La agencia de calificación Fitch ha bajado la nota de solvencia de Francia a A+, un nivel que aún se considera seguro para inversores, pero que deja al descubierto las grietas de una economía tambaleante. Esta decisión, tomada en la recta final de un viernes agitado, no sorprende del todo: los mercados ya lo olían venir. Lo que sí duele es el recordatorio de que el país, segunda potencia de la eurozona, navega sin rumbo claro en medio de un déficit presupuestario que roza el 5,4% del PIB, el más alto de la región. ¿Es esto solo un tropiezo financiero o el síntoma de un sistema político que se desmorona bajo su propio peso?

El detonante ha sido la inestabilidad crónica en el Gobierno. Emmanuel Macron acaba de nombrar a Sébastien Lecornu como primer ministro, su quinto en menos de dos años, después de que un voto de censura tumbara a su antecesor por un plan de recortes de 44.000 millones de euros. Fitch no se anda con rodeos: esta rotación constante de líderes erosiona la capacidad de Francia para enderezar sus finanzas públicas. Lecornu, que apenas ha desempacado en el cargo, ya lidia con la presión de armar un gabinete, negociar un presupuesto para 2026 y calmar a un Parlamento fragmentado. Sin un plan sólido para estabilizar la deuda, el riesgo de que los costes de refinanciación se disparen es real, y los bonos franceses ya empiezan a rendir como los italianos, pese a que Italia arrastra una calificación mucho peor.
Analistas y expertos coinciden en que esta degradación podría ser el principio de una avalancha. Otras agencias podrían seguir el ejemplo, forzando ventas masivas de deuda por parte de fondos atados a umbrales de calidad. Y mientras el ministro de Finanzas, Eric Lombard, se limita a «tomar nota» de la decisión, Lecornu deberá equilibrar concesiones a socialistas –como subir impuestos a los ricos o suavizar la controvertida reforma de pensiones de 2023– con el descontento de los aliados de Macron y los conservadores. El resultado probable: un presupuesto menos ambicioso que el anterior, con un déficit rondando el 4,6% o más. Para las grandes bancos como BNP Paribas o Crédit Agricole, la cosa pinta tranquila, ya que su propia nota ya está en A+, pero para el conjunto de la economía francesa, esto invita a una reflexión dura: ¿hasta dónde puede estirarse la paciencia de los inversores antes de que la eurozona sienta el tirón?
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