La falacia de que los jóvenes no quieren trabajar. Una oda al sarcasmo laboral

Oh, qué maravilla, otra vez el mismo cuento: “Los jóvenes no quieren trabajar”. Esa frasecita que los boomers y los gurús de LinkedIn repiten como loros mientras se toman su café de máquina en una oficina con aire acondicionado. ¡Qué pereza, qué vagancia, qué generación tan perdida! Pero, un momento, ¿y si los jóvenes no son vagos, sino que simplemente no son idiotas? Porque, vamos a ver, echemos un vistazo a los anuncios de empleo que circulan por ahí, que parecen escritos por un guionista de comedia distópica.

La falacia de que los jóvenes no quieren trabajar. Una oda al sarcasmo laboral

Imagina el panorama: “Se busca ingeniero/a con carrera, máster, doctorado (si es en Harvard, mejor), cinco idiomas (¡nativos, por favor!), experiencia de diez años (aunque tengas 25), don de gentes, disponibilidad para viajar al fin del mundo, y, por supuesto, que seas un crack gestionando equipos, proyectos, y el estrés de un jefe que te manda correos a las 2 de la mañana. Salario: el mínimo interprofesional. Horario: de 8 a 20h, con guardias los fines de semana. Beneficios: un café aguado en la sala de reuniones”. ¿En serio? ¿Quién en su sano juicio va a saltar de alegría por esa oferta? Los jóvenes no son alérgicos al trabajo; son alérgicos a que les tomen el pelo.

Y luego están los gastos invisibles, esos que nadie menciona en la entrevista, pero que te golpean como una factura de la luz en invierno. ¿Desplazamientos? Saca la calculadora: gasolina, transporte público o, si vives en una gran ciudad, un riñón para pagar el parking. ¿Ropa? No te presentes en vaqueros, que aquí hay que ir de traje o con camisa planchada, que eso no se lava solo ni crece en los árboles. ¿Comidas? Olvídate de la fiambrera de la abuela; ahora toca gastarse 10 euros al día en un menú de polígono industrial. Haz números: después de impuestos, desplazamientos y mantenerte presentable, no solo no ganas nada, ¡sino que te sale a devolver! Trabajar para pagar, el sueño de todo millennial.

Pero, ojo, que la culpa siempre es de los jóvenes. “No tienen compromiso”, dicen, mientras las empresas te ofrecen contratos de tres meses con promesas de “futuro crecimiento” que nunca llegan. “No valoran las oportunidades”, critican, mientras te piden que seas un políglota multitarea por menos de lo que cuesta un alquiler en las afueras. La realidad es que los jóvenes no son estúpidos. No se trata de no querer trabajar; se trata de no querer ser explotados. Porque, seamos sinceros, pon un anuncio de camarero a 10.000 euros al mes, y verás cómo se forma una cola desde los Gen Z hasta los jubilados, todos con la bandeja en la mano y una sonrisa de oreja a oreja.

Así que, queridos empresarios y tertulianos de café, dejen de culpar a los jóvenes por no querer firmar un contrato que parece un chiste malo. Si quieren trabajadores motivados, empiecen por ofrecer condiciones que no insulten la inteligencia. Porque, al final, la única falacia aquí es pensar que alguien va a trabajar como mula por un salario que no da ni para el café. Los jóvenes no son vagos; simplemente, han aprendido a sumar.


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