El Código Ético Corporativo. Un Escudo para la Explotación Generalizada

¿Qué pasa cuando el mundo empresarial se escandaliza por un romance entre un CEO y una subordinada, pero es el mismo sistema el que les roba a los trabajadores cualquier atisbo de vida privada? Tomemos el caso de Nestlé, donde el ex-CEO Laurent Freixe fue despedido hace apenas días por ocultar una relación con una empleada, y su amante lo pilló enredado con otra. Las redes y los titulares estallan en moralina: ¡Qué horror, abuso de poder! Pero detengámonos un segundo. ¿No es hipócrita que estas mismas empresas, que exigen lealtad absoluta y jornadas que se extienden hasta el amanecer, se sorprendan de que la gente busque conexiones… en el único lugar donde pasan sus vidas?

El Código Ético Corporativo. Un Escudo para la Explotación Generalizada

No es solo Nestlé; es un patrón que infecta a todo el ecosistema corporativo. Piensa en el CEO de Astronomer, Andy Byron, pillado en un beso viral en un concierto de Coldplay con su jefa de RRHH, lo que desató una investigación y su suspensión. O en las decenas de directivos caídos desde 2016 por affairs en la oficina. Mientras, empleados de base y mandos medios malviven entre correos a las tres de la mañana, viajes que devoran calendarios y «formaciones» que invaden domingos. El móvil vibra con notificaciones como un recordatorio constante: tu vida personal es un lujo que no te puedes permitir. ¿Dónde queda el espacio para citas fuera del trabajo, para hobbies o para simplemente desconectar? Las empresas predican códigos éticos –respeto, diversidad, bienestar– pero en la práctica, convierten la oficina en el centro del universo, dejando las relaciones personales como un riesgo colateral.

Y ahí está el veneno del asunto: estas compañías se llevan las manos a la cabeza por un flirteo interno, pero ¿quién cuestiona su rol en crear un entorno donde la soledad es la norma? Reguladores miran para otro lado, accionistas aplauden los beneficios, y los códigos éticos sirven de fachada para informes anuales. Si el trabajo devora el tiempo y la energía, ¿no es lógico que las chispas salten en el cubículo? Es hora de voltear la tortilla: exijamos que el escrutinio ético apunte también a las cúpulas. Porque de nada vale condenar un romance prohibido si el verdadero abuso es obligar a la gente a vivir solo para la empresa. ¿Estás dispuesto a repensar hasta qué punto tu propio empleo te está costando la vida real?


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