadie les prestaba demasiada atención. Las rojas las miraban con condescendencia:
—¿Un puñado de extranjeras contra 40 millones? ¡Ridículo!

Las negras, en cambio, observaban en silencio.

Las rojas tenían un ritmo lento para traer nuevas generaciones: de cada dos, solo nacía una nueva hormiga cada 20 años.
—No hay prisa —decían—. Nada nos amenaza.

Las negras, en cambio, eran fervientes multiplicadoras. De cada dos, nacían siete cada 20 años. Y esas siete, claro, también tendrían otras siete más adelante. No se preocupaban por cuidar a sus crías: “Que se críen solas, cuantas más mejor”, era su filosofía.

La naturaleza había puesto en marcha un juego secreto, una especie de apuesta matemática.

Pasaron veinte años.

  • Rojas: 60 millones.
  • Negras: 7 millones.

Las rojas presumían:
—¿Ven? Apenas se han movido de su rincón.

Otros veinte años después:

  • Rojas: 90 millones.
  • Negras: 24 millones.

Y entonces alguien en el hormiguero rojo empezó a inquietarse:
—¿No eran solo un puñado?
—Bah, exageraciones —respondieron las demás, aún engreídas.

Pero el tiempo, que nunca discute aunque siempre cobra, siguió su marcha. A los 60 años, la distancia casi había desaparecido: 135 millones de rojas contra 85 millones de negras.

Y a los 80 años… ¡oh, sorpresa! Las negras ya eran 298 millones, superando con creces a las rojas, que apenas alcanzaban 202 millones.

Las rojas nunca dejaron de reproducirse. El problema es que lo hacían tan despacio que, frente al torrente negro, se volvieron insignificantes. Cien, ciento veinte, ciento sesenta años después… las rojas seguían ahí, sí, pero tan pequeñas en comparación que parecían un susurro en un concierto de truenos.

No habían muerto de golpe. Simplemente, habían sido arrasadas por la lógica implacable de la matemática exponencial.

Los animales del bosque, que observaron todo en silencio, sacaron una conclusión:

No importa lo grande que seas hoy si tu manera de crecer no entiende el futuro.

La abundancia actual puede ser un espejismo, y la verdadera fuerza está en saber adaptarse y prever lo que vendrá. Porque lo que parece lento e inofensivo —esa pequeña minoría que crece en silencio— puede convertirse en la ola que cambia todo.

Las hormigas rojas nos advierten del peligro del orgullo y de confiar demasiado en la grandeza presente. Las negras nos recuerdan que el crecimiento sin control arrasa, aunque muchas veces a costa de descuidar lo que se tiene.

Y así terminó la fábula de las hormigas engreídas y las recién llegadas.


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